El destino y el proceso de morir

El Ángel de la Muerte

Émile Jean-Horace Vernet

Una conferencia del Dr. Zoltán Schermann*[1]

Mi conferencia se basa en una experiencia personal. Para mí, fue una experiencia muy profunda que cambió mi destino. Lo que quiero compartir también está estrechamente relacionado con la forma en que se practica la medicina en los Países Bajos. Por lo tanto, hablaré de ello en detalle. Esto también es necesario para comprender correctamente ciertos eventos.

Un caso en la consulta de un médico general en Paises Bajos.

La situación ocurrió en 2007. En aquel entonces yo era médico antroposófico en una consulta de medicina general (ver nota sobre el médico general en Paises Bajos y su diferencia con latinoamérica)[2].

Eso no significa que todos los pacientes que acudían a mí estuvieran realmente interesados en la medicina antroposófica. En Paises Bajos, el médico general desempeña un papel fundamental en la profesión. Todos los pacientes deben registrarse con un médico general. Esto también implica que la consulta está vinculada a una zona concreta, por lo que se registran las personas que viven en el barrio y simplemente necesitan un médico. La mayoría de estas personas esperan un tratamiento médico puramente convencional.

Para recibir tratamiento médico, siempre hay que acudir primero al médico general. No se puede ir directamente a un especialista sin la derivación de un médico general. Sin embargo, los médicos generales suelen derivar a los pacientes con bastante rapidez. Por supuesto, existen servicios de urgencias bien organizados en los hospitales donde se atienden las emergencias, pero, por lo general, cuando se necesita la ayuda de un médico, primero se acude al médico general. El médico general desempeña un papel fundamental no solo para las personas gravemente enfermas, sino que también tiene la principal responsabilidad de los cuidados paliativos.

La estructura organizacional de la consulta del médico general en Paises Bajos es comparable a la de Alemania. Sin embargo, en el caso de la práctica privada, se puede atender a pacientes no registrados. Se trata principalmente de personas interesadas en la medicina antroposófica.

El caso que quisiera describir se refiere a una mujer de 67 años. Era paciente mía y la conocía desde hacía muchos años. En realidad, no acudió a mí por motivos de medicina antroposófica. La paciente presentaba diversos problemas, pero los exámenes repetidos no habían dado resultado, por lo que estaba decepcionada con la medicina convencional y sentía que los especialistas no la tomaban en serio. Estaba demacrada y siempre muy pálida, pero era vital y enérgica. La confidencialidad en nuestra relación siempre fue buena.

Su familia estaba compuesta por dos hijos y su esposo, con quien siempre había mantenido una buena relación. No le interesaba mucho la espiritualidad y no pertenecía a ninguna iglesia, pero era de alguna manera piadosa y siempre alegre.

Dos años antes de su muerte, fue diagnosticada de cáncer de útero. Pasó mucho tiempo antes de que se dejara examinar y aún más tiempo antes de que el ginecólogo llegara al diagnóstico correcto. Siempre hubo problemas de comunicación entre la paciente y el ginecólogo. Luego la pusieron en lista de espera para una operación, y solo la operaron después de casi tres meses. No se recomendaron tratamientos adicionales, como radioterapia y quimioterapia, ya que los médicos partieron de la base de que la operación había ­suprimido completamente el cáncer.

Le recomendé un tratamiento con Viscum (muérdago), pero lo rechazó. La operación la dejó bastante incapacitada. Por ejemplo, después de ésta ya no podía orinar ­con normalidad. La orina salía disparada por todas partes, así que solo podía orinar en la bañera.

Tres meses después, sin embargo, el tumor volvió a crecer de nuevo. Poco a poco se extendió fuera de la pared abdominal y se ­convirtió en una herida abierta que no cicatrizaba. Siempre estaba húmeda, sangrante y desprendía un olor muy desagradable. Desde entonces, dejó de defecar con regularidad y solo podía soportar el agonizante dolor insoportable en la bañera.

