El Arcangel Miguel le pisa la cabeza a Satanás
Guido Reni, 1636
Museo Santa Maria della Concezione, Roma
A continuación se presenta la tercera parte del escrito “Meditaciones acerca del camino hacia la libertad”, reciente publicación del psicólogo de orientación antroposófica Martín Slane.
El lector interesado puede consultar la primera y segunda parte de éste ensayo en los siguientes enlaces:
En ésta tercera parte, el autor analiza el socialismo como síntoma histórico y señala su impacto negativo en el proceso de desenvolvimiento del alma consciente a lo largo del siglo XX. A continuación se nos introduce en el tema del totalitarismo, sus características, su relación con la ideología y el terror como instrumentos de deshumanización. Por último, el auor nos invita a mantener nuestros sentidos atentos y defender el don de la libertad.
Nuevamente nuestra gratitud al autor, la posibilidad de compartir con nuestros lectores este bello trabajo.
El socialismo como síntoma de la historia
En el ciclo de conferencias Del síntoma a la realidad en la historia moderna[1], Rudolf Steiner afirma que los hechos históricos son sólo síntomas de las fuerzas subyacentes al fenómeno histórico en cuestión, son como las olas que se ven sobre la superficie del mar de un conflicto que hunde sus raíces en las profundidades del mundo espiritual. En este caso, son síntomas de la lucha entre el ser humano y las fuerzas retardatarias o retrógradas que obstaculizan el pleno desarrollo del alma consciente en cada uno de los individuos y en su interacción social y cultural dentro de esta época; en realidad, un acontecimiento esperable en relación con la evolución del ser humano y la Tierra. Como ustedes verán más adelante, el socialismo que nace a mediados del siglo XIX y se va desplegando en el siglo siguiente hasta la actualidad es uno de los síntomas dentro de un amplio conjunto de éstos hacia el interior de la historia moderna. Acompáñenme a llevar el hilo de un breve recorrido histórico para poner en contexto y comprender de qué estamos hablando cuando sugerimos que el socialismo es un síntoma de la historia en relación con el tema de estas meditaciones acerca del camino hacia la libertad.
Retomando el hilo que hemos dejado pendiente en algunos de los párrafos del comienzo de estas meditaciones, recordamos que establecimos como zona geográfica del nacimiento de la época del Alma Consciente la Europa centro-occidental. En este apartado vamos a poner el foco en el rol de Inglaterra y Francia como motores del impulso de este tiempo, -algo que nos había quedado pendiente-, y con relación al tema de la personalidad, ya que ahora el ser humano “tenía que liberarse, llegar a ser autosuficiente y valerse por sí mismo”[2].
Dentro del espacio generado por estas dos regiones, con sus tensiones, bordes y afinidades, emerge Inglaterra como portadora de la antorcha del alma consciente acompañada por un conjunto de factores que abonaron el terreno de su nacimiento. En aquel tiempo vemos emerger en aquella tierra dos aspectos fundamentales que posibilitaron su aparición: ya existía en este lugar un fuerte impulso nacional que “como producto de la naturaleza está ya presente” e hizo de sostén a esta fuerza emancipadora de la individualidad, mientras que, en el campo de la fe religiosa, “la sublevación de la personalidad que luchaba por su autonomía” en relación a Roma, indicaba la lucha del alma consciente que anhelaba romper con ciertas ataduras, particularmente de la época cultural anterior. De esta forma, “el impulso del alma consciente penetra en Inglaterra y asume el carácter de aquel impulso nacional del país; de ahí su sabor o matiz particularmente inglés”. Sin lugar a duda, nos encontramos ante un nuevo escenario, ante un nuevo comienzo, a todas luces diferente de lo vivido hasta ahora.[3]
Sin embargo, esto no significa que no haya sucedido algo similar dentro del ámbito del pueblo francés, esto es, el florecimiento de una personalidad que también busca romper con ciertas ataduras y fundamentalmente con modalidades del ser y con el pasado. Mientras que Inglaterra busca “extender el principio de la personalidad a la totalidad de la humanidad” trascendiendo de esta forma el impulso nacional y sus propias fronteras, Francia promueve “transformar el ser interior del hombre, hacerlo otro del que es”. El impulso anterior busca a través de la expansión global del principio de la personalidad invitar a emular dicho estado; en cambio, el alma francesa se retrae hacia su interior. Con el correr del tiempo, vemos en Inglaterra que el “impulso nacional condujo a un liberalismo sobrio”, mientras que en Francia esta configuración característica de la personalidad condujo a la Revolución francesa “vía Luis XIV”. Finalmente, la resolución de la tensión entre estas dos modalidades se terminó de resolver en la batalla de Trafalgar en 1805 y a partir de allí, Inglaterra se lanza al mundo a toda vela llevando al mundo tan preciada semilla, la de la personalidad.[4]
