En el umbral de partida

La muerte y la doncella

Marianne Stokes 

(Hacia 1908)

El texto  a continuación es la traducción del capitulo 16 del libro “Citizens of the cosmos” de la antropósofa norteamericana Beredene Jocelyn.

Este capítulo forma parte de la segunda sección del libro titulada “Nuestra jornada a través del cosmos entre muerte y renacimiento”.  

A lo largo del año haremos la publicación de los capítulos que completan ésta segunda parte del libro.  Nuestra idea es contribuir a una profundización del tema de la muerte, profundamente relacionada con la naturaleza espiritual del ser humano, de nuestras tareas de vida, y de nuestra relación con los demás.

Para evitar la palabra muerte, algunas personas usan expresiones como “paso”  o «transición». Algunos afirman: «No existe la muerte». Existe la muerte, pero la muerte no pone fin a la vida. Deberiamos reconocer que la muerte es una experiencia real, al igual que el nacimiento. Tan cierto como hablamos del nacer, podemos correctamente hablar de la muerte; no necesitamos andarnos con rodeos.  Rudolf Steiner[1], cuya visión suprasensible le permitió describir el evento, no eludió la palabra muerte, aunque rara vez la usó sola; solía decir «el umbral de la muerte» o «el portal de la muerte». Ayuda mucho decir «.umbral de la muerte», porque un umbral implica que hay algo más allá, que no es un «callejón sin salida». El umbral de la muerte conduce de la vida terrenal a la esfera de la vida. El umbral nos permite pasar de este mundo limitado de espacio y tiempo a la vastedad cósmica y a la conciencia siempre cambiante.

A fin de entender eso que sucede al morir, nosotros debemos diferenciar más que cuerpo, alma y espíritu[2], ya que cada uno de éstos, es a su vez trimembrado. Nos centraremos por ahora en el cuerpo, que puede diferenciarse en cuerpo físico, cuerpo etérico y cuerpo astral. Los minerales solo poseen un cuerpo físico. Las plantas tienen algo más: un cuerpo etérico, también llamado cuerpo vital o cuerpo de fuerzas formativas, que da vida y crecimiento. Los animales, asimismo, poseen un cuerpo físico y un cuerpo vital, además de un cuerpo astral o anímico que les confiere sensibilidad y movimiento voluntario. El ser humano no es un animal, pues, además de los cuerpos físico, etérico y astral, posee un ego o un «yo», que le otorga autoconciencia , elevándolo así a un reino superior al animal.

El cuerpo etérico o cuerpo vital permanece con el cuerpo físico tanto tiempo como uno  no haya cruzado el umbral de la muerte. Lo físico y lo etérico permanecen juntos día y noche durante toda la vida terrenal, mientras que cada vez que dormimos, el cuerpo astral y el yo se separan de lo físico y lo etérico. El sueño se llama el hermano menor de la muerte porque tanto en el sueño como en la muerte el alma y el espíritu se elevan; sin embargo, el sueño y la muerte se diferencian en que, al morir, el cuerpo etérico también se retira. Mientras el cuerpo etérico permanece con el físico, como sucede durante el sueño, hay vida en el cuerpo físico. Cuando lo etérico también se retira, solo queda el cuerpo físico, que entonces se convierte en un cadáver, una mera envoltura, sujeta a las leyes del mundo físico. Cuando el cuerpo físico ya no es sostenido por las fuerzas vitales, sus elementos regresan a la tierra física, ya sea por descomposición o por ser consumidos por el fuego.

Una de las primeras experiencias tras cruzar el umbral de la muerte es contemplar un panorama de la vida entera de uno, pues todos los recuerdos se encuentran en el cuerpo etérico, el cual ahora está liberado del cuerpo físico. Este panorama suele durar de tres a tres días y medio, el tiempo que tarda el cuerpo etérico en separarse completamente del cuerpo físico. (También puede considerarse como la máxima longitud de tiempo que uno puede permanecer despierto mientras está en el cuerpo físico). Durante éstos tres días, todas estas vívidas imágenes de la vida terrenal se presentan ante uno como si estuvieran desplegadas en el espacio. Richard Wagner tenía razón cuando dijo: «El tiempo se convierte en espacio». La vida entera, así desplegada, se repasa en un imponente cuadro viviente [3]. Este cuadro panorámico de recuerdos lo experimentan a menudo quienes han estado a punto de ahogarse, han caído desde una altura o han sufrido un accidente. La repentina caída, el casi ahogamiento o el impacto repentino aflojan el cuerpo etérico hasta el punto de permitir ver el panorama de la vida; pero el cuerpo etérico no se desprende por completo, por lo que no sobreviene la muerte. Luego, cuando las fuerzas etéricas se restablecen en el cuerpo físico, el recuerdo de haber visto el panorama de vida permanece.

