Encontrar el propio camino: una entrevista a Joachim Beike, psicoterapeuta antroposófico

Olfato (alegoría del Sentido del olfato)

De la serie “Los cinco sentidos”

Jan Brueghel el ViejoPedro Pablo Rubens

1617-18

 

 

En la siguiente entrevista con Joachim Beike, ofreceremos una breve introducción a la psicoterapia antroposófica.

En primer lugar, exploraremos algunas de las características del enfoque antroposófico: la relación con el destino, el arquetipo terapéutico, el “8”, la lemniscata y la teoría antroposófica de los sentidos. Posteriormente, también analizaremos los métodos convencionales de psicoterapia: la terapia conductual, la psicología profunda[1] y el psicoanálisis, evaluando sus fortalezas, debilidades y posibles aplicaciones.

Klaus-Dieter Neumann: ¿Cómo se le ocurrió la idea de dedicar un número de los Cuadernos de Flensburg[2] a la psicoterapia antroposófica?

Joachim Beike: Yo mismo logré conectar los mundos de la psicoterapia y la antroposofía bastante tarde. Pero sentí que era necesario; me parece que una psicología que no tiene en cuenta el espíritu es tan esteril como una ciencia espiritual sin experiencia personal.

Hace cuatro años, mientras asistía a una conferencia sobre psicoterapia antroposófica[3], quedé tan cautivado por la fuerza y la calidez de las ideas, y por su potencial de aplicación práctica, que propuse dedicarles un número de los CUADERNOS DE FLENSBURG.

Fromm, Freud, Frankl

K.-D. Neumann: ¿Cómo surgió su interés por la psicología?

J. Beike: De joven, leí a autores que me inspiraron. Erich Fromm, Sigmund Freud y Viktor Frankl me enseñaron a “ver el mundo”.

Fromm, por ejemplo, fue un humanista auténtico y convencido, que sufrió enormemente por la unilateralidad de la sociedad de consumo. Sin embargo, logró analizar sus fundamentos psicológicos desde una perspectiva antropológica y profesional, ofreciendo nuevas orientaciones sin recurrir a la religión. Freud, por otro lado, estableció un método más frío, aparentemente menos idealista, pero logró observar la psicología del individuo con mucha mayor precisión y claridad. Finalmente, fue Viktor Frankl quien, en esta exploración de la psicología del individuo, a veces implacable, restauró la fe en las capacidades espirituales del individuo. A partir de la experiencia que tuvo que vivir en diversos campos de concentración durante la segunda guerra mundial, sabía que para el ser humano, lo que importa no es solo el pasado, sino también la intensa búsqueda de sentido; defendió esta capacidad de búsqueda de sentido con extrema claridad argumentativa, oponiéndose a las teorías que, en cambio, eran unilaterales.

K.-D. Neumann: ¿Cuándo descubrió la antroposofía por primera vez y qué papel desempeñó en su formación como psicoterapeuta?

J. Beike: Descubrí la antroposofía más tarde, alrededor de los 19 años, y finalmente comencé a comprender verdaderamente el espíritu: éste era descrito como cualquier otro fenómeno natural, ya que Steiner evidentemente conocía sus leyes evolutivas. Para mí fue del todo claro que esas eran las leyes que buscaba.

K.-D. Neumann: ¿Existe algún foro abierto a la posibilidad de debate sobre la psicoterapia antroposófica?

J. Beike: Las conferencias que mencioné anteriormente han sido durante años un espacio para el debate, donde me he sentido como en casa. Para debates y artículos, destaca especialmente la “Circular para Médicos y Psicoterapeutas”, publicada dos veces al año. También se puede consultar la página web www.anthoposophische-psychoterapie.de , donde encontrarán direcciones, fechas de conferencias y cursos de formación, y numerosas referencias bibliográficas[4].

Los fundamentos de la psicoterapia antroposófica

 K.-D. Neumann: ¿Qué se entiende exactamente por el término “psicoterapia antroposófica”?

J.Beike: La “psicoterapia antroposófica” es solo una simplificación, una sugerencia, para decir que está surgiendo algo nuevo. Hay tantas aproximaciones psicoterapéuticas como terapeutas; y así debe ser, porque los terapeutas solo pueden comprender a sus pacientes recurriendo a sus propias experiencias y actitudes personales.