Por lo general, la mayoría de las personas contemplan la Revolución francesa como la base filosófica, política y emocional de una vida vivida en libertad recitando la trinidad de los valores de la libertad, igualdad y fraternidad propuestos por ésta. No obstante, dentro del marco de la revolución misma, ésta “fue contraria a la evolución de la humanidad”. Por eso diría Rudolf Steiner que, “cuando se trata de la evolución de la humanidad, no se puede hablar de fraternidad, libertad e igualdad sin relacionarlas de alguna manera con la visión tripartita de hombre”: esto es, fraternidad en el plano físico, libertad en el plano anímico en la vida del pensar e igualdad en el mundo espiritual, en el plano de la dignidad humana. Estos tres impulsos de la vida humana totalmente justificados y adecuados para ser vividos en la quinta época cultural postatlante -época del Alma Consciente- son válidos sólo dentro del contenedor mencionado, por lo que veremos a continuación.[5]
Tomando la Revolución francesa como un síntoma de la historia moderna, vemos aparecer ideales apropiados para empezarlos a vivir en este tiempo y llevarlos a su esplendor hacia el cuarto milenio donde concluirá esta época y pasaremos a la siguiente (aproximadamente alrededor del año 3574), como “eslóganes aplicados azarosa e indiscriminadamente a todo el ser humano”, consignas que conducían a la confusión y eran expresadas sin la mínima comprensión del contexto, como si fuesen palabras que aún no se habían materializado. Imaginativamente hablando, observamos que aquello que se manifiesta en esta revolución es “el alma de la quinta época postatlante sin encarnación social, sin existencia corpórea. Es abstracta, puramente emocional, un alma en busca de encarnación”. Vemos en estas consignas demandas impersonales de la personalidad, son ideas que fueron tomadas en su aspecto incorpóreo ideal dentro del marco revolucionario.[6]
Como ya hemos sugerido y es observado en todos los acontecimientos o síntomas históricos, las fuerzas luciféricas y ahrimánicas están presentes también en la escena revolucionaria como fuerzas retardatarias de la evolución del ser humano y de la humanidad en su conjunto. Si los impulsos luciféricos realizaron su tarea en la Revolución, los ahrimánicos llevaron a cabo la suya en el régimen del Terror sucedido inmediatamente después de la revuelta y en la aparición de Napoleón, “todo cuerpo sin alma, pero un cuerpo compuesto de todas las contradicciones de la época”. A partir de contemplar estos enigmas de la evolución contemporánea -un alma que desea encarnar en la Revolución clamada por los revolucionarios del siglo XVIII y el cuerpo sin alma externamente ofrecido por Napoleón-[7], ¿acaso no siguen estos impulsos apareciendo con distintos ropajes en nuestro tiempo, en personas o asociaciones blandiendo los más altos ideales, que para alcanzar sus objetivos no tienen ningún prurito en abolir libertades civiles y atentar contra la dignidad humana?
Observamos entonces hasta aquí dos corrientes diferentes: el impulso hacia el alma consciente y la búsqueda caótica de la libertad, igualdad y fraternidad.
A diferencia de la experiencia francesa y como ya hemos dicho, en Inglaterra el impulso nacional condujo naturalmente a un liberalismo sobrio en el campo sociopolítico que permitía el florecimiento del alma consciente. Este “liberalismo nació de la autodisciplina, sus representantes trataron de liberarse a sí mismos de la coacción” y “estaban imbuidos de ideales humanos universales… así, hasta mediados del siglo XIX surgió lo que suele llamarse liberalismo, opinión liberal… que pronto se llamaría librepensamiento según el gusto de uno” [Pensar en libertad según la antroposofía]. Sin embargo, a pesar de que a mediados del siglo mencionado había una fuerte lucha para establecer un liberalismo político, con el tiempo fue ahogado por factores diversos, particularmente en la Europa central.[8]
Como una ola más en el mar de síntomas de la historia, la aparición de las órdenes y sociedades secretas y la influencia de Roma trajeron ciertas consecuencias. Las acciones simultáneas de estas instituciones guiadas por sus objetivos, en gran medida consiguieron acallar, anestesiar y ahogar el saludable derrotero del alma consciente, llevando de esta forma al ser humano a estados de consciencia propios de la cuarta época cultural postatlante de la mano de Roma a través de la sugestión y el adormecimiento de la consciencia, mientras que por otro lado, las órdenes y sociedades secretas, operando a través de símbolos y rituales propios de la tercera época cultural postatlante, inclinaban los procesos evolutivos hacia metas socioculturales diferentes a aquellas esperables del alma consciente, por medio de formas profundamente materialistas e inanimadas. Es por esto y gracias a todo este trabajo en simultáneo se ha llegado a los socialismos de todo tipo, los cuales fueron acompañados por un fuerte impulso materialista que también se generó.[9]
“En estas circunstancias, el espíritu y el alma ya no actúan, y sólo las fuerzas del mundo fenoménico o sensible están operativas. Y así, desde mediados del siglo XIX, estas fuerzas se manifestaron en forma de socialismo de todo tipo, un socialismo consciente de sí mismo, de su poder y de su importancia.