En el periodo de los tres días posteriores al fallecimiento, mientras  la revisión panorámica está tomando lugar, no debe haber perturbaciones ni embalsamamiento. (Como ya se mencionó, las alternativas son el hielo seco o un ataúd sellado). Debe reinar la quietud, preferiblemente un estado de ánimo espiritual sereno, para que el cuadro viviente de recuerdos pueda experimentarse con tranquilidad, sin interrupciones. La cremación no debe realizarse hasta el final de los tres días, o mejor aún, tres días y medio. Respecto a la cremación, Rudolf Steiner sugirió que fuera una cuestión de preferencia personal, con dos excepciones. La cremación es perjudicial para los suicidas y para los materialistas acérrimos. Para el suicida, aún no había llegado el momento de una muerte natural. No era el momento de la liberación del cuerpo etérico, por lo que permanece demasiado conectado con lo físico y no puede separarse fácilmente de éste. Asimismo, en el caso de un materialista recalcitrante, las fuerzas etéricas están demasiado ligadas a lo físico como para separarse adecuadamente en el momento de la muerte.

Después de la revisión de tres días, el cuerpo etérico se separa del cuerpo astral y del yo, y se absorbe en el mundo etérico. De acuerdo a su cualidad, éste o empobrece los mundos superiores o provee nutrición a los Seres superiores quienes esperan los frutos de la vida terrenal. Como el cuerpo etérico se expande en el universo del éter, éste se convierte en un trasfondo, una especie de «firmamento», en el que se observa la contribución realizada al cosmos del éter: algo perjudicial si uno fue egoísta y no tuvo intereses espirituales, o benéfico si uno manifestó buena voluntad y fue devoto del espíritu.

Existe un hecho interesante sobre la separación del cuerpo etérico que podría ser de utilidad para todos; además, al conocerlo, podría resultar de ayuda para otros. Las fuerzas etéricas de las personas con una relación cercana están tan entrelazadas que, cuando el cuerpo etérico de alguien se separa al morir, deja una condición comparable a desgarros o agujeros en el cuerpo etérico de la persona que permanece en la Tierra. Esto es lo que produce la profunda sensación de soledad, dolor y duelo que perdura hasta que estos desgarros sanan. A menos que ocurra algo desde el plano espiritual, la restauración etérica suele tardar hasta tres años, e incluso a veces cinco, en producirse, lo que permite adaptarse a la separación de la persona amada.

Puedo hablar desde mi propia experiencia. Después de que mi esposo pasó por el umbral de la muerte, los primeros días fueron realmente difíciles a pesar de todo lo que yo conocía sobre la vida después de la muerte. Parecía que mi vida estaría vacía sin él. Luego, en el funeral, mi cuerpo etérico fue completamente sanado. El funeral fue una magnífica experiencia espiritual. Cuando desperté la noche siguiente, estaba sobrecogida de júbilo  al darme cuenta de que el mundo está lleno de espíritu y que cada ser humano es un ser espiritual. No había rastro de vacío, pues el cuerpo etérico había sido sanado y llenado. Entonces escribí:

Enriquecido está todo lo que veo

Porque caminé contigo.

 Una mujer que asistió al funeral de mi esposo John le dijo a su marido al regresar a casa que acababa de estar en el cielo. Él le dijo: «Pensé que habías ido a un funeral». Ella respondió: «Sí, fui, pero fue el cielo. Me preguntaba si nos atreveríamos a experimentar tal alegría». Esta experiencia fue compartida por los presentes. Esto nos da una idea de lo que es posible, de lo que puede suceder, si hay discernimiento espiritual y  seres espirituales intervienen.

Eso no suele ocurrir en esta época de materialismo. Le agradecí enormemente a John porque sabía que él lo había hecho posible. Además, el hecho de que el ritual de la Comunidad de Cristianos[4] brindó por su mismo una experiencia así, y el hecho de que en el funeral hubiera tantos amigos que trajeron consigo su amor, haciendo de esta una despedida feliz, como la de alguien que se marcha y recibe una partida llena de alegría. Así, el alma no se siente abrumada ni retenida.

