A las raíces del alma humana

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En un momento histórico tan convulso, lleno de pensamientos engañosos y tensiones internas extremas, podría ser crucial para todos aquellos que trabajan en el campo psicoterapéutico acoger la representación más correcta y exhaustiva del alma humana.

Superficialmente, pero sólo superficialmente, podría parecer que se ha dicho mucho, si no todo, al respecto. La Psicología Académica ha recopilado teoría tras teoría, y ayudada por las nuevas Neurociencias, que comparan el funcionamiento del órgano cerebral con el de los ordenadores más sofisticados, presumen haber decodificado los «mecanismos», la «dinámica» y los «procesos» de pensamiento que lo caracterizan.

Sobre esta base, la Psiquiatría supone poder intervenir sobre la «mente» con moléculas químicas (fármacos) capaces de regular y optimizar el funcionamiento (omitiendo, sin embargo, dar a conocer los parámetros de salud en base a los cuales se orientan). Mientras que las psicoterapias más refinadas se empeñan por intervenir de manera «estratégica»[1], con el objetivo de erradicar el síntoma gracias a sofisticadas manipulaciones de los procesos cognitivos a través de los cuales el paciente se relaciona con la realidad.

Para ambas – la psiquiatria y la psicoterapia estratégica -, la historia a través de la cual el yo del paciente ha evolucionado, las viscisitudes más o menos dramáticas que ha atravesado, los recursos únicos e irrepetibles con los que ha respondido a esos acontecimientos y el significado existencial del que muy a menudo los síntomas han terminado siendo portavoces… simplemente no son relevantes, son sólo demoras supersticiosas en las cuales se adormecieron las primeras exploraciones inadecuadas de la psique… verdaderos rituales apotropaicos[2] que las Neurociencias ya no pueden avalar, ocupadas como están en ser rápidas, efectivas y definitivas.

Sin embargo, cabría preguntarse qué pasó con las llamadas Psicoterapias Centroeuropeas: la Psicología Profunda de C.G. Jung, la Logoterapia de V. Frankl, la Psicosíntesis de R. Assagioli, la Gestalt de K. Koffka, y la Psicología Humanista de C Rogers …

Oh bueno… ¡todavía sobreviven! Recogen el último consenso de parte de hombres y mujeres, en su mayoría adultos, provenientes de una sociedad y una cultura que pronto serán olvidadas porque están sepultadas bajo sus propios escombros. De hecho, los adultos de hoy, cuando éramos jóvenes, no fuimos capaces de proponer alternativas válidas a la irrupción salvaje de la Web, de las tecnologías de la información, de los mil paraísos artificiales… distraídos por el bienestar de nuestra propia vida, no nos ocupamos de las generaciones futuras y de sus necesidades más profundas de crecer frente a modelos humanos sanos que imitar, de conceptos sobre los cuales practicar el pensamiento libre y creativo, así como de todos, los más antiguos y modernos, testimonios filosóficos, científicos, artísticos y religiosos con los cuales confrontarse. No les ofrecimos objetivos grandes y futuristas que alcanzar.

Con el cambio de siglo y el comienzo del nuevo milenio, la escuela quedó vacía de la maravilla. La universidad empezó a ofrecer competencias lo más técnicas y funcionales posibles, los medios de comunicación empezaron a vomitar mentiras, dejadez y vulgaridad y en todo este caos la moral… ay, la moral perdió su relación de pureza con las estrellas (Kant) y echó raíces en lo más profundo, en el sentimentalismo cuando no directamente en la hipocresía.

Por lo tanto es legítimo preguntarse: ¿cuánto tiempo podrán durar las Psicoterapias Humanistas? ¿Cuántos habrá que en apenas cinco o diez años recuerden lo que éstas quisieron representar, en una conciencia colectiva cada vez más pobre y más olvidada de sí misma?

Por otra parte, la muerte de la psicología humanista se había anunciado ya.