El enfoque antroposófico de la psicoterapia ciertamente no se encuentra aún en una fase de “pleno desarrollo”; podría decirse que es una semilla que acaba de germinar. Para algunos, es “simplemente” una actitud orientada hacia el espíritu o nuevas facultades de percepción; no es un método propiamente dicho.

K.-D. Neumann: ¿Podría describir la posición de la psicoterapia antroposófica en relación con los métodos terapéuticos modernos?

J. Beike: En mi opinión, muchos terapeutas antroposóficos suelen ser conservadores, lo que significa que generalmente poseen una formación académica extensa y profunda y trabajan dentro del sistema nacional de salud, aplicando métodos convencionales según su propia aptitud personal. Las nuevas tendencias, como la terapia familiar, la regresión a vidas pasadas, la terapia craneosacral, el aprendizaje del destino, etc., tardan mucho tiempo antes de ser aceptadas” como métodos de investigación válidos por los antropósofos ya “formados”. Me parece una lástima. Por otro lado, los terapeutas antroposóficos tienen una orientación espiritual y una formación meditativa, lo que a menudo los hace más sensibles a los problemas internos y les abre horizontes más amplios; y esto es sin duda importante.

Ejemplos de enfoque antroposófico

 K.-D. Neumann: ¿Podría darnos algunos ejemplos de un enfoque antroposófico de la psicoterapia?

J. Beike: No existe una teoría sistemática, es decir, un sistema cerrado para el diagnóstico, la patogénesis y el tratamiento de los trastornos clínicamente relevantes; tampoco hay un consenso general sobre los diversos enfoques. Mencionaré algunos, sin entrar en detalles.

Uno de los diversos enfoques considera los efectos de los procesos planetarios dobles, es decir, busca integrar las leyes kármicas de la evolución individual en la conciencia. El trabajo se realiza según criterios que se aproximan a la validación científica y se basa en las sugerencias del profesor Bernard Lievegoed.

Otros se centran más en los tres primeros años de vida, por ejemplo, y este enfoque también puede considerarse un complemento de la psicología profunda.

Henriette Dekkers-Appel y Ad Dekkers[5] han desarrollado un cuestionario diseñado para comprender el elemento etérico, es decir aquel elemento vital que, si bien está subordinado a la psique, está estrechamente conectado a ella. Este cuestionario toma en cuenta los hábitos profundos, incluso orgánicos, que se desarrollan durante el septenio comprendido entre los 7 y los 14 años. Por lo tanto, resulta útil cuando la terapia corre el riesgo de fracasar debido a estos patrones profundamente arraigados en los hábitos del paciente.

La teoría antroposófica de los doce sentidos

 K.-D. Neumann: ¿Usted que método utiliza?

J. Beike: Mi trabajo se basa en la formación clásica que comentamos al principio, y trato de ampliarla. Me baso en algunos conceptos fundamentales de la psicoterapia antroposófica y trabajo específicamente con los doce sentidos.

La antropología antroposófica describe un total de doce sentidos: cuatro internos o “inferiores”, relacionados con el cuerpo (por ejemplo, el sentido del movimiento); cuatro medios, más estrechamente vinculados al sentir y la organización sensitiva (por ejemplo, el gusto y el olfato); y cuatro sentidos más espirituales (por ejemplo, el oído), que nos proporcionan información sobre las cualidades del mundo “externo”; estos últimos se refieren principalmente a las cualidades específicas de los seres humanos en los encuentros personales y la comunicación.

Esta teoría de los sentidos encuentra su aplicación en el concepto básico general de cooperación entre el hombre “superior”, que percibe y asimila el mundo exterior, y el hombre “inferior”, que se sitúa como sujeto activo en el mundo exterior.

K.-D. Neumann: ¿Qué pretende conseguir con este tipo de trabajo?