Además, desarrolló una fuerte alergia y apenas toleraba ningún medicamento, especialmente los alopáticos, y ningún analgésico. La paciente tuvo que soportarlo todo sin poder recibir mucha ayuda, aparte de los mejores cuidados posibles en casa. Sin embargo, se mantuvo muy animada y sin duda le quedaban muchos meses de vida.

Siempre conservó un cierto optimismo, como pude comprobar en nuestras conversaciones habituales y detalladas. Se hicieron todos los esfuerzos posibles para brindarle apoyo, pero la mayoría fracasaron debido a su alergia extrema ­. Poco a poco, dejó de soportar su situación y repetidamente quiso hablar conmigo sobre la muerte asistida.

En mis aproximadamente 20 años de práctica como médico general, este tema ha surgido con frecuencia. A las preguntas de mis pacientes, siempre les he respondido que no ayudo activamente a las personas a morir. Volveré sobre este punto. Primero, me gustaría describir la situación en Paises Bajos y en qué situaciones puede encontrarse un médico general.

Regulación de la muerte asistida en Paises Bajos

En Paises Bajos, la muerte asistida es una práctica ampliamente ­aceptada socialmente. Desde 2002, se rige por un marco legal sobre el que se empezó a debatir hace ya cuarenta años. El primer caso de muerte asistida notificado a las autoridades data de 1973. Bajo la dirección de Els Borst como Ministra de Salud, en 2002 se aprobó una ley que regula la muerte asistida.

No es que la ley simplemente permita la muerte asistida ­. La ley establece criterios para evaluar una solicitud de muerte asistida y condiciones que el médico debe cumplir.

Uno de los criterios es que un segundo médico independiente ­evalúe la situación. Desde hace aproximadamente diez años se imparten cursos sobre la muerte asistida para médicos. Uno de los médicos debe evaluar la solicitud y emitir una recomendación.

Otros criterios son que el sufrimiento del paciente sea ­insoportable, que no sea posible ninguna mejoría, que la solicitud de muerte asistida haya sido una decisión meditada y que, por lo tanto, no exista otra posibilidad adecuada para tratar el problema. Para autorizar la muerte asistida, debe intervenir un médico forense. Este realiza una evaluación y elabora un informe que presenta a las autoridades. Una comisión examinadora determina, a posteriori, si se cumplieron correctamente todos los criterios. Si el médico ha actuado con diligencia y cuidado, no será objeto de enjuiciamiento legal.

Con esta ley, Paises Bajos se convirtió en el primer país del mundo donde se legalizó la muerte asistida bajo ciertas condiciones. El segundo país fue Bélgica y el tercero, Suiza. Muchas personas ya consideraban desde hace tiempo que la muerte asistida era un derecho que les correspondía.

Debido al papel fundamental que desempeña el médico general, este no puede eludir este tema. La muerte asistida se considera simplemente parte de su ámbito de trabajo.

Una situación fatídica

Como ya he dicho, en mis aproximadamente 20 años de carrera como médico general, el tema de la muerte asistida ha surgido con frecuencia, pero mi respuesta siempre ha sido la misma: ¡no! Eso no significa que abandone a estos pacientes. Les mostraría cuántas posibilidades efectivas existen para aliviar el dolor y otras dificultades. Que, por lo tanto, existían muchas alternativas a la muerte asistida. Esto siempre requería conversaciones detalladas y mucho tiempo. Anteriormente, siempre había logrado, mediante cuidados paliativos intensivos y apoyo, que el paciente evitara la muerte asistida. Siempre fueron tratamientos muy exigentes, pero también muy satisfactorios. A veces incluso pensaba que el paciente podría no ser capaz de afrontar la situación, pero siempre ocurría que fallecía poco después. El paciente, por lo tanto, había podido cumplir su destino.

Solo en una ocasión tuve que derivar a un paciente a otro médico general, ­porque había optado por la muerte asistida y no aceptaba otra alternativa. Las repetidas conversaciones resultaron infructuosas y mis sugerencias fueron rechazadas. El propio paciente exigió entonces ser derivado a otro médico.