Pero este socialismo sólo es posible si está imbuido de espíritu, y no de pseudo-espíritu, de máscara de espíritu, de mero racionalismo que sólo puede aprehender lo inorgánico, es decir, las formas muertas. Fue con este conocimiento “muerto” con el que primero luchó Lassalle, pero fueron Marx y Engels quienes lo elaboraron. Así, en el socialismo que pretendía llevar la teoría a la práctica, y que en la práctica fue un fracaso total por ser demasiado teórico, apareció uno de los síntomas más importantes del reciente desarrollo histórico de la humanidad.”[10]
Continuando dentro del apartado del tema de los socialismos de todo tipo, Rudolf Steiner le relata a su audiencia y lectores que él mismo estuvo involucrado en la confección del currículum de varias materias de la escuela de Berlín para la educación de los trabajadores y que dio conferencias en varias instituciones de trabajadores socialistas con el fin de enseñar cómo debatir. Sin embargo, recuerda que dentro de estas organizaciones había un tema particular que era “tabú” dentro de los intereses acerca de conocimientos particulares y de debates sobre varios temas, un tema fundamental para profundizar en ese tiempo: el tema de la libertad, ya que “hablar de libertad parecía extremadamente peligroso” en estos círculos. Gracias a esto, el socialismo -según Steiner- carece de aquello que él mismo busca alcanzar en su Filosofía de la libertad, esto es, que “partiendo de la libertad de pensamiento, la Filosofía de la libertad establece una ciencia de la libertad que concuerda plenamente con la ciencia natural, pero que va más allá de ella”.[11] ¿Estaremos en este caso enfrentando una nueva tensión, esta vez entre socialismo y libertad?
“Sólo tenía un seguidor que siempre me apoyaba cuando soltaba mis diatribas libertarias, como los demás se complacían en llamarlas. Era el polaco Siegfried Nacht. No sé qué ha sido de él. Siempre me apoyó en mi defensa de la libertad contra el programa totalitario del socialismo.”[12]
A medida que voy escribiendo estas meditaciones, me es inevitable escuchar la resonancia que existe entre socialismo y tribalismo según las he ido tejiendo. La falta de libertad, la emocionalidad a flor de piel, el dogma abstracto fundamentalista o totalitario que sostiene su ideología construida cual torre de Babel, el echarse a perder de la decisión o acción moral individual y por sobre todo la falta de espiritualidad dan cuenta del vínculo. ¡Cuán diferente sería si en su seno viviesen el impulso al bien, a la belleza y a la verdad, a la verdadera fraternidad y al pensar en libertad y que no sucumbiese a las poderosas fuerzas materialistas de este tiempo!
“Porque si hay una verdad importante para nuestra época, es ésta: el socialismo se ha liberado de los prejuicios de la vieja nobleza, de la vieja burguesía y de la vieja casta militar. Por otra parte, ha sucumbido aún más a una fe ciega en la infalibilidad del materialismo científico, en el positivismo científico tal como se enseña hoy. Este positivismo -como podría demostrar- no es más que la continuación del decreto del Octavo Concilio Ecuménico de Constantinopla en 869.”[13]
Como veremos más adelante, la poderosa fuerza de la lógica motorizada por la racionalización conceptual abstracta y materialista no conduce a buen destino, sino que arruina los fundamentos del espíritu que son la observación y el pensar. Como nota de color, les quiero traer algo que Rudolf Steiner recuerda de su experiencia durante una clase en la que defendía valores espirituales y en la que cuatro miembros del partido enviados por sus líderes le imposibilitaron continuar con su tarea:
“Aún recuerdo vívidamente mis palabras: “Si la gente desea que el socialismo desempeñe un papel en la evolución futura, entonces debe permitirse la libertad de enseñanza y la libertad de pensamiento”. A continuación, uno de los títeres enviados por la dirección del partido declaró: “En nuestro partido y en sus escuelas no puede hablarse de libertad, sino sólo de coacción razonable”. Estas cosas, debo añadir, son profundamente sintomáticas de las fuerzas que actúan hoy en día.”[14]
El socialismo como ha sido planteado hasta aquí es “un paso retrógrado que inhibe la evolución de la humanidad” y en cuya base se encuentra el regresivo “impulso arturiano” (del rey Arturo) del deseo de la organización externa en detrimento de la autonomía individual. Así como de la autonomía individual puede emerger un desvío hacia un individualismo extremo que prescinde tanto de la responsabilidad como de la cooperación social, en detrimento de que la mayoría o totalidad de los integrantes de una comunidad o sociedad avancen y florezcan en todo sentido a partir de una verdadera fraternidad, en el caso de esta clase de socialismo las poderosas fuerzas materialistas conducen a toda clase de totalitarismos que terminan por deshumanizar por completo a cada ser humano, privando de esta forma a cada uno de la libertad individual en el pensar y la voluntad e imposibilitando el desarrollo del alma consciente al convertir a cada ser humano en superfluo y descartable, como tristemente hemos observado en el nacionalsocialismo alemán y en los comunismos soviético y maoísta. Por esto y por los objetivos a alcanzar en este período cultural, antes de lograr una forma saludable de socialismo, es necesario fomentar una forma adecuada de individualismo en el que afluyan o converjan como cauce natural los elementos necesarios para alcanzar una comunidad fraternal en un futuro distante, ya que “el verdadero socialismo será alcanzado en alguna medida sólo en el cuarto milenio si se desarrolla en la forma correcta” respetando al hombre tripartito, en este caso no sólo como lo ya visto en relación al alma consciente de la libertad en el pensar, la igualdad en el plano espiritual observado en la dignidad humana y la fraternidad en el plano material, sino como la reunión del impulso religioso de los distintos grupos étnicos particulares como los europeo-orientales y ruso para la comprensión del espíritu, los europeo-centrales para la comprensión del alma y los europeo-occidentales para la comprensión del cuerpo. [15]