Ninguna de las corrientes en las cuales se había expresado, estuvo jamás en condiciones de FUNDAR su propia praxis en una realidad antropológica que explicara la naturaleza última del hombre. Sí, claro… hablaban del alma (Jung)… alguno había llegado a hablar del espíritu (Assagioli) o incluso de Dios (Frankl). Pero para un hombre como el occidental moderno, «todo cabeza», condicionado por una racionalidad abstracta que dejaba muy poco espacio para otras experiencias más profundas de sí mismo y del mundo, esas palabras debieron ser tan indeterminadas, teóricas e irreales como aquellas mucho más de moda de psique o mente.

Desde este punto de vista, pues, la famosa frase de Jung – » Una psicología que considere el alma como un mero epifenómeno[3] de los procesos cerebrales sería mejor llamarla psicobiología» – más que una advertencia o una denuncia, podría entenderse más bien como una triste profecía que las Neurociencias han hecho realidad.

Y así, hoy, en el umbral de esa mutación antropológica hacia la que insisten los amos del poder económico, tecnológico y mediático, una vez alcanzada la línea de demarcación más allá de la cual emerge el horror del transhumanismo[4], ¿cuales corrientes psicológicas académicas se atreverán aunque sea solo remotamente a señalar la realidad del alma? ¿Cuales teorías sentirán la necesidad de ésto, frente a una «salud mental» cuyos parámetros serán cada vez más calibrados sobre la destrucción radical de todas aquellas prioridades que alguna vez parecieron inalienables? ¿Por qué nunca los ignorantes que ocupan los más altos cargos políticos o administrativos, los enriquecidos deshonestamente, los adictos a las drogas, o a los videojuegos o  a los sitios pornográficos, los fluidos de género o los pedófilos rehabilitados tendrían que sentir esta exigencia?

La vida como fin en sí misma, encaminada a afirmarse como puede hasta dar su último aliento, no necesita del alma ni de una teoría que la contemple. Las crisis existenciales, más o menos ocasionales, encontrarán la molécula justa para contenerlas.

Sin embargo, en el oscuro panorama que hemos esbozado, quedan islas de resistencia. Entre ellas, la psicoterapia de orientación antroposófica, arraigada en los principios gnoseológicos y epistemológicos de la ciencia espiritual, podría considerarse una abanderada.

No es casualidad, que aquello que sus operadores[5] han siempre sostenido y difundido sea la imagen tripartita del hombre y la necesidad de que toda expresión del hombre en el mundo, sano o enfermo, sea leída e interpretada bajo esa luz. El hombre es un ser espiritual-anímico-corpóreo y sólo de una evaluación precisa de las relaciones entre estos tres componentes constitutivos se pueden derivar intervenciones que le ayuden a realizar su destino de la mejor manera posible.

Sin embargo, precisamente porque nuestra civilización ha llegado al umbral de lo indecible debido a la total abstracción y vacuidad del pensamiento con el que todos pensamos sobre el mundo, nos preguntamos si como terapeutas antroposóficos, incluso sin darnos cuenta, hemos cometido exactamente los mismos errores que nuestros colegas perdidos. Claro… quizás no tanto a nivel de la investigación personal, sino a nivel comunicativo. De hecho, en una escala amplia y genérica, ¿cuán abstracta, imaginaria, indeterminada y vaga puede parecerle al hombre de la calle la afirmación de la naturaleza tripartita del hombre? ¿Hasta qué punto la defensa de la naturaleza espiritual-anímico-corporea del hombre corre el riesgo de caer en el vacío dado que, por necesidad lingüística, se ve obligada a utilizar los mismos términos que muchas otras concepciones? Espíritu… Alma… ¿no son tal vez palabras enteramente similares a las de otras concepciones?… ¿no son idénticas a las pronunciadas, por ejemplo, por las psicologías humanistas del pasado… o por diversas  concepciones filosóficas o religiosas, o incluso por las mil y variadas nuevas corrientes New Age de inspiración más o menos oriental?.