Sin embargo, la situación de esta mujer era algo diferente. Jamás había visto a alguien sufrir tanto por una enfermedad. No había manera efectiva de aliviar ­su sufrimiento, ni siquiera un poco. Podía comprender su petición. Dado que la había estado tratando durante tanto tiempo, tampoco me parecía correcto derivarla a otro médico. Me quedé allí, sin poder hacer nada. Una situación realmente fatídica. Simplemente no podía eludir el tema.

Entonces me debatí profundamente sobre su petición. ¿Por qué no quería recurrir a la muerte asistida en su caso? ¿Simplemente porque los médicos antroposóficos no lo hacemos? ¿O ­porque temía que no muriera en el momento adecuado? ¿O que interfiriera en su karma? Pero, ¿qué podía saber yo realmente de eso?

¿Acaso no estaba simplemente rechazando su petición, con la que ahora claramente empatizaba, y escudándome en una justificación? ¿Tenía miedo de hacer lo que la paciente me exigía? ¿Era, en el fondo, una cobarde?

No quedaba otra alternativa. Presionado por la necesidad y aún reacio, finalmente accedí. La mujer se sintió muy aliviada. Tras mi consentimiento, ella siguió adelante durante dos meses, después de los cuales me pidió que cumpliera mi promesa.

 Reflexiones sobre el proceso de morir

Antes de continuar, debo añadir dos observaciones. La primera se ­refiere a mi percepción de la muerte, del proceso de morir.

Cuando observo el cuerpo etérico, puedo percibir que es igual de grande, o quizás un poco más grande, que el cuerpo físico. El cuerpo físico y el cuerpo etérico, a mi parecer, tienen casi el mismo tamaño. Esto se mantiene a lo largo de toda ­la vida.

Durante mi trabajo como médico general, he podido presenciar la muerte de una persona en varias ocasiones, principalmente tras una enfermedad terminal. Siempre he observado que el cuerpo etérico se transforma de una manera particular en el momento de la muerte. En el instante en que el alma abandona el cuerpo, el cuerpo etérico se modifica. Se expande hasta cierto punto, extendiéndose más allá ­del cuerpo físico, pero la forma de este permanece. Aproximadamente a la altura del ombligo, el cuerpo etérico comienza a contraerse, a elevarse y a extenderse como un hilo. El cuerpo etérico se desprende como un hilo fino y desaparece en algún lugar en las alturas.

Este proceso de unión, flujo y separación del cuerpo etérico del cuerpo físico dura aproximadamente tres días, hasta que no queda más sustancia etérica y cesa la separación. Dado que percibí este proceso muchas veces, consulté lo que Rudolf Steiner escribe al respecto:

“Cuando el hombre está unido a su cuerpo físico, el mundo exterior penetra en la conciencia en forma de imágenes generadas por la percepción sensoria; una vez desechado este cuerpo material, se vuelve perceptible lo que el cuerpo astral experimenta cuando no está conectado con el mundo exterior por medio de esos órganos sensorios. No empieza a tener inmediatamente nuevas experiencias, pues se lo impide la unión con el cuerpo etéreo; pero lo que sí posee es el recuerdo de la vida pasada. El cuerpo etéreo, todavía presente, hace que este recuerdo aparezca como un amplio panorama vivido; he aquí la primera experiencia del hombre después de la muerte. Percibe la vida entre el nacimiento y la muerte como una serie de imágenes que se extienden ante él. Durante la vida, el recuerdo existe sólo en la vigilia, es decir, cuando el hombre está unido con su cuerpo físico, y únicamente en la medida en que este cuerpo lo permite. El alma no pierde ninguna de las impresiones que ella recibe durante la vida: si el cuerpo físico fuese un instrumento perfecto a este respecto, le sería posible evocar ante el alma, en todo momento de la vida, la totalidad de la existencia transcurrida. El impedimento cesa con la muerte. Mientras el hombre sigue teniendo su cuerpo etéreo, existe cierta perfección del recuerdo, perfección que va desvaneciéndose a medida que el cuerpo etéreo pierde la forma que tenía durante su estancia en el cuerpo físico y que es semejante a él. Esta pérdida de forma es también la razón por la cual el cuerpo astral se retira del etéreo al cabo de un tiempo; pueden permanecer unidos sólo mientras éste conserve su forma correspondiente al cuerpo físico.”[3]