“La antítesis de esto [del impulso arturiano] es la búsqueda del Grial, que está íntimamente relacionada con los principios goetheanos y apunta al individualismo, a la autonomía en el ámbito de la ética y la ciencia…en el goetheanismo con su individualismo -recordarán que yo subrayé el individualismo en la Weltanschauung de Goethe en mis primeras publicaciones sobre Goethe y también en mi libro Goethes Weltanschauung cuando mostré que este individualismo es una consecuencia natural del goetheanismo-, en este individualismo, que sólo puede culminar en una filosofía de la libertad, reside lo que necesariamente debe conducir al desarrollo del socialismo.”[16]
De esta forma y gracias a la acción de cada ser humano a lo largo de los siglos y vientos favorables, se alcanzará un socialismo que se manifestaría como la “realización de la fraternidad en el sentido más amplio del término, en la estructura externa de la sociedad” que incluiría la libertad y autonomía individuales. Sin embargo, esta fraternidad implicaría necesariamente lo siguiente en palabras de Rudolf Steiner: “La verdadera fraternidad, por supuesto, nada tiene que ver con la igualdad”.[17] ¿Resuenan en ti las palabras de esta última frase, el concepto abstracto “igualdad” utilizado por alguna de las tribus modernas en pro de sus objetivos?, y en una sociedad o comunidad, ¿es lo mismo la igualdad de oportunidades que la igualdad de resultados?
En el aspecto de la relación de todo tipo de socialismo con el desarrollo saludable de una individualidad que se expresa como consecuencia natural del goetheanismo y que culmina en una filosofía de la libertad, observamos que existen dos factores que interfieren en su despliegue, aunque el fenómeno en el eje espaciotemporal es tan complejo que no sólo lo podríamos reducir a estos dos: la falta de tolerancia en la vida religiosa y como así también en la libertad en educación. Sin éstas, alcanzar el ideal de la actual individualidad que a futuro tendrá una vida comunitaria por libre elección no será posible.
“El socialismo no tiene la menor comprensión de la tolerancia religiosa, pues en su forma actual el socialismo mismo es una religión; se persigue con espíritu sectario y hace gala de una intolerancia extrema. Por consiguiente, el socialismo debe ir acompañado de un verdadero florecimiento de la vida religiosa que se funda en la libre comunión de las almas en la tierra.”[18]
“El desarrollo del socialismo debe ir acompañado de otro elemento en la esfera de la vida espiritual: la emancipación de toda aspiración hacia el espíritu, mediante la eliminación de todos los grilletes del conocimiento y de todo lo relacionado con el conocimiento, de modo que el espíritu sea independiente de la organización estatal. Esos «cuarteles» del saber llamados universidades, que están diseminados por todo el mundo, son el mayor impedimento para la evolución de la quinta época postatlante. Así como debe haber libertad en la esfera de la religión, también en la esfera del conocimiento todos deben ser libres e iguales, todos deben poder desempeñar su papel en el desarrollo ulterior de la humanidad… Por supuesto, en la medida en que los hombres viven en el plano físico y la libertad habita en el alma de los hombres, pertenece al plano físico; pero allí donde los hombres están sometidos a organizaciones en este plano no hay lugar para la libertad. En el plano físico, por ejemplo, las religiones deben poder ser comunidades de almas exclusivamente y deben estar libres de organización externa. Las escuelas deben organizarse de otra manera y, sobre todo, no deben estar controladas por el estado.”[19]
Imagino que hemos llegado a buen puerto en el desarrollo y expresión de los síntomas de la historia reciente que advierten los desvíos en los que podríamos incurrir en nuestro derrotero hacia la conquista de la libertad, travesía realizada al menos hasta entradas las primeras décadas del siglo XX. Como hemos visto, el regalo de la libertad individual que nos obsequió el espíritu del tiempo vino acompañado de una importante labor extra: los escollos personales y sociales a superar para conseguir que la libertad brille con su máximo esplendor y sea auténticamente una conquista humana. No obstante, parece que las dificultades no sólo están reducidas al carácter autoritario, los tribalismos de todo color y pelaje y los diversos socialismos que son la falsa imagen de la futura sexta época cultural postatlante, también llamada Filadelfia, la comunidad del amor, ya que es obvio que las jerarquías espirituales retardatarias -acompañadas de muchas almas humanas- siguieron apretando el torniquete para que la libertad no sea un destino sino una idea vacía de contenido, debido a que los seres humanos nos hemos encargado de degradarla y reducirla a cenizas, literalmente. Y es así como el siglo XX trajo los totalitarismos, la oscura contracara de la luz de la libertad.