Pensemos en lo que hacen las personas cuando un ser humano  muere. Es trágico lo que algunas veces sucede. Por supuesto, los dolientes están desinformados e inconscientes, por lo uno no debería criticarlos. Sin embargo, debido a su ignorancia, se causan mucho daño a sí mismos, al difunto y al cosmos. Y frecuentemente un alto costo esta implicado. A veces, las familias gastan la mayor parte de sus ahorros, pensando que así ayudarán al ser querido fallecido, cuando en realidad es el alma y el espíritu lo que debería ser la principal preocupación. Para la visión espiritual, la muerte física se transforma en nacimiento espiritual. El alma y el espíritu se liberan del confinamiento de la vida terrenal hacia las vastedades de la existencia universal.

El servicio de funeral para  los jóvenes debe ser diferente al de los ancianos. Los jóvenes están todavía cercanos a los mundos espirituales; son sus padres quienes necesitan de mayor ayuda. Las personas ancianas, en cambio, requieren un tipo de servicio que de forma correcta los liberará de la tierra y haga su regreso a los mundos superiores hermoso, a través de la ayuda de los ángeles y la guía de Cristo.

La visión de Rudolf Steiner sobre los eventos suprasensibles lo llevó a afirmar que llegará el momento en que la gente comprenderá que los funerales son más importantes que las reuniones de parlamentos o congresos. Impulsos significativos  son traidos a los asuntos humanos terrenales si se establece la conexión adecuada con las almas que han pasado a través del umbral de la muerte. Ellas nos ayudan enormemente, mucho más de lo que imaginamos, cuando tenemos que tomar decisiones; y en muchas experiencias de la vida recibimos de ellas consejo, ayuda y orientación, incluso si no somos directamente conscientes de su origen.

Los seres queridos en la tierra suelen decir: «No puedo creer que haya vida después de la muerte, pues si la hubiera, mi ser querido se habría comunicado conmigo de alguna manera». El cuerpo físico es el instrumento de comunicación durante la vida terrenal. La persona que pasa a través del umbral de la muerte deja a un lado el cuerpo físico y vive únicamente como alma y espíritu (A).  A partir de entonces, ninguna comunicación es posible excepto en el nivel del alma y el espíritu, y eso esta impedido para las personas que aún están en un cuerpo físico si su conciencia ha erigido un «muro» entre el cuerpo y el alma (B). Por lo tanto, no es de extrañar que no pueda haber comunicación. Por otra parte, si una persona ha disuelto ese “muro”, entonces funciona conscientemente como alma y espíritu en el cuerpo terrenal y puede existir una sensación de relación (C).

Algunas veces, la mera experiencia de la partida de un ser querido ayuda a derribar ese “muro”o proporciona una momentánea ruptura. En el momento de duelo o desesperación, en ese instante de tristeza, a veces una luz desciende. Sin embargo, en general, para la persona promedio en nuestra era materialista, no existe una conexión consciente. Uno de los frutos de la ciencia espiritual es que la barrera se disuelve gradualmente, y las almas sobre la Tierra y las de las esferas suprasensibles pueden brindarse una ayuda mutua mucho mayor.

Un paso gigante es dado cuando el dolor se transforma en gratitud. Una experiencia en la puerta de embarque de un aeropuerto ilustrará la aplicación de este principio. La noche anterior a nuestra despedida, tras dos semanas maravillosas juntas —nuestro primer encuentro en casi cuarenta años—, una amiga muy querida me dijo: «Me temo que lloraré cuando te vayas». Le respondí: «Oh, no. No pensaremos en la separación. Solo sentiremos alegría porque estaremos llenos de gratitud por haber podido compartir este tiempo juntos». Y así fue.

Lamentar que ya no tengamos con nosotros en la carne a nuestros seres queridos que han “partido” es un sentimiento de ingratitud. Deberíamos, en cambio, agradecer haberlos tenido con nosotros y estar agradecidos por haber enriquecido nuestras vidas. Al brotar la gratitud y al irradiar amor, creamos una atmósfera que nos conecta con ellos de forma desinteresada. Hay gozo cuando cambiamos nuestra actitud del dolor a la gratitud.