La segunda observación se refiere a la forma en que ­se debe asistir el proceso de morir en Paises Bajos. El único procedimiento posible está claramente definido. De lo contrario, no se cumplen las condiciones de la muerte asistida. No quiero entrar en el aspecto moral de la muerte asistida, sino aclarar lo que sucede en la práctica.

Tras una evaluación exhaustiva de la situación del paciente, si la muerte asistida está permitida legalmente, se puede llevar a cabo. El médico debe seguir un ­protocolo preciso. Se deben emplear dos medicamentos que se utilizan habitualmente para anestesia y cirugía. Uno de ellos, el tiopental, un barbitúrico, mientras que el otro, el rocuronio[4]  (curare), es un relajante muscular. Primero, se administra una dosis muy alta (2 gramos) de tiopental, lo que induce anestesia. A continuación, se inyecta por vía intravenosa una dosis muy alta de rocuronio. Poco después de la inyección, el paciente fallece.

Me quedó claro dónde está la mentira…

Por lo tanto, debía cumplir mi promesa; había llegado el momento para el que tanto la paciente, su esposo y yo nos habíamos preparado a conciencia. Se habían despedido y habían hablado de todo lo necesario. Ambos estaban convencidos de que la muerte asistida era lo correcto y que era el momento adecuado. Llegué a la hora convenida y la encontré en su lecho de enferma. Solo su esposo la acompañaba. Le pregunté de nuevo si todo estaba como ella quería. Respondió que sí y me pidió que realizara el procedimiento.

Primero le inyecté el barbitúrico y luego el curare. Esperé el momento de la muerte para ver qué pasaba.

Entonces ocurrió algo totalmente inesperado. En lugar de la suave retracción del cuerpo etérico, como describí antes, este se hinchó violentamente y explotó en innumerables ­pedazos. La habitación quedó llena de fragmentos brillantes y revoloteantes. El proceso duró poco, menos de un minuto, y luego todo se disolvió y desapareció. La luz de la habitación se atenuó, como antes, y su esposo pareció no percatarse de nada.

Y allí me quedé, con la jeringa aún en la mano. Estaba muy, muy conmocionado. De repente, muchas cosas me quedaron claras. ­Enseguida comprendí dónde reside la mentira. No se trata solo de una muerte prematura, ni tampoco del proceso completo de la enfermedad. Va mucho, mucho más allá.

Aquí traigo una cita de Rudolf Steiner:

“Pero cuando el cuerpo físico ha sido dejado atrás, el cuerpo etérico se libera. Y ahora este cuerpo etérico trae consigo todos los frutos de la vida que hemos vivido hasta nuestra muerte. Esa es también la razón por la que presenta todo el panorama de la vida que se extiende ante nosotros durante unos días, el cuadro de ­la vida terrenal terminada, para que podamos aprender y adquirir de este panorama todo lo que se puede extraer de nuestras experiencias pasadas. […] El cuerpo astral nunca entra en el cuerpo etérico de una manera que le permita utilizar lo que el cuerpo etérico ha desarrollado en la encarnación presente. Pero después de la muerte lo hace. Está relacionado con el cuerpo etérico de una manera que le permite sentir, percibir y sentir los frutos recogidos de la vida que acaba de terminar. Y cuando, unos días después, el cuerpo astral se separa del etérico, todo el producto de esa vida está contenido en el cuerpo astral como resultado de que el cuerpo astral lo haya extraído del cuerpo etérico durante los días que ha pasado allí. El cuerpo astral solo necesita pasar esos pocos días en el cuerpo etérico liberado, para experimentar todo lo que una encarnación ha traído consigo. Pero se requiere mucho tiempo para dar forma a lo que se ha experimentado, de modo que se pueda crear una nueva vida en la tierra a partir de ésto.”[5]