Ideología y totalitarismo
Sin lugar a duda los totalitarismos que hemos conocido a partir de las primeras décadas del siglo XX son la consecuencia natural llevada al extremo del socialismo materialista, aquel cuya piedra fundamental carece de espiritualidad. La “muerte” de Dios y la primacía de la racionalidad que empezó a afianzarse a finales del siglo XVIII en la Francia revolucionaria y condujo a la Revolución y otros hechos históricos como los ya vistos, condujeron inevitablemente a los sucesos por todos conocidos: el nacionalsocialismo alemán y el comunismo soviético, entre otros.
“El totalitarismo no es una coincidencia histórica. En última instancia, es la consecuencia lógica del pensamiento mecanicista y de la creencia ilusoria en la omnipotencia de la racionalidad humana. Como tal, el totalitarismo es el rasgo definitorio de la tradición de la Ilustración.”[20]
Totalitarismo no es lo mismo que tiranía o dictadura ya que en su constitución encontramos cualidades que lo convierten en único. Los gobiernos totalitarios no promueven algún tipo de “transmutación revolucionaria” o cambios sociopolíticos que faciliten la libertad y creatividad de los individuos de una nación, sino “la transformación de la misma naturaleza humana” para convertir al ser humano en “superfluo”, para desfigurar lo humano en cuerpo vacío de individualidad, vitalidad y libertad, ya que “…la individualidad, es decir, todo lo que distingue a un hombre de otro, resulta intolerable”. Para ello se sirve de los instrumentos como la transformación de las “clases en masas”[21] por lo que “el sentido común afirma desesperadamente que las masas están inclinadas a la sumisión”, suplanta “el sistema de partidos no por la dictadura de un partido, sino por un movimiento de masas”, enroca el ejército por la policía para ejercer el terror y su política exterior se encamina hacia la “dominación mundial”.[22] Si lo que nos ocupa en estas meditaciones es el camino hacia la libertad, aquí nos encontramos con el mayor obstáculo, la destrucción de todo aquello que nos define como humanos. En el sistema totalitario nos encontramos con el mal radical.
“Los movimientos totalitarios son organizaciones de masas de individuos atomizados y aislados… su más conspicua característica externa es su exigencia de una lealtad total, irrestricta, incondicional e inalterable del miembro individual… La lealtad total es posible sólo cuando la fidelidad se halla desprovista de todo contenido concreto, del que puedan surgir de forma natural los cambios de opinión… lo que las masas se niegan a reconocer es el carácter fortuito de la realidad.”[23]
Encontramos en la ideología y el terror[24] dos características fundamentales de esta forma de gobierno. Mientras que en la ideología encontramos la forma más acabada del “positivismo científico” y “de [la] máscara de espíritu, de[l] mero racionalismo que sólo puede aprehender lo inorgánico, es decir, las formas muertas”, como hemos descubierto en el apartado anterior acerca del síntoma histórico del socialismo del siglo XIX y posterior, hallamos en el terror su esencia de gobierno, ya que éste “es la realización de la ley del movimiento; su objetivo principal es hacer posible que la fuerza de la naturaleza o la historia discurra libremente a través de la humanidad sin tropezar con ninguna acción espontánea” gracias a su principio de acción: la lógica del pensamiento ideológico.[25] El horror, la tragedia y la inhumanidad de los campos de concentración, de los gulags y de los campos de reeducación maoístas dan cuenta de la importancia del pensamiento ideológico en la estructura de los movimientos que llevaron a cabo estas cruentas barbaridades y de la herramienta del terror que posibilitó estos cometidos.
La palabra “ideología” nos sugiere que aquí nos hallamos con “la lógica de una idea”. Sin embargo, en los sistemas totalitarios nos encontramos con que “la “idea” de una ideología no es ni la esencia eterna de Platón captada por los ojos de la mente ni el principio regulador de la razón de Kant, sino que se ha convertido en un instrumento de explicación”. Asimismo, Hannah Arendt nos recuerda que algo similar a estas características ya existía en la Grecia clásica y vivía entre sus filósofos, cuando alude que en la famosa lucha de Platón con los antiguos sofistas encontró en estos últimos el “arte universal de hechizar la mente con argumentos” (Fedro, 261) y “descubrió la muy insegura posición de la verdad en el mundo” debido a que “la persuasión surge de las opiniones y no de la verdad” (Fedro, 260). Así, la fuerza coactiva de la lógica consigue el objetivo de que nadie piense libremente sino de estar sometidos al “proceso obligatorio de deducción” a partir de una proposición considerada axiomática, no discutible, interpretable o refutable. Por lo tanto, de esta forma, consigue el objeto ideal de la dominación totalitaria, esto es, que las personas no puedan distinguir “entre el hecho y la ficción (es decir, la realidad de la experiencia) y la distinción entre lo verdadero y lo falso (es decir, las normas del pensamiento)”.[26] En pocas palabras, la ideología es un golpe certero al corazón de la realidad del alma consciente.