Esforzándonos por ser honestos, debemos admitir que el riesgo es real, particularmente para todos aquellos que no han acumulado un camino de conocimiento que les  permita gradualmente tomar consciencia de las profundas diferencias entre lo que es divulgado por la Antroposofía y lo que, en cambio, proviene de la mayoría de las otras concepciones.

Si queremos por tanto esforzarnos en dar testimonio de la validez de la visión tripartita del hombre, tendremos que ser tan humildes como para evidenciar los eventuales errores cometidos y tan desprejuiciados como para querer superarlos encontrando una modalidad comunicativa capaz de evitar la abstracción.

Varias veces, en estas mismas páginas, se ha argumentado que la naturaleza autónoma del alma no puede sostenerse excepto reconociéndola como intermediaria entre las dimensiones corpórea y espiritual. Se ha sostenido varias veces cómo el alma evoluciona y madura precisamente gracias al enfrentamiento, o mejor aún, a la colisión, entre el Yo espiritual de cada hombre y el espíritu hecho mundo mucho antes de que su germen  fuese donado a la humanidad por los Espíritus de la Forma y descendiese finalmente en la actual realidad espacio-temporal.

Pero es precisamente en el uso genérico de estos términos -alma, espíritu, dimensión espiritual o Yo espiritual- que estamos expuestos a la abstracción del pensar contemporáneo. Porque, valga la pena repetirlo, ¿qué diferencia podemos pretender representar ante los ojos desencantados del hombre moderno? ¿ Qué distingue a la Weltanschauung[6] antroposófica de todas las demás? ¿Qué elemento podría ser tan determinante como para diferenciar sus fundamentos últimos?

Podríamos intentar proponer, una vez más, el camino epistemológico de la Filosofía de la libertad[7] de Rudolf Steiner o el del Trattato del pensiero vivente[8] de Massimo Scaligero … para ilustrar una posibilidad real de experimentación práctica para aquellos que realmente quieren captar su propia dimensión espiritual… Sí, claro… ésta sería la forma más directa y correcta. Demasiado obvio para quien ya se ha sentido atraído en esa dirección.

Sabemos, sin embargo, cuán difícil era ya en tiempos del Doctor Steiner avanzar por ese camino (no por casualidad llamado, en ocultismo, La via seca ) y, una vez reconocido como practicable, cuánto esfuerzo y cuánto tiempo se necesita (en cumplimiento del destino de cada individuo) para recoger los primeros frutos.

Por tanto, en un mundo devastado como el que hoy vivimos todos, podemos preguntarnos si al querer presentar la visión de la división tripartita del ser del hombre no habrá una comunicación aparentemente más simple, pero esencial, que dé razón de ello. Podemos preguntarnos si no es posible encontrar una imagen, o un pensamiento, que de manera inmediata, nos permita captar la realidad de esa dimensión que llamamos espiritual.

En realidad, una afirmación de esta naturaleza ya existe, no debe ser inventada… Quizás deberíamos simplemente hacer un esfuerzo de extrema falta de prejuicios… o, mejor, de fidelidad interior y encontrar el coraje de reconocer abiertamente que podemos hablar de una dimensión espiritual como la última y más íntima naturaleza de un Dios. Tal revelación – decíamos – no debe ser inventada, sino sólo repropuesta confiando en el Poder que la subyace. En otras palabras, mucho más simples, se trataría de preceder y enraizar todo estudio del hombre en sus orígenes:

Al principio era el Verbo

Y el Verbo estaba en Dios,

y el Verbo era Dios.

El estaba al principio en Dios.

Todas las cosas fueron hechas por Él,

y sin Él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho[9].