La gente cree que actúa con misericordia cuando ayuda a alguien. Ayudar a alguien que ya no puede soportar el sufrimiento de una enfermedad. Y se supone que después todos quedan satisfechos. El marido de esa mujer lo sigue estando hasta el día de hoy. Pero en realidad ha ocurrido algo muy distinto. Uno hace algo que, visto externamente, parece útil y humano. ¿Pero qué sucede? Este ser humano es catapultado ­al cosmos sin una experiencia post mortem de recuerdo, sin una visión post mortem del panorama de su vida y sin luz espiritual, porque su cuerpo etérico explota.[6]

Una vez más, una cita de Rudolf Steiner:

Vemos pues, que al igual que en la vida entre el nacimiento y la muerte, el Yo debe ser un hilo continuo, que en ningún momento de la vida cotidiana puede romperse, perdiendo así la posibilidad de recordar lo que ha sucedido desde aquél momento de nuestra infancia, hasta el que se puede retroceder con el recuerdo, así debe ser también en la vida entre la muerte y el nuevo nacimiento. Allá, también, debemos tener siempre la posibilidad de conservar nuestro Yo. Esta posibilidad nos la proporciona el hecho de que en los primeros días después de la muerte transcurren de la manera que a menudo hemos descrito. Inmediatamente después de la muerte, el hombre tiene ante sí, como en un poderoso panorama, la vida que acaba de llegar a su fin. Durante varios días recorre toda su vida pasada, pero siempre de manera que toda la vida se muestra ante él. Se encuentra ante él como en un gran panorama. Ahora bien, por supuesto, si se observa más de cerca, en su revisión de la vida pasada, resulta que estos días están como si dijéramos, dotados de cierto poder de observación. En cierto sentido, consideramos la vida durante estos días desde el punto de vista del Yo. Vemos en particular todo lo que le interesaba a nuestro Yo. Vemos las relaciones que tenemos con una persona, pero las vemos en relación con los resultados que nosotros mismos obtuvimos de ellas. Por lo tanto, no consideramos las cosas muy objetivamente, sino que vemos todo lo que ha sido provechoso para nosotros mismos. El hombre se ve en todas partes como el centro. Y eso es extremadamente necesario. Porque a partir de estos días, cuando ve todo lo que ha sido fructífero para él, surge la fuerza interior y la fuerza que necesitará a partir de ahora en su vida entre la muerte y el nuevo nacimiento, de poder retener firmemente el pensamiento del Yo. Porque la capacidad de poder retener el Yo entre la muerte y el nuevo nacimiento se la debemos a esta visión de la vida pasada; el poder para hacerlo realmente procede de eso. Y nuevamente debo poner énfasis especialmente en ello, aunque lo he dicho antes, el momento de la muerte es de extraordinario significado”[7].

 Un encuentro serio

Pero hubo más. Como quedé tan impactado, quizás me aflojé un poco y pude percibir más.

De repente, me hice consciente de una figura angelical. Estaba a la izquierda de la mujer muerta. Una figura alta y seria, imponente y poderosa. Sentí que su poder y fuerza trascendían con creces el poder humano, y que no se podía comparar con éste. A menudo se describe en los encuentros con ángeles que estos dicen: «No temas». Me quedó claro que había estado esperando a que lo notara. Pero no dijo nada, solo me miró fijamente. Comprendí entonces que yo había interrumpido su labor.