“Según Stalin, no era la idea ni la oratoria, sino “la irresistible fuerza de la lógica” de Lenin, la que se imponía abrumadoramente a sus audiencias. Se descubrió que el poder, que Marx creyó que nacía cuando la idea se apoderaba de las masas, no residía en la misma idea, sino en el proceso lógico que “como un poderoso tentáculo se apodera de uno por todos lados como una garra y ante el cual uno carece de fuerza para apartarse; es preciso rendirse o aceptar mentalmente una profunda derrota”.”[27]
De la mano de la ideología, aparece en escena la fuerza irresistible de la tiranía de la lógica que oblitera un nuevo comienzo en el pensar al someter la mente a este proceso inacabable, arruina el rol de la lógica sobre la cual el ser humano se apoya para formar sus pensamientos, y es similar al proceso que nos posee cuando racionalizamos un tema a partir de una idea fija que se refiere a algo que sólo existe en una fantasía patológica que es incontrastable con la realidad. Como hemos dicho en uno de los acápites de estas meditaciones acerca del camino hacia la libertad, entregamos nuestra libertad íntima en este proceso de sumisión y de auto-coacción a este tipo de pensamiento ideológico que “arruina todas las relaciones con la realidad”.[28]
“La fuerza coactiva de la lógica es movilizada para evitar que alguien comience a pensar – que, como la más libre y la más pura de las actividades humanas, es lo verdaderamente opuesto al proceso obligatorio de deducción.”[29]
Por lo pronto, hay tres elementos específicamente totalitarios que son peculiares a todo el pensamiento ideológico en detrimento del pensar en libertad.
En primer lugar, hay una tendencia a explicar “no lo que es, sino lo que ha llegado a ser, lo que nace y perece” ocupándose “exclusivamente de los elementos en movimiento, la historia en el sentido habitual de la palabra”, explicitando de esta forma que las ideologías están referidas u orientadas a la historia. A pesar de que en el nacionalsocialismo ha sido utilizado el racismo que pertenece al ámbito de la naturaleza para la construcción ideológica, “aquí la naturaleza sirve simplemente para explicar cuestiones históricas y para reducirlas a cuestiones de naturaleza”. Lo que consigue de esta manera es “la reivindicación de la explicación total [que] promete explicar todo el acontecer histórico, la explicación total del pasado, el conocimiento total del presente y la fiable predicción del futuro”.[30]
En segundo lugar, el pensamiento ideológico desprecia toda experiencia y se emancipa de la realidad, fuente de todo conocimiento y pensamiento verdaderos. Para lograr tal fin y descubrir una realidad “más verdadera”, recurre al adoctrinamiento ideológico para despertar “un sexto sentido que nos permita ser conscientes de ella” y así poder descubrir lo oculto de esa realidad escondida, a través de la creación de instituciones docentes que con el tiempo producirán “soldados políticos”, por lo que “el propósito de la educación totalitaria nunca ha sido inculcar convicciones, sino destruir la capacidad de formar alguna”, socavando de esta forma la posibilidad de pensar en libertad. Así, cada uno de los adoctrinados transformados en soldados políticos, en militantes, también van a arruinar los vínculos interpersonales, ya que automáticamente la amistad o enemistad pierde su significado original, debido a que “el concepto de enemistad es reemplazado por el de conspiración”, con todo lo que esto significa.[31]
En tercer lugar, como las ideologías se emancipan del pensamiento en la observación de la experiencia y no tienen el poder de transformar la realidad, el pensamiento ideológico se aferra a una premisa axiomáticamente aceptada y deduce lógica o dialécticamente todos los hechos y conclusiones a partir de aquella. Este tipo de pensamiento “procede con una consistencia que no existe en ninguna parte del ámbito de la realidad”, y su proceso argumentativo “se supone ser capaz de comprender el movimiento de los procesos supra humanos naturales o históricos”. Dentro de este último punto, “la comprensión se logra imitando mentalmente, bien lógica o bien dialécticamente, las leyes de los movimientos “científicamente” establecidos, con los que se integra a través del proceso de imitación”. Mientras que dicho pensamiento sobre el movimiento no nace de la experiencia, sino que es autogenerado, cualquier experiencia ulterior no modifica la argumentación anterior, debido a que el pensamiento ideológico está emancipado de la realidad y tiene un profundo desinterés por el milagro de la existencia y la vida. En el pensamiento ideológico totalitario hay un profundo desprecio por la realidad y los hechos.[32]
Por lo tanto, ¿cuáles son las premisas axiomáticamente aceptadas, irrenunciables, incontrastables e irrefutables que pusieron en marcha las dos maquinarias totalitarias más importantes del siglo XX, a partir de las cuales todo era deducido lógica o dialécticamente? En el nacionalsocialismo alemán, “la lucha de razas como ley de la naturaleza” que se expresaba en el campo político como la “lucha entre las razas por la dominación mundial” y en el comunismo soviético, “la lucha de clases como ley de la historia” y su expresión política, “la lucha entre las clases por el poder político”.[33]