Cuando una amiga mía fue informada de que su esposo estaba en el hospital a punto de morir, llamó a un sacerdote de la Comunidad de  Cristianos, quien la acompañó de inmediato. Mientras el sacerdote le administraba la unción de los enfermos, el hombre falleció. Fue una hermosa partida, aunque él antes no se había preocupado por asuntos espirituales. No había sido hostil, pero sus asuntos cotidianos le absorbían el tiempo y posponía dedicarle atención a las realidades espirituales.  Su esposa, quien durante años había sido devota estudiante de la Antroposofía, dijo que en el momento en que él falleció sintió: «No lo he perdido; siempre estaremos juntos». Su primera sensación fue la de una relación más cercana.

En el funeral, unos días más tarde, al ritual de la Comunidad de Cristianos le siguió un cálido homenaje de un compañero de negocios. Parecía ser una experiencia significativa para el difunto, y el sacerdote me dijo: «Estoy seguro de que estuvo presente aquí y experimentó todo lo que sucedió». Unos días después, mi amiga me telefoneó y me dijo: «Siento un peso en el pecho, como si él quisiera algo. No sé qué es». Le dije que muy probablemente él deseaba información que no había buscado durante su vida terrenal, es decir, conocimiento de los mundos superiores. Le mencioné que Rudolf Steiner solía recomendar leerle al difunto y le sugerí que tomara algún texto significativo de la ciencia espiritual, especialmente lo relacionado con el mundo del alma y el mundo espiritual, y las experiencias del hombre en esos mundos[5], así como el ciclo de conferencias titulado «El Evangelio de San Juan»[6]. Ella comenzó a leerle, y entonces la sensación de pesadez y de que él necesitara algo desapareció.

Rudolf Steiner, quien con visión suprasensible podía seguir a las almas más allá de la muerte, observó que a menudo, cuando las personas durante su vida terrenal repudian este conocimiento e incluso lo rechazan con vehemencia, en lo más profundo de su alma lo anhelan con vehemencia.  Entonces, después de la muerte, cuando se liberan del cuerpo que los hacía ciegos y ponía los reparos, el alma expresa su verdadero deseo e intenta obtener iluminación de algún ser querido o persona interesada en la tierra que posea esa luz.

Quienes han trascendido el umbral de la muerte y anhelan la luz, también pueden beneficiarse de las reuniones de estudio de la ciencia espiritual, pues es un lenguaje comprensible que les permite entender el alma y el espíritu, así como las esferas en las que habitan. En cuanto a la lectura a las almas en el mundo suprasensible, es importante invitarlas a leer y reflexionar con claridad sobre lo que se lee, ya sea en silencio o en voz alta, sin interrumpir la lectura.  Si la mente divaga o se piensa en otra cosa antes de continuar leyendo, es como si, mientras leemos, el texto desapareciera repentinamente y luego reapareciera. Si nos concentramos en la lectura y reflexionamos con claridad, los difuntos pueden comprenderla, e ilumina el mundo del alma para ellos.

La mayoría de las personas no quieren enfrentarse a la experiencia de su propia muerte. Dicen: «Ya veré qué pasa. Cuando llegue al otro lado, ya habrá tiempo suficiente para descubrirlo». Esta actitud de esperar y ver sería impensable si uno emprendiera un viaje por la Tierra. Uno busca aprender todo lo posible sobre su destino.  El viaje más importante que jamás emprenderemos merece aún mayor —la mayor— consideración y conocimiento previo. Y más aún, puesto que nuestra orientación y nuestras experiencias en las esferas planetarias están condicionadas por cada pensamiento, palabra, sentimiento y acción que realizamos durante nuestra estancia en la Tierra.

A la luz de las investigaciones sobre experiencias cercanas a la muerte  – ECM-, es necesario añadir algo nuevo a lo escrito hace años.  La actitud de esperar y ver, tan común hoy en día, es consecuencia del materialismo, que separó el microcosmos del macrocosmos, lo subjetivo de lo objetivo dentro de la conciencia humana. Se perdió la noción de que lo que ocurre en el alma humana subjetiva produce efectos en el cosmos objetivo. Por ejemplo, una mentira oscurece la luz astral en el macrocosmos, y una acción sin amor es destructiva en el cosmos. Lo que los seres humanos consideran sus pensamientos y sentimientos más íntimos están, en realidad, conectados con el desarrollo cósmico objetivo.