Se acercó a mí, me tendió la mano y me señaló. Y escribió en mí. Sentí que escribía en mis huesos. Me miró, imprimió algo en mis huesos y luego desapareció. En ese momento no entendí en absoluto lo que había escrito en mis huesos. Pero sentí un alivio inmenso. Sentí, literalmente, hasta lo más profundo de mi ser, que algún día tendría la oportunidad de enmendar esto. Los hilos ya están tejidos. Él nos reunirá de nuevo.

El desarrollo necesario de la conciencia

Estoy convencido de que la explosión del cuerpo etérico estuvo directamente relacionada con los medicamentos. En todas las demás situaciones en las que fue necesario usar ­medicamentos convencionales en las etapas finales de la enfermedad, nunca vi algo así. Me refiero, por ejemplo, a la morfina, sedantes fuertes, tranquilizantes, etc.

Aquí se puede apreciar con precisión cómo ­funciona el elemento ahrimánico. La sociedad desarrolla un procedimiento, un sistema. Existe un procedimiento meticulosamente establecido que parece apropiado e incluso está reconocido por la ley. Es un procedimiento que proporciona alivio a un sufrimiento desesperado. Es eficaz, fiable y elegante, además de inteligente, razonable e higiénico. ¿Quién puede oponerse a él?

Pero algo muy distinto, algo oculto e invisible, está sucediendo. Quienes se someten a este procedimiento son expulsados de su karma y se pierden en el mundo post mortem. El elemento ahrimánico funciona con mayor eficacia, ya que el procedimiento ­prescribe de forma compulsiva el uso preciso de los medios que provocarán la ruptura del cuerpo etérico. Sin embargo, es precisamente la visión materialista del mundo la que jamás lo percibirá. Incluso se puede observar cómo el sistema se establece y se extiende. Es similar a la automatización computarizada, que nadie puede detener. Esto mismo se aplica a la muerte asistida.

En 2013, en Paises Bajos se registraron aproximadamente 14.500 solicitudes de muerte asistida. De estas, se llevaron a cabo unas 4.800. Esto corresponde a cerca del 3,4% de los fallecimientos, de los cuales el 8% correspondían a pacientes con cáncer. Esta cifra también incluye 42 casos de pacientes psiquiátricos y otros tantos de pacientes con Alzheimer. Como podemos ver el sistema se está expandiendo. Los médicos no están nada contentos con esta evolución. Es un principio que un sistema socialmente aceptado tiende a extenderse, porque las influencias ahrimánicas asumen su dirección.

Apartar la mirada no es de ayuda. Del mismo modo que la automatización no se puede detener dejando de comprar un ordenador o un teléfono inteligente. Estoy convencido de que otros países seguirán el ejemplo de Paises Bajos ­y legalizarán la muerte asistida. Lo único que puede ayudar es el desarrollo de la conciencia. Es una cuestión urgente: el desarrollo de la conciencia. Es urgente comprender lo que realmente está sucediendo.

Tras esta fatídica experiencia, me preocupó mucho la cuestión de qué podía hacer al respecto.

En los años siguientes, fui comprendiendo cada vez mejor lo que el ángel había escrito en mis huesos. Una tarea es hablar de esta experiencia. Hablar de ella donde haya posibilidad de que se comprenda y no sea en vano. Desde entonces, he contado la historia a varios pacientes que están considerando la muerte asistida. Sin excepción, todos se alegraron y sus dudas desaparecieron. A partir de entonces, han sobrellevado su sufrimiento de otra manera, con más valentía, diría yo.

En septiembre de 2011 dejé mi trabajo como médico general y desde entonces ejerzo como médico privado. La ­creciente regulación y presión en el trabajo me impedían cada vez más ejercer mi profesión con libertad y responsabilidad. Al hacerlo, renuncié a la seguridad de nuestro sustento, pero ahora puedo ejercer como médico con responsabilidad y libertad. Mi principal enfoque es la auscultación cardíaca prolongada según el método de Kaspar Appenzeller. Siento una gran responsabilidad al apoyar y desarrollar este método. Estoy convencido de que puede impulsar la medicina antroposófica. Desde este cambio en mi vida, he recibido cada vez más consultas de personas muy enfermas, incluyendo muchos pacientes con cáncer. En varios casos, les resultó muy útil que les contara mis experiencias.