Más allá de la aparente ingenuidad de esta propuesta, podría ser interesante observar cómo sólo en el reconocimiento de Cristo como Logos Pantocrator serían aniquiladas todas las posibles abstracciones vacías del pensamiento moderno que se verían obligados por tanto a reconocer la jerarquía original de la creación. Fue un Dios, un Ser Espiritual, quien a través de sus Jerarquías creó este mundo… hay un Ser en el origen de todo, no un pensamiento abstracto, un símbolo, una idea, una fantasía vacía, sino un Ser del cual todo el universo que conocemos, y todos nosotros con nuestra Tierra, compartimos una naturaleza íntima. Hay un Ser en el origen de las cuatro etapas cósmicas por las cuales el Amor precipitó, condensándose cada vez más, hasta perderse en esa dimensión espacio-temporal en la que hoy vivimos todos.

Sería una tontería insistir ahora en una cosmología que todo antropósofo (se espera) debería conocer, más o menos bien. Lo que sería fundamental preguntarnos ahora es si, en relación con la era del alma consciente, dado el momento histórico que estamos viviendo, y en conjunto con la cercanía del Cristo Etérico a las almas de los hombres, no se trata de una Deber de todos aquellos que se esfuerzan por sistematizar una Psicoterapia Antroposófica, salir a la luz y testimoniar la primacía ya no de una dimensión espiritual genérica, sino de Aquel que se presentó con las palabras:

Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida

Un testimonio de este tipo, sencillo y directo, lejos de ser estéril, permitiría transmitir un conocimiento definitivo de la naturaleza última del Espíritu sino también del Alma humana. Porque esta última, en lugar de ser imaginada como un epifenómeno de la actividad cerebral, o una realidad de naturaleza más o menos misteriosa que se certifica a si misma (el Inconsciente de los psicoanalistas), podría ser en cambio descrita como una Entidad que cobró vida en el momento de el cual el germen espiritual del Yo (que nos fue dado por los Espíritus de la Forma, como potencialidad ) fue insertado en las tres envolturas: física, etérica y astral, y así inició el largo camino de su propia individuación.

Es en la relación de este germen espiritual con la actividad de los tres cuerpos inferiores, de hecho, que se generó el Ser del alma, testimoniando el proceso de crecimiento y evolución del Yo. Sin embargo, al realizar este trabajo sutil el Yo comenzó a identificarse con los procesos que en ésta se desarrollaban. El Yo al que el hombre hace continuo referimiento, de hecho, no es nunca su propio Yo Espiritual , es decir, el Ser Transeunte que pasa de vida en vida conservando las experiencias que ha tenido y madurando gracias a ellas, sino su identificación con la condición inmanente alcanzada de vez en cuando por la propia alma. Debido a ésto, o mejor dicho, gracias a la condición evolutiva actual, nuestro Yo Espiritual adquiere  en efecto conciencia de si «reflejándose» en el organismo neurosensorial y terminando identificándose con todos los procesos que pasan por el alma: desde los más elementales (los impulsos orgánicos) hasta los más refinados (emociones, sentimientos, pensamientos).

Por este motivo, también gracias a la intervención de las dos Entidades Obstáculizadoras que desde siempre han acompañado nuestra evolución, el Yo, reflejado en el alma, es de alguna manera víctima y responsable al mismo tiempo de su aprisionamiento en el mundo sensible.

Bastaría pensar, citando una vez más a Jung, en una de sus definiciones más contradictorias: » El Yo es un contenido del alma «.

Por supuesto que así es, dado el estado actual de las cosas… pero sólo es así porque la actual conciencia de sí  del hombre moderno contemporáneo no es capaz de diferenciarse de la imagen que ve reflejada en el sistema neurosensorial. y que de esta manera contamina el propio mundo interior.

La misión cósmica del Yo, sin embargo, no fue diseñada para terminar en este punto: al contrario… una vez alcanzada esta conciencia primitiva y refleja de uno mismo y del mundo, la esperanza de las Entidades Creadoras  es que el Yo del hombre se reconozca, al menos en parte, responsable del encarcelamiento de su propia alma y, mediante una decisión libre y autónoma, se comprometa a liberarla.