La evolución humana y cósmica están entrelazadas y se metamorfosean juntas. El gráfico 2 muestra que en el siglo XX surgió una nueva corriente espiritual que introdujo una concepción espiritual del mundo. Este cambio subjetivo, que relaciona nuevamente el microcosmos con el macrocosmos, es paralelo a un cambio objetivo: un nuevo evento de Cristo. Así como hace casi 2000 años era el momento propicio para que Cristo apareciera en forma física, ahora, en el siglo XX, y particularmente desde la década de 1930, ha llegado el momento de que Cristo se manifieste en forma etérica . Esta es la esperada «segunda venida», que, sin embargo, nunca se producirá en forma física. Su presencia, cada vez más real, se experimenta también durante la vida terrenal, especialmente en tiempos de grave necesidad. Además, ha llegado el momento, tal como lo previó Rudolf Steiner en su visión espiritual y lo anunció en octubre de 1911, de que en la segunda mitad del siglo XX Cristo se convertiría en el Señor del Destino (Karma)[7]. Cristo ha asumido la función, antes atribuida a Moisés o a San Pedro, de contador del destino, encontrándose con uno en el umbral de la muerte cuando el cuerpo etérico se separa del cuerpo físico y se da la revisión panorámica objetiva de todos los recuerdos de uno. El Cristo está entonces presente como un Ser de luz indescriptible, emanando amor y bondad mientras pregunta que ha hecho uno con su vida[8]. Comenzando nuestra era, el Cristo Etérico se encuentra con cada alma en el umbral de la muerte y recibe un balance de su destino, incluyendo tanto las buenas acciones, así como también las insensatas y malvadas. Como Señor del Destino, él traerá  orden en el destino de cada persona de tal manera que, en las futuras encarnaciones, ésta se desarrolle no solo de acuerdo con las necesidades individuales, sino también de la forma que mejor beneficie a toda la humanidad, impulsando así su progreso en su conjunto. Con la entrega  del cuerpo etérico a los éteres cósmicos que sigue a la revisión de vida, el cuerpo astral y el yo quedan libres para entrar en la esfera de la luna, para la purificación del cuerpo astral antes de poder viajar a las esferas planetarias superiores.

Notas al texto

[1] Nota del traductor:  Rudolf Steiner (1861-1925) fue un filósofo, esoterista y educador austriaco, fundador de la antroposofía, también llamada por el autor “Ciencia espiritual”. Creador de la pedagogía Waldorf, la agricultura biodinámica, la medicina antroposófica, la euritmia, el arte de la palbra, la triformación social, entre otras iniciativas.  Buscó conectar el conocimiento científico natural con una visión espiritual del ser humano.

[2] Nota del traductor:  Para ampliar y profundizar con rigor los conceptos de cuerpo, alma y espíritu, y otros conceptos presentados en éste capítulo ver el libro Teosofíaintroducción al conocimiento suprasensible  del mundo y del destino humano de Rudolf Steiner.

[3] Tableau

[4] La Comunidad de Cristianos es un movimiento religioso independiente, fundado en 1922 en Suiza, enfocado en la renovación de la vida sacramental con un enfoque moderno y libertad espiritual. Basado en la antroposofía, ofrece siete sacramentos renovados, incluyendo el “Acto de Consagración del Hombre” como central.

[5] Nota del traductor:  La tercera parte del texto Teosofía:  introducción al conocimiento suprasensible del mundo y del destino humano” de Rudolf Steiner, titulada “Los tres mundos”, se ocupa ampliamente de las experiencias del alma y el espíritu tras la muerte.

[6] Steiner, Rudolf.  El evangelio de San Juan.  Ciclo de conferencias dadas en Hamburgo del 18 a 31 Mayo de 1908-  (GA 103).  Editorial Kier.

[7] Steiner, Rudolf.  De Jesús a Cristo  (GA 131).  Conferencias dadas en Karlsruhe, del 4 a 14 de Octubre de 1911

[8] Moody, Raymond.  Vida después de la vida.  Editorial Edaf

Acerca del autor

Beredene Jocelyn

Beredene Jocelyn dirigió varios grupos de estudio antroposófico en el área de la ciudad de Nueva York y, a lo largo de su vida, trabajó arduamente para difundir la antroposofía. Escribió varios libros y editó y promovió un boletín mensual que enviaba por correo a miles de lectores.

Estuvo casada con John Jocelyn, autor del libro Meditaciones sobre los signos del zodíaco.

 

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