Lamentablemente, yo también viví una excepción unos meses antes de esta conferencia. Llevaba dos años tratando intensivamente a una mujer que padecía cáncer de mama y le resultaba muy difícil aceptar que se estaba muriendo. Estaba muy apegada a su cuerpo y tenía muchos miedos.

Aunque tenía fuertes intereses espirituales y ­comprendió perfectamente mi relato de mi experiencia, finalmente solicitó a su médico de cabecera la muerte asistida. En mi opinión, sus miedos la vencieron. Mientras yo estaba fuera una semana en un curso de formación, ella y su médico general organizaron todo lo necesario para la muerte asistida.

Este suceso ha suscitado nuevas preguntas. ¿Cómo se puede entender la muerte asistida de la manera correcta? No como una forma de provocar la muerte, sino de acompañar a la persona para que pueda desprenderse de su cuerpo con confianza y en el momento adecuado. Ciertamente, no se trata solo de una cuestión médica. Creo que es fundamental crear un contrapeso ­a la muerte asistida activa.

Dr. Zoltán Schermann, Leeuwarden (Países Bajos)

Notas al texto

[1]* Esta conferencia se impartió el 16 de noviembre de 2014 en Dornach, en la denominada Halde Conference en el Goetheanum.

[2] Nota del traductor:  El término utilizado en el texto original es el de General practitioner, que sería el equivalente en español al de médico general, con una diferencia importante:  en Paises Bajos, es una especialidad médica, mientras que en Latinoamérica el título suele obtenerse al terminar la carrera de medicina general, dejando la especialización en medicina familiar como una rama opcional.  En Paises Bajos, el médico general, también llamado Huisarts, actúa como guardián de la salud y primer punto de contacto del paciente con el sistema de salud.  Su función es centralizar la atención primaria, prevenir enfermedades, recetar tratamientos básicos.

[3] Steiner, Rudolf.  La ciencia oculta, un bosquejo. GA 13.  Editorial Rudolf Steiner. Madrid, España.

[4] El rocuronio es un bloqueador neuromuscular no despolarizante derivado del curare. Ambos actúan paralizando temporalmente los músculos esqueléticos al bloquear los receptores de acetilcolina

[5] Steiner, Rudolf.  Azar, necesidad y providencia (GA 163), conferencia del 5 de septiembre de 1915.

[6] Véase también: Benjamin Schmidt, “Noch haben die Hierarchien ein Interesse…” (Las jerarquías aún tienen interés…) Sobre los comentarios de Rudolf Steiner sobre las consecuencias del envenenamiento por cianuro de potasio. Der Europäer, vol. 13 N° 8 (junio de 2009).

[7] Steiner, Rudolf.  La formación del destino y la vida después de la muerte (GA 157a), conferencia del 16.11.1915.

Título original: Destiny and the process of dying.

Traducción al español:  Carlos Andrés Guío

Traducido con el permiso del Dr. Zoltán Schermann

Acerca del autor

Zoltán Schermann

Nació en 1960.  Estudió medicina en Amsterdan, y se especializó como médico general en Gent. En Dornach realizó estudios en medicina antroposófica. 

En 1996 se trasladó a Leeuwarden (Países Bajos), donde ejerció la medicina general y la medicina antroposófica. Realizó estudios complementarios en ­medicina oriental. Desde 2008, se especializó en auscultación cardíaca avanzada según el método Appenzeller y, desde 2011, trabaja en práctica privada, centrándose en la auscultación cardíaca avanzada. Junto con su esposa realizó actividades de investigación sobre la relación entre los acontecimientos biográficos y la sintomatología de las enfermedades. Desde 2012, ha colaborado en cursos de formación para médicos (sobre auscultación cardíaca) en Colonia.

www.praktijkcorylus.nl

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