Jóvenes pastores con vacas (1655-60) – Albert Cuyp
Puedo afirmar que la salud de mis sistemas digestivo y respiratorio, y por tanto mi bienestar general, mejoraron notablemente cuando dejé de tomar leche de vaca hace ya unos 40 años. El cambio se fue dando a partir de la observación cada vez más consciente de que mi organismo no toleraba bien la lactosa. Posteriormente, cuando empecé a estudiar temas relacionados con la alimentación humana, me percaté de algo que parece una verdad de Perogrullo: ningún mamífero adulto, excepto el ser humano, toma leche.
Mi observación se empezó a extender a la gran cantidad de derivados lácteos que nos ofrecen las industrias de alimentos. Con casi todos ellos tenía una extraña sensación de pesadez, una música no armónica en el vientre y una importante producción de flema en las vías respiratorias. Solo toleraba bien el queso y pronto entendí que el cuajo hace un proceso de predigestión de la leche que lo hace mucho más digerible. A lo largo de 35 años de ejercicio de la medicina le he seguido la pista a los efectos de la leche de vaca sobre el organismo humano y las conclusiones más claras están relacionadas con la producción de problemas respiratorios crónicos en los adultos o recurrentes en los niños donde el tema central es la producción de flema y con la generación de problemas del colon. Me atrevo a afirmar que existe una relación directa entre el consumo de leche de vaca o derivados lácteos dulces (con azúcar o endulzantes) y la producción de flema en las vías respiratorias y en el colon. En el lenguaje de la medicina china: el consumo de leche de vaca genera un exceso de humedad que favorece las enfermedades respiratorias y digestivas. Pero un campo que es aún más sorprendente es la relación que tiene el consumo de leche de vaca con aspectos cómo la precocidad de la primera regla en las niñas y la aparición posterior de cáncer de mama en las mujeres y de próstata en los hombres.
Evidentemente no podemos ni queremos afirmar que la leche de vaca produce cáncer. ¡Sería una barbaridad!
Pero es sorprendente cómo en una población tan numerosa como la China, la incidencia de cáncer de mama es muy baja. Hay pueblos que apenas conocen el cáncer de mama, como es el caso de China y Japón. Esto cuando siguen su dieta tradicional. Cuando se trasladan a Occidente, o adoptan la dieta occidental, al cabo de dos generaciones los índices de esta enfermedad se igualan con los de las occidentales. Esto descarta, por lo pronto, la variable genética. En las dietas tradicionales de estos países no hay leche de vaca, ni derivados lácteos y, por el contrario, existe un alto consumo de soya, tofu y sus derivados.
El efecto oncogénico de la leche de vaca no se debe a su contenido en grasa, sino a que es un alimento con una gran carga hormonal. El bebé humano, alimentado con leche de su madre, dobla su peso en seis meses, el ternero lo hace en 47 días, y en ese tiempo puede alcanzar los 100 kilos. La leche de la vaca provee al ternero no solo el alimento necesario (proteínas, grasas, carbohidratos, calcio, fósforo…), sino una variedad de hormonas de crecimiento, mensajeros químicos cuya función es estimular la proliferación celular del ternero, para que aumente de peso rápidamente. Dicho de otro modo, la leche es un potente coctel de hormonas y sustancias afines, que actúan sinérgicamente entre sí. Esta es, probablemente, una de las causas del aumento de estatura que ha ocurrido en Occidente en las últimas décadas.
Cuando ese estímulo es recibido por un organismo adulto, de una especie de mucho menor peso, que ya ha concluido su etapa de crecimiento, este efecto hormonal estimulante puede tomar un camino lateral de efectos poco deseables. El tejido de los pechos es especialmente sensible; el cáncer de mama es un cáncer impulsado hormonalmente. Un hecho sorprendente es que solo una de cada 10.000 mujeres muere de cáncer de mama en China, mientras que solo en el Reino Unido las cifras oficiales hablan de una de cada 12. En Latinoamérica la tendencia revela que una de cada nueve mujeres puede padecer cáncer de mama. Saquen sus propias conclusiones.