Tanto la ley de la naturaleza como la ley de la historia no pueden ser comprendidas como leyes positivas seculares o divinas que regulan la vida en una nación, sino como fuerzas que poseen un fin determinado comprobado “científicamente”: la ley de la naturaleza, basada en los argumentos darwinianos de la selección natural y la supervivencia del más apto, “consiste en eliminar todo lo que resulta perjudicial y es incapaz de vivir”, mientras que la ley de la historia busca que ciertas clases desaparezcan y que no se vuelvan a formar reemplazos. Este mundo inestable que tiene como ley matar a todos aquellos individuos que entorpezcan el despliegue de sendas leyes es el mundo ideal totalitario y “en el cuerpo político del gobierno totalitario el lugar de las leyes positivas queda ocupado por el terror total, que es concebido como medio de traducir la ley del movimiento de la historia o de la naturaleza en realidad”. Ahora sí podemos comprender con mayor claridad qué es lo que significa el terror para ejecutar la ley del movimiento: hay que eliminar todos los obstáculos humanos que impiden su despliegue; los encargados de conseguirlo sólo son sus ayudantes, colaboran para que ambas leyes sigan en movimiento en un proceso perpetuo.[34]
Entonces tenemos por un lado la coacción del terror total como esencia del sistema y herramienta del despliegue sin obstáculos de las leyes de la naturaleza o de la historia, cuyo “anillo de hierro” daña o arruina las relaciones entre los seres humanos al impedir el encuentro con los semejantes y la experiencia del mundo, que conduce inevitablemente al callejón sin salida del aislamiento. Sin embargo, el proceso no se detiene aquí. Mientras que en el aislamiento cada ser humano puede aún realizar una tarea creativa sin contacto con los demás, aunque está imposibilitado de reunirse con otras personas con fines políticos y en este aspecto lo torna impotente al no poder actuar, el torniquete totalitario da un paso más al generar las condiciones para que cada individuo pase del aislamiento a la soledad: “el hombre aislado, que ha perdido su lugar en el terreno político de la acción, es abandonado también por el mundo. Ya no es reconocido como un homo faber, sino tratado como un animal laborans cuyo necesario “metabolismo con la naturaleza”[35] no preocupa a nadie. Entonces el aislamiento se torna soledad”.[36]
Sin embargo, es necesario discriminar entre vida solitaria y soledad ya que son bastante diferentes entre sí, siendo la primera la condición de posibilidad del pensar, “la más libre y la más pura de todas las actividades humanas”, que florece al ser elaborado en la vida solitaria “entre el yo y el sí mismo” y siempre permite un nuevo comienzo:[37]
“Lo que torna tan insoportable la soledad es la pérdida del sí mismo, que puede realizarse en la vida solitaria, pero que sólo puede quedar confirmado en su identidad en la fiable compañía de mis iguales. En esta situación el hombre pierde la confianza en el sí mismo como compañero de sus pensamientos y esa elemental confianza en el mundo que se necesita para realizar experiencias. El sí mismo y el mundo, la capacidad para el pensamiento y la experiencia, se pierden al mismo tiempo.”[38]
Finalmente, por otro lado, si los seres humanos en condición de soledad son poseídos por la fuerza coactiva de la lógica deductiva -como sucede la mayoría de las veces y me atrevería a decir que siempre- necesariamente en el camino nos encontraremos con los representantes de una “situación antisocial y albergan [en sí mismos] un principio destructivo para toda la vida humana en común”[39]. En este último punto encontramos en forma latente uno de los prerrequisitos fundamentales del fenómeno de formación de masas. Cuando la soledad como ha sido descripta en este apartado habita en la vida del alma y es convocada a participar del ilusorio y encantador movimiento de masa, ten por seguro que fenómenos semejantes al relatado aquí reaparecerán de la mano de algún líder que no vacilará ni un solo instante en emular acciones de eras oscuras cuyo recuerdo ha caído en el olvido, por lo que nos hubiésemos olvidado de que la libertad exige velar cotidianamente por ella y defenderla con el más espiritual de los corajes, más aún cuando avizoramos en el horizonte el posible regreso de una tragedia semejante a las más dolorosas y desgarradoras que con anterioridad ha vivido la humanidad.
Un nuevo comienzo
Initium ut esset homo creatus est
(“para que un comienzo se hiciera fue creado el hombre”)[40]
Hemos recorrido un largo camino a través de los últimos siglos de la historia moderna y contemporánea en estas meditaciones acerca del camino hacia la libertad con el fin de lograr exponer un conjunto de fenómenos que nos ayuden a encontrar un sentido, una dirección en la senda siempre serpenteante de nuestro viaje iluminados por el alma consciente y su reflejo en la historia reciente. Aunque estos siglos son sólo segundos en el gran contexto de la sinfonía cósmica de la cual el ser humano forma parte, en nosotros resuena, hoy más que nunca, el don de la libertad que nos fue otorgado para distinguir el bien del mal y lo verdadero de lo falso.
Así como en el principio el ser humano tuvo la posibilidad y la gracia divina de poder realizar un nuevo comienzo después de haber comido del fruto del árbol prohibido, en los albores de la nueva época cultural tuvo la posibilidad de otro nuevo comienzo, de un renovado impulso hacia su individuación, hacia el florecimiento de su personalidad, hacia nuevas formas de cooperación mutua y de responsabilidad social, un gran desafío que exige poner lo mejor de cada uno. O sea, un nuevo comienzo visto como una verdadera revolución, la misma que alcanza cada uno de los planetas del sistema solar al retornar al mismo punto en el espacio, después de haber obtenido una nueva experiencia que lo ubica en una octava superior dentro de un gran contexto evolutivo.