Sólo entonces descubriría no sólo su naturaleza más auténtica y espiritual, sino también la del Alma, reconociéndola en el Arquetipo Viviente de la Virgen-Sofía del que nos habla Dante en el canto XXXIII de la Divina Comedia:

Oh, Virgen Madre, Hija de tu Hijo,
la más humilde y alta criatura,
del eterno designio término fijo,               

Tú eres aquella que la humana natura
ennobleció tanto que su hacedor
no desdeñó hacerse él mismo su hechura[10]

Por tanto, se puede decir que María, madre de Cristo-Jesús, encarnó y testimonió el Eterno Femenino que, en su virginidad original e incontaminada, supo portar en su seno al propio creador.

Esta es, por tanto, la imagen simbólica del alma humana: una entidad divino espiritual que, una vez liberada de las cadenas que la atan a la cueva del Dragón, dará a luz al Divino Niño. Sin embargo, el Yo Héroe que podría liberarlo y participar en tal transmutación, debería ser obvio, no es el Yo ordinario, o fenoménico, o ego… el que hemos dicho se refleja en el pensamiento ordinario. Porque tanto el pensamiento pensado como el pensamiento pensante están ambos condicionados por la corporalidad a la que el alma todavía está ligada.

No es el Yo quien piensa el pensamiento – nos recordó Massimo Scaligero en su incomparable «Trattato del Pensiero vivente» – sino el alma ligada a la corporalidad .

Por tanto, la primera acción necesaria del yo ordinario sería precisamente la de liberar el pensamiento de la reflexividad a través de la cual hasta ahora se ha percibido a sí mismo para poder saber de sí mismo.

En otras y más simples palabras, es como si el Yo, liberándose de la identificación con los procesos que tienen lugar en el alma, al mismo tiempo liberara también a ésta, devolviéndole esa naturaleza espiritual y virginal que le es propia desde el origen de la creación.

El Yo del que hablamos es el Inmortal, El que pasa de vida en vida… El que no se ve pero que ve, el que no se oye pero que oye, el que no se percibe con el pensamiento pero que piensa, el que no se conoce a sí mismo pero que conoce.

En este punto, sin embargo, pero sólo en este punto, el Alma liberada y redimida por su propio Yo Espiritual Transeunte podrá abrirse a la experiencia paulina:

No yo, sino Cristo en mi

…generando así, dentro de sí misma, el Verdadero Yo Espiritual .

Como en un juego de mil espejos que se reflejan el uno en el otro, el Yo Héroe libera a su Alma de las cadenas que la atan a la materia… para que ésta pueda liberarlo del engaño de la propia singularidad. Es el Cristo, de hecho, como Logos Creador, quien es el Yo Cósmico de la Jerarquía Humana.

El Yo Cósmico –testimonió así, y no por casualidad, Massimo Scaligero – se individua en el hombre… y cuanto más el hombre es auténticamente individuo, más se vincula con el Yo Cósmico

Notas

[1] Hace referencia a la denominada Psicoterapia Breve Estratégica y modalidades de terapia breve en general

[2] Según la RAE:  1. adj. p. us. Dicho de un rito, de un sacrificio, de una fórmula, etc.: Que, por su carácter mágico, se cree que aleja el mal o propicia el bien.