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El ser humano es un mamífero que ha trascendido el reino animal. La antropología espiritual (de orientación antroposófica) afirma que se puede separar el reino humano del reino animal por su capacidad de pensar, de hablar y de andar erguido. Ya tendremos la oportunidad de ahondar en este tema.
Cuando mudamos los dientes de leche, dejamos de ser lactantes y se ha demostrado que hasta un 70% de la población mundial tiene una baja producción de lactasas (enzimas que digieren los azúcares de la leche) después de los 6 años. Somos mamíferos destetables y a veces también detestables.
Por ejemplo, hemos dedicado gran parte de nuestras buenas tierras de labranza a la ganadería. Y es que evidentemente es una actividad mucho más rentable y que beneficia a unos pocos. En muchos países ser ganadero es sinónimo de poder y riqueza. Es una actividad que siempre gana, de ahí su participio: ganado.
La ganadería en China y en otros países asiáticos ha hecho énfasis en la crianza de cerdos, ovinos y caprinos y es bien conocido que los chinos son incapaces de comprender la preocupación occidental por tomar leche de vaca.
Las mujeres chinas no enferman de cáncer de mama ni los hombres desarrollaban tumores prostáticos porque son incapaces de tolerar la leche y, por tanto, no la toman.
Dice la Asociación Norteamericana de Gastroenterología, Hepatología y Nutrición Pediátricas (NASPGHAN): “En muchos casos, la intolerancia a la lactosa se desarrolla espontáneamente a lo largo del tiempo. Cuando los niños alcanzan de 3 a 6 años, sus cuerpos pasan naturalmente a producir menores cantidades de lactasa que las producidas en el primero o segundo año de vida. En algunos niños, la producción continúa reduciéndose o incluso se detiene totalmente. Frecuentemente, los síntomas de intolerancia a la lactosa aparecen en la adolescencia o adultez temprana. Algunos grupos étnicos (negros, hispanos, asiáticos) tienen más probabilidad de desarrollar intolerancia a la lactosa”.
Los datos sobre el cáncer de próstata conducen a conclusiones similares.
La propia organización mundial de la salud afirma que el número de hombres que padecen este cáncer en China es de 5 por cada 100.000 mientras que en el Reino Unido la cifra es 70 veces mayor.
En Colombia se presentan 48 casos por cada 100.000 habitantes cada año, de los cuales mueren 21.6 por esta causa, al año.
Recientemente se ha impuesto la idea de que si no tomas 3 vasos de leche al día sufrirás osteoporosis. Un elefante -que soporta toneladas de peso- sólo toma leche los dos primeros años de vida. Luego se alimenta de vegetales y frutas y no sufre de osteoporosis. Los chinos previenen la osteoporosis con una importante dosis de movimiento. Un grupo indígena de Guatemala que no consume leche, no padece osteoporosis pero tiene un importante nivel de movimiento. El microtrauma del ejercicio favorece la fijación ósea del calcio.
Existen alimentos ricos en calcio tales como la leche de soya, la quinua, la avena y la cebolla. El huevo y el pescado tienen alto contenido. Los invitamos a abrir la mente (y el estómago) a otros hábitos alimenticios y a recuperar la capacidad de movimiento en esta cultura sedentaria: ¡A moverse, a sacarse la leche!
Acerca del autor
Jorge Alberto Vega Bravo
Médico de la Universidad de Antioquia, con estudios de posgrado en Filosofía, Acupuntura. Es médico Antroposófico certificado con especialización en oncología antroposófica. Pionero de la Medicina Antroposófica en Colombia. Cuenta con amplia experiencia docente a nivel Universitario y en las formaciones de Medicina Antroposófica en Colombia.
Ha fomentado el trabajo de grupos multidisciplinarios a nivel terapéutico, en el centro médico Narabema en Medellín –Colombia en el cual labora como médico independente.
Columnista del periódico local VIVIR EN EL POBLADO en la ciudad de Medellín .