También hemos observado que dentro de este renovado impulso hacia la libertad se encuentra aquello mismo que la socava -su aspecto negativo- que colabora obstaculizando el saludable desarrollo del alma consciente en nuestra biografía individual, al abonar el terreno de toda forma de tribalismo y fenómenos de masa que eventualmente alcanzan la forma totalitaria de gobierno en lo sociopolítico, la peor consecuencia de todas. La entronización de la razón y el materialismo mecanicista privado de espíritu que vimos nacer unos siglos atrás conducen a un callejón cuya única salida se encuentra al final del túnel que conduce a la destrucción y el dolor, cuando la tiranía de la lógica, el pensamiento ideológico y el mal radical logran vencer momentáneamente a la libertad, el único elemento que nos define como seres humanos, ya que sólo seríamos humanos si fuésemos libres.
Sin embargo, para velar por la libertad, sólo hay que tener la precaución de mantener la llama de nuestras lámparas encendidas provistos de una buena cantidad de aceite para no ser tomados desprevenidos, y asimismo fomentar y conservar en nuestros corazones la fe, la esperanza y la confianza de que un mundo mejor y un nuevo amanecer es posible, pero por sobre todo, encender el coraje del corazón para defender el don de la libertad después de haber tomado consciencia de los riesgos que conlleva el camino y sus desvíos, y más aún, de su pérdida. Ojalá que los temas presentados en estas meditaciones acerca del camino hacia la libertad hayan acompañado a cada uno a contemplar algunos de los desvíos que los apartarían de vuestros destinos en la travesía de la vida hacia nuevos comienzos.
Notas
[1] Steiner, Rudolf, From Symptom to Reality in Modern History, Rudolf Steiner Press, Hillside House, The Square, Forest Row, Sussex, UK, revised edition 2015. Kindle version, GA 185.
[2] Ibid., p. 46. 19/10/1918.
[3] Ibid., 18/10/1918.
[4] Ibid., p. 38-39. 18/10/1918.
[5] Ibid., p. 49. 19/10/1918.
[6] Ibid., p. 49-50.
[7] Ibid., p. 51.
[8] Ibid., p. 59-60.
[9] Ibid., Para ver con detalle las particularidades de este tema, que sólo hemos podido esbozar, remitirse al conjunto de conferencias del mismo ciclo.
[10] Ibid., p. 60.
[11] Ibid., p. 150-151, 27/10/1918.
[12] Ibid., p. 151.
[13] Ibid.
[14] Ibid., p. 152.
[15] Ibid., p. 229-230, 3/11/1918. Énfasis de este autor.
[16] Ibid.
[17] Ibid., p. 230. Énfasis de este autor.
[18] Ibid., p. 231.
[19] Ibid., p. 232 y 235.
[20] Desmet, Mattias, The Psychology of Totalitarianism, Chelsea Green Publishing, White River Junction, Vermont, London, UK, 2022, p. 7.
[21] Ver Arendt, Hannah, Op.cit., Desmet, Mattias, Op.cit. y Slane, Martín, El hombre sin hogar, Op.cit., para ampliar la comprensión del fenómeno de masa.
[22] Arendt, Hannah, Op.cit., p. 613, 615 y 617.
[23] Ibid., p. 453 y 487.
[24] Ibid.
[25] Ibid., p. 623 y 634.
[26] Ibid., p. 72, 628 y 634. Énfasis de este autor.
[27] Ibid., p. 632. Discurso de Stalin del 28 de enero de 1924. Cita de Lenin, Selected Works, vol. I, p. 33, Moscú, 1947.
[28] Ibid., p. 633 y 634.
[29] Ibid., p. 634.
[30] Ibid., p. 630.
[31] Ibid., p. 627, 630 y 631.
[32] Ibid., p. 614 y 631.
[33] Ibid., p. 630 y 633. Énfasis de este autor.
[34] Ibid., p. 622. Énfasis de este autor.
[35] Ibid., p. 622 en referencia al concepto de trabajo en Marx.
[36] Ibid., p. 634 y sig.
[37] Ibid.
[38] Ibid., p. 638.
[39] Ibid. Énfasis de este autor.
[40] San Agustín, De Civitate Dei, libro 12, cap. 20, en Arendt, Hannah, Op.cit., p. 640.
Acerca del autor
Martín Slane
Psicólogo clínico egresado de la Universidad de Buenos Aires. Certificado internacionalmente como psicoterapeuta antroposófico.
Formado en Psicoanálisis y Psicología Junguiana. Sus estudios incluyen la Psicología Transpersonal, masajes terapéuticos, estados no ordinarios de conciencia, respiración holotrópica y talleres de análisis de sueños de Jung.
Actual miembro del cuerpo docente y ex miembro de la comisión directiva de AAPsiA – El Crisol, Asociación Argentina de Psicólogos Antroposóficos. Docente, conferencista e investigador en antroposofía, astrología humanista, cosmosofía y astrología hermética cristiana.
Sus actividades se desarrollan en seminarios y talleres en Argentina, Chile y México.
Docente de la primera y tercera formación troncal para médicos, psicólogos y terapeutas antroposóficos y coordinador y docente de la segunda formación en Buenos Aires, Argentina.
Autor de las investigaciones Los zodíacos sideral y tropical en la evolución de la consciencia, El hombre sin hogar y Signo de los tiempos.