J. Beike: El objetivo de la terapia basada sobre el trabajo con los sentidos es mejorar sistemáticamente las percepciones internas y externas. De este modo, se formulan juicios sobre las propias experiencias sobre una base suficientemente personal, a medida que aumenta significativamente la capacidad de concentración del paciente. Posteriormente, éste puede tomar decisiones personales e independientes que antes le resultaban difíciles, o incluso imposibles. Creo que el objetivo principal de la psicoterapia es la capacidad de percibir, juzgar y decidir en modo autónomo.

Centrarse en la individualidad espiritual del paciente

 K.-D. Neumann:  A pesar de todas sus diferencias, ¿cuál es el elemento común entre todas las ramas de la psicoterapia antroposófica?

J. Beike: Creo que el denominador común es tomar en serio la individualidad espiritual del paciente. Sin embargo, este enfoque se concibe de forma más amplia que los antiguos conceptos materialistas del modelo pulsional o el “aparato cognitivo”. Todos los antropósofos, y por supuesto no solo ellos, creen firmemente en el poder de la individualidad, que busca su propio camino entre un destino pasado y los desafíos futuros. Como psicoterapeuta con orientación antroposófica, mi objetivo es comprender las conexiones antiguas, posiblemente kármicas, y, al mismo tiempo, descubrir y afrontar los desafíos individuales. Este concepto dual del destino, basado, por lo tanto, en un elemento de libertad, no se encuentra presente, hasta donde sé, en otras formas de terapia.

 En la relación con el destino se manifiesta una polaridad

K.-D. Neumann: ¿Cómo se concibe el destino según la psicoterapia antroposófica y qué significado tiene para el paciente?

J. Beike: Dejando de lado cualquier impulso misionero, podemos afirmar que los pacientes esperan que sus síntomas se consideren desde perspectivas amplias y humanas, y no desean ser clasificados como “enfermos”, una actitud que mantiene al terapeuta confinado al estrecho ámbito de sus propios estudios. En este sentido, puede resultar muy útil reflexionar sobre la polaridad entre las formas de vida occidentales y orientales.

K.-D. Neumann: ¿En qué sentido?

J. Beike: El hombre occidental, por ejemplo, concibe el destino como algo que está en sus propias manos. En Estados Unidos, se suele decir que “uno se ha hecho a sí mismo”. Al hacerlo, uno desarrolla su destreza personal, es decir, su eficacia y poder en la tierra; sin embargo, para vivir de esta manera, uno debe afrontar activamente sus miedos.

La actitud típica oriental, sin embargo, sigue concibiendo el destino como algo dado, una gracia. Esta postura se asemeja más a la de un niño, que se conecta con su entorno y se apoya en éste, se adapta incluso a circunstancias difíciles y las soporta durante periodos que, a nosotros, los occidentales, nos parecen interminables. Los pacientes que se caracterizan por esta actitud a menudo se ven frenados por la vergüenza en su desarrollo individual, y en terapia suelen buscar una autoridad capaz de guiarlos. Naturalmente, lo que he descrito son simplemente generalizaciones de tipologías.

K.-D. Neumann: ¿Por qué es tan importante para usted esta polaridad entre Oriente y Occidente, y qué hace cuando se encuentra con personas que encajan en esta tipología?

J. Beike: Enfrentar el miedo o la vergüenza, por ejemplo, es algo que encuentro continuamente en mis pacientes. Estas dos actitudes básicas deben entenderse y diferenciarse, ya que se manifiestan de forma muy distinta a nivel fisiológico y social. De hecho, fisiológicamente, el miedo y la vergüenza nos protegen de las exigencias internas y externas excesivas; pero cuando se manifiestan patológicamente, pueden limitar gravemente el desarrollo personal o impulsarnos a tomar decisiones precipitadas, sobre todo cuando no las reconocemos. El miedo, por ejemplo, a menudo nos hace actuar demasiado rápido, sin que nos demos cuenta.

K.-D. Neumann: ¿Cómo se aplican estas consideraciones en la terapia?

J. Beike: Como terapeuta, sigo ciertos protocolos: anamnesis, evaluación de síntomas e identificación de situaciones problemáticas o particularmente opresivas. Tras esta fase de orientación, intento encontrar un equilibrio adecuado entre los enfoques occidentales y orientales que he mencionado. Por ejemplo, procuro profundizar en mis percepciones de las situaciones problemáticas y, a continuación, completo el proceso trabajando también en las percepciones menos claras. Algunos pacientes, al enfrentarse a “su” problema, perciben más su propio cuerpo; otros, el mundo exterior; intervengo en este nivel.

