El alma humana

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El presente artículo quiere ocuparse de aquello a lo que se hace referencia por el concepto alma en el contexto de la imagen antroposófica del ser humano y en particular dentro de una psicología y psicoterapia de orientación antroposófica.

Aunque la palabra psicología  (Psique:  alma;  logos:  tratado o conocimiento) literalmente significa “ciencia o tratado del alma”, la ciencia psicológica contemporánea considera su objeto de estudio otro muy distinto.  La Asociación americana de psicología (APA) la define como “el estudio de la mente y el comportamiento”, la Asociación Británica de Psicología como “el estudio científico de la mente y de cómo esta dicta e influye en nuestro comportamiento, desde la comunicación y la memoria hasta el pensamiento y la emoción”.  La palabra alma es considerada simplemente como una mera abstracción.  No cabe en la mente del científico materialista actual que ésta pueda ser una realidad existente en sí misma, un ente autónomo.  Los fenómenos anímicos: nuestros pensamientos, emociones, impulsos volitivos, conciencia, memoria, lenguaje, etc,  se comprenden, desde esta perspectiva, como un subproducto químico-fisiológico de las funciones corpóreas, en particular aquellas del sistema nervioso central y periférico.  Dada la fuerza imperante del paradigma científico materialista actual, que considera que la única realidad existente es aquella que puede ser perceptible por los órganos sensorios, hablar de alma denota superstición, falta de seriedad, espíritu fantasioso, y prejuicio religioso.  Tenemos entonces un escenario actual de una psicología sin psique, que se ve obligada  o limitada a encontrar explicaciones de los fenómenos anímicos desde la única realidad aceptada:  la del cuerpo.

La psicología ampliada por la antroposofía, utiliza sin vergüenza alguna el término alma, y afirma que esta alma es una realidad existente en sí misma.  Rudolf Steiner afirmó que la entidad humana esta compuesta de tres elementos:  cuerpo, alma y espíritu.  Con esto rescató una visión de la naturaleza humana que estuvo presente en tiempos primitivos.  En la vedanta antigua hindú, en el budismo, en la filosofía griega, y en los primeros tiempos del cristianismo se comprendía al ser humano como constituido de éstos tres elementos:  un cuerpo, un alma y un espíritu.  Con el paso de los siglos, esta tricotomía se convertiría en una dicotomía oficialmente establecida durante el Octavo Concilio Ecuménico en la ciudad de Constantinopla, donde la Iglesia Católica eliminó de forma deliberada el espíritu.  Las razones para esto exceden el alcance de éste artículo.  Este nuevo dogma impuesto, de un ser humano constituido exclusivamente de alma y cuerpo, con el paso de los siglos se convirtió en una idea firmemente establecida -naturalizada -, en la mente de cada creyente y cada occidental en todos los ámbitos de la vida.  Esta nueva idea – las ideas tienen consecuencias reales y prácticas para la vida,- influyó desde luego sobre la comprensión de las personas acerca de sí mismas y su relación con el mundo, y adicionalmente se constituyó en un obstáculo para comprender de forma clara determinados hechos de la vida interior y de las aspiraciones humanas.  Hoy en día, de mano de la nueva fé naturalista de carácter científico materialista, la imagen del ser humano se reduce aún más:  el hombre es un mecanismo, una máquina compleja; lo que percibimos como fenómenos anímicos es el subproducto de la actividad del cuerpo.

La tricotomía del ser humano es importante porque al alma – como entidad autónoma – solo se le comprende plenamente cuando se la contempla como una entidad que establece relaciones con el cuerpo por un lado, y con el espíritu por el otro.  Entre cuerpo y espíritu se encuentra el alma.  Es ella el receptáculo y la mediadora de los impulsos que provienen del cuerpo y el mundo (a través de la percepción sensorial) y de aquellos que provienen del ámbito del espíritu. Esta condición de intermediadora hace que  la polaridad sea el principio que rige la vida interior del alma.

Zeylmans Van Emmichoven, médico-psiquiatra de orientación antroposófica, en su estudio sobre el alma publicado con el título “El alma humana” (Ed. Rudolf Steiner) realiza importantes observaciones sobre la fenomenología de éste miembro constitutivo  del ser humano.  A continuación se enumeran brevemente:

  • Hablar de alma es hablar de un mundo interior. En el lenguaje cotidiano la palabra alma se usa para hablar de un aspecto esencial de un objeto, o de algo – una vivencia – que caló hasta lo más profundo del propio ser.  Este mundo interior vive en nosotros, pero esta emparentado con el mundo exterior: el alma misma es el resultado de un proceso de invaginación similar al que se da en la formación de órganos en el desarrollo embrionario.  Las cualidades (propiedades) del mundo exterior se han interiorizado, el universo vive en nosotros en la forma de principios o fuerzas:  esto es posible porque la naturaleza real del mundo físico es espiritual (eidético). 
  • Relaciones intencionales:  “Las actividades del alma se hayan siempre unidas con algo en éste mundo y se hayan dirigidas a algo que hay en él”, es decir que todo fenómeno psíquico tiene un objeto, y por tanto el alma establece relaciones intencionales con el mundo. 
  • Mediadora entre cuerpo y espíritu:  “El alma como universo interior, participa en dos mundos, uno externo y otro “mundo interior profundo””; uno de estos mundos es el mundo físico-corpóreo y el otro el ético-espiritual. 
  • Vida autónoma:  los mundos físico y espiritual no son de por sí parte de la vida anímica, el alma se relaciona con éstos de forma débil o fuerte de acuerdo a su nivel de interés y su condición de desarrollo. 
  • Polaridad:  el alma se encuentra en una relación polar con todo aquello a lo que se haya unida. 
  • Movimiento y reposo:  el alma se encuentra en constante movimiento entre las diversas polaridades pero aún así es estable. 
  • Evolución: el alma tiene un impulso interior a evolucionar; este impulso proviene de los ideales que le llegan del ámbito ético espiritual.
  • Impulso a exteriorizar:  el alma tiene la necesidad de exteriorizarse, de expresar lo que ha nacido en ella en su relación con el mundo.  Hay un continuo proceso y actividad dentro de ella:  por un lado interioriza y por el otro exterioriza. 
  • Más allá de espacio y tiempo:  coordenadas de espacio y tiempo pero no está sujeta a ellas; dado que se relaciona con el mundo experimenta los limites espaciales y temporales que la realidad física impone, pero de otro lado, dado que se vincula al mundo ético-espiritual puede trascender los límites del espacio y del tiempo, y unirse a lo intemporal. 
  • Unidad:  el alma actúa de forma cohesionada, es una unidad, un conjunto; en la relaciones que establece con el mundo, en cada acto perceptivo, en cada impulso de voluntad, en cada emoción, el alma participa con todo su ser, con plenitud de presencia.

¿Qué consecuencias tiene para la compresión de la vida anímica esta perspectiva?  

Con ésta imagen ampliada del ser humano y en particular del alma como entidad real, nos podemos acercar a observar los fenómenos anímicos desde una perspectiva más profunda y objetiva.  La primera consecuencia sería aprender a ver los fenómenos anímicos como fuerzas reales autónomas, provistas de sustancialidad anímica  y capacidad operativa sobre el mundo, no como subproductos de actividades orgánicas.  Por esta razón Rudolf Steiner señaló la importancia de ver en pensamientos y sentimientos cosas reales, que tienen consecuencias para el mundo.   La segunda consecuencia es ver en los fenómenos anímicos el resultado de la dinámica que se da entre el yo y el mundo.  En éste sentido, nuestras representaciones, imágenes internas, recuerdos, emociones, sentimientos, impulsos volitivos, etc, se nos aparecen como fenómenos individuales complejos, que llevan el sello personal de quién los experimenta, de su biografía, y de la relación que este (el yo) establece con el mundo.  Una tercera consecuencia tiene que ver con el sentido profundo del drama que se desenvuelve en el alma, relacionado con el proceso evolutivo del individuo:  el alma es un terreno de batalla en la que la individualidad lucha por gradualmente llegar a gobernar, por establecer un orden acorde a sus impulsos de profundidad, por crear un espacio para los ideales más elevados.   Un cuarta consecuencia tiene que ver con el hecho de ver en el alma un terreno donde la experiencia del conocer se hace posible:  el alma es el espacio a través del cual entramos en contacto con el mundo, gracias al cual nos nutrimos de vivencias, de encuentros, de sensaciones, que serán el insumo sobre el cual el yo va a desplegar su actividad y donde  gracias a ésta gradualmente la experiencia del conocer podrá darse. 

Una aclaración a fin de evitar confusiones:  afirmar que el alma es una entidad autónoma no significa que ésta pueda operar en el mundo de forma directa.  Es obvio que un organismo físico deteriorado o enfermo, – por ejemplo tejido cerebral lesionado o un hígado que funciona mal – tendrá consecuencias muy graves sobre  la funcionalidad y las facultades anímicas de un ser humano.  Eso no tiene discusión; pero una cosa es afirmar que el cuerpo es un vehículo para la expresión de las facultades anímicas humanas, y otra muy diferente que el cuerpo sea la causa de estas funciones o facultades. 

Por último, habría que agregar algo más.  El ser humano diseña sus espacios y los objetos de los que se sirve utilizando como patrón sus propias medidas:  sillas, mesas, utensilios de cocina, ropa, carros, etc, están hechos de forma tal que se ajusten a las medidas humanas y de esta forma sean funcionales.  El cuerpo es un instrumento que se ajusta también a estas condiciones… solamente que el constructor ha hecho el trabajo de diseño de forma inconsciente.  La comprensión antroposófica del hombre afirma que el cuerpo humano es un vehículo diseñado de tal forma que pueda ajustarse al conductor, en éste caso al alma.  Si esta linea de pensamiento es verdadera tendríamos que encontrar que en el modo como esta organizado el cuerpo, su anatomía y funcionalidad,  se ajusta a las características propias de las facultades anímicas humanas.  Este, justamente,  es uno de los grandes aportes dados por Rudolf Steiner:  evidenciar las relaciones existentes entre cuerpo y alma a través de lo que denominó la trimembración física y la trimembración anímica del ser humano.  Este es el punto del que nos ocuparemos en un próximo artículo.


d. R

Sobre el autor

Carlos Andrés Guío Díaz

Psicólogo egresado de la Universidad Nacional de Colombia. Consulta privada en psicología clínica en Bogotá D.C desde el año 2010.    Formación de posgrado en  Psicoterapia antroposófica, durante los años 2015-2019 en el contexto del International Postgraduate Medical Training (IPMT). Coordinador a nivel  Colombia, de las actividades de estudio y formación en Psicoterapia antroposófica.  Miembro de ADMAC  (Asociación para el desarrollo de la medicina antroposófica en Colombia)

www.carlosguiodiaz.com

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