[3] Epifenómeno (del griego antiguo ἐπί, ‘sobre, además, junto a’, y φαινόμενoν, ‘fenómeno, evento observable’) en filosofía es un fenómeno secundario que acompaña o sigue a un fenómeno primario sin constituir parte esencial de él y sin que aparentemente ejerza influencia.   El concepto de epifenómeno es seguido especialmente por el materialismo psicofísico y los psicólogos que sostienen el origen somático de la emoción para los que la sensación de placer o dolor de una emoción es el efecto de un cambio fisiológico que lo muestra. También consideran al alma, pensamiento o mente como un epifenómeno de la actividad cerebral. (https://es.wikipedia.org/wiki/Epifen%C3%B3meno)

[4] El transhumanismo (abreviado como H+ o h+) es un movimiento cultural e intelectual internacional que tiene como objetivo final transformar la condición humana mediante el desarrollo y fabricación de tecnologías ampliamente disponibles, que mejoren las capacidades humanas, tanto a nivel físico como psicológico o intelectual.  Una característica filosófica común del transhumanismo es la visión de futuro de una nueva especie inteligente, hacia la cual la humanidad va a evolucionar, que complementaría a la humanidad o incluso la suplantaría. El transhumanismo enfatiza la perspectiva evolutiva, incluyendo a veces la creación de una especie animal altamente inteligente por medio de mejoras cognitivas (elevación biológica),  pero se aferra a un «futuro posthumano» como su meta final la evolución participe.  (Tomado de https://es.wikipedia.org/wiki/Transhumanismo)

[5] Nota del traductor:  En italiano “Operatori”:  operadores, agentes, trabajadores.  Más en el sentido de aquellos quienes actuan siguiendo los lineamientos e ideas propuestos por ésta.

[6] Visión del mundo

[7] Rudolf Steiner, Filosofía de la libertad:  Fundamentos de una concepcion moderna del mundo.  Editorial Rudolf Steiner, Madrid, 2002.

[8] Massimo Scaligero, Trattato del pensiero vivente:  una via oltre le filosofie occidentali, oltre lo yoga, oltre lo zen, 1961.  Editorial Tilopa.  Esta traducido al español con el título Tratado del pensamiento viviente, por Editorial Antucura, Argentina.

[9] Evangelio Según San Juan 1:1-3, Prologo.  Versión Sagrada Biblia Nacar-Colunga.

[10] En el último canto de la Divina Comedia (Paradiso, XXXIII), il sommo poeta pone en boca de san Bernardo una bella oración a la Virgen implorándole la gracia para Dante (vv. 1-39)

NOTA: 

Publicado originalmente en la plataforma digital Medium (www.medium.com) el 13 de Enero de 2023. 

Traducido del italiano y publicado en ADMAC con el permiso del autor.

Puede accederse al artículo original en el siguiente enlace: 

Alle radici dell’anima umana

 

Traducción del italiano:  Carlos Andrés Guío

Sobre el autor

Piero Priorini

Profesional en Derecho (1974) y en Psicología (1983) por la Universidad La Sapienza de Roma. Formación en psicología profunda en el Instituto Junguiano G.A.P.A. (Gruppo Autonomo Psicologia Analitica). Trabaja como psicoanalista junguiano autónomo desde el año 1976. A lo largo de los años ha asistido a cursos de formación en Sexología, Bioenergética, Psicología Transaccional e Hipnosis.

La antroposofía ha ocupado un lugar central en su vida desde la década de los 70 como materia de estudio y práctica interior. Tuvo la oportunidad de ser un estudiante del antroposofo italiano Massimo Scaligero.  

Autor de varios libros entre los que se destacan:  “Per una nuova psicoterapia. La strada dell’antroposofia per l’umano di oggi e del futuro”, y “La realtà della realtà. L’avventura della conoscenza tra percezione e concetto”, que se ocupan de  aspectos fundamentales  para una psicoterapia orientada desde la antroposofía.  Igualmente es autor de numerosos artículos en el ambito de la psicoterapia.

Vive en Roma.

https://www.pieropriorini.it/

https://medium.com/@pieropriorini

 

Esta entrada tiene un comentario

  1. Liliam Pérez Restrepo

    Y profundizar nuestro vivir con la filosofía de la libertad.

    Gran reflexión.

    Gracias Carlos Guio.

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