K.-D. Neumann: ¿Puede dar algunos ejemplos?

J. Beike: Al inicio de la terapia, solo me centro seriamente en lo que realmente preocupa al paciente: por ejemplo, si se encuentra en una situación en la que desea mantenerse activo, pero no puede, suele estar dominado por una sensación de impotencia y aislamiento. Los pacientes se muestran retraídos y tienen una percepción muy clara de su cuerpo y de los obstáculos que impiden el logro de sus objetivos. A largo plazo, necesitan revisar su historia y comprender su entorno. Para ello, sin embargo, deben dejar de lado sus propias intenciones, aunque inicialmente, como es usual, busquen una solución rápida para superar los síntomas que los aquejan. Esta actitud es típica del paciente “occidental”, que debe aprender a percibir mejor el mundo que lo rodea.

Si, por el contrario, el paciente pone de manifiesto principalmente el mundo exterior con sus injusticias, predomina una atmósfera de sufrimiento social. En este caso, el paciente desea recibir mucho de sus seres queridos y, sobre todo, mantener la armonía en sus relaciones; este paciente suele actuar con poca autonomía. El terapeuta, en este caso, debe animar al paciente a tomar conciencia del dolor que le producen estas relaciones incompletas, a darles un nuevo valor y, así, a practicar la atención a sus propias necesidades. Al inicio, estos pacientes tienen la necesidad de ser guiados.

K.-D. Neumann: ¿Podría describir esta polaridad con más detalle? ¿A qué se refiere?

J. Beike: También podemos hablar de una polaridad entre los individuos orientados al yo, que buscan influir en el mundo, y aquellos más abiertos al mundo y a las influencias externas. Todos llevamos esta polaridad dentro, porque nadie vive sin cierta dosis, bien sea de egoísmo, o sea de empático altruismo. Es algo parecido a la polaridad entre el sueño y la vigilia, o entre la inhalación y la exhalación: si experimentáramos solo uno de estos polos, no podremos sobrevivir.

En un tipo, sin embargo, la acción predominante es centrífuga, dirigida de adentro hacia afuera (individuos activos, que tienden a defenderse de las influencias externas; sentidos “inferiores”); en el otro, la acción predominante es centrípeta, dirigida de afuera hacia adentro (individuos empáticos, que tienden a acoger las influencias del mundo exterior; sentidos “superiores”). Rudolf Steiner describe esta polaridad (sin que ninguno de los dos términos tenga connotación valorativa alguna) como el “polo positivo” y el “polo negativo”[6]

Esta predisposición también puede revertirse en la transición de una encarnación a otra, lo que abre la posibilidad de nuevos pasos evolutivos. Incluso en esta vida, la verdadera evolución solo se produce cuando uno es capaz de abrazar profundamente lo nuevo y, al mismo tiempo, asumir sus responsabilidades en solitario. Este tipo de polaridad “superior” debe activarse durante la terapia.

La patología puede surgir debido a la adaptación y la búsqueda de armonía.

 K.-D. Neumann: Consideremos el caso de un paciente que intenta adaptarse, orientado hacia el mundo exterior. ¿Podría describir cómo surge un síntoma patológico, por ejemplo una fobia?

J. Beike: Las fuerzas de entrega típicas de la infancia, casi que inagotables, que éstos individuos tienen hacia el mundo circundante, los lleva muy pronto a absorber inconscientemente las actitudes y sentimientos negativos de sus padres, incluso en el propio cuerpo. Esto puede llegar a extremos cuando uno de los padres sufre intensamente, sobre todo si no expresa dicho sufrimiento. Posteriormente, incluso las capacidades cognitivas durante la etapa escolar y las habilidades interpersonales durante la adolescencia se ven afectadas por esta tendencia a experimentar las relaciones con sus seres queridos con excesiva empatía y a asumir sus dificultades; aprenden a hacer lo que disminuye el dolor, buscando siempre el apoyo de los demás para evitarlo.

Las tres fuerzas de la infancia y la juventud —la entrega, la capacidad de aprender y la disposición a relacionarse— se ven excesivamente condicionadas en estas personas por los demás y, como veremos más adelante, por los sentidos superiores. El dolor puede entonces convertirse en una fuerza de voluntad dominante y bastante persistente, ya que estas personas se perciben en el dolor sin asumir la responsabilidad; a menudo prefieren el dolor a la culpa o la soledad. Este intento de evitar la conexión con el cuerpo puede obstaculizar significativamente la terapia.

K.-D. Neumann: ¿Cómo se desarrollan los síntomas propiamente dichos?

J. Beike: Por ejemplo, cuando un paciente de este tipo, abierto y receptivo a las influencias externas, termina de trabajar y regresa a casa por fin, ya no sabe qué hacer. Ya no recibe estímulos externos, y la disposición interna para acoger nuevos impulsos, propios, suele desaparecer con el pretexto del cansancio y el estrés; ha olvidado cómo preparar espontáneamente una buena cena, salir a bailar o coquetear, y descarta estas cosas como lujos egoístas. En realidad, tiene miedo, miedo a lo nuevo, aunque antes parecía dispuesto a aprender.

En otras palabras, este individuo posee una especie de paracaídas psicológico que lo ha protegido durante años, presentándose como una persona aparentemente altruista y dedicada a los demás, lo que le impide caer en la egoidad y asumir sus propias responsabilidades. Él se apoyaba precariamente en los lazos de la comunidad a la que estaba profundamente unido; sin embargo, si, por diversas razones, este apoyo se debilita repentinamente, puede experimentar una enorme soledad, sintiéndose aterrorizado al borde del abismo. Desde el punto de vista psicológico, él “cae” incluso antes de alcanzar un precipicio o un puente en su vida exterior, ante los cuales siente miedo.

Miedo a las alturas o a los puentes

K.-D. Neumann: ¿Acaso el miedo a las alturas o a cruzar puentes no está siempre causado por experiencias traumáticas, como un accidente?

J. Beike: No, de lo contrario todas las víctimas de accidentes graves desarrollarían una fobia. Esto ocurre solo en un pequeño porcentaje de casos; la evaluación de la situación es individual y decisiva para determinar si se desarrolla o no una patología posterior.

Así como una bacteria necesita el terreno adecuado para echar raíces y volverse peligrosa, un pequeño miedo o un shock necesita el terreno de una gran inseguridad para convertirse en una fobia. Sin este trasfondo biográfico de inseguridad general y existencial, no se desarrolla una patología.

K.-D. Neumann: ¿Cómo se desarrolla realmente el miedo a cruzar o estar en puentes? ¿Por qué justo los puentes?

J. Beike: Creo que muchas fobias, como la fobia a los puentes, tienen una base sensorial. Los puentes y los acantilados representan una prueba espacial-sensorial, y no a todo el mundo le interesa eso.

K.-D. Neumann: ¿Qué sucede de manera diferente en una persona sana en comparación con una persona enferma cuando se enfrenta a un puente?

J. Beike: Ante un precipicio en el espacio, uno reacciona con fobia solo si es incapaz de contemplar el espacio con entrega o interés: una persona sana en la misma situación simplemente encontraría “la vista espléndida”. Lo mismo ocurre con los pequeños desafíos cotidianos recurrentes, como cambiar de ruta en coche. Los pacientes fóbicos, incluso antes de la enfermedad, se mostraban reacios a desarrollar nuevos intereses, algo que estas nuevas situaciones requieren; son bastante herméticos ante las novedades, ya sea porque ya tienen demasiado que gestionar y controlar internamente, o porque están agotados. El miedo, o la ansiedad, no es otra cosa que una “estrechez psicológica”, como sugiere la etimología de la palabra (del latín “angus”, que significa “estrecho”, y del alemán “Angst”). Esta estrechez psicológica también se experimenta físicamente.

K.-D. Neumann: ¿Qué papel desempeña el cuerpo en esta experiencia?

J. Beike: El puente no es simplemente un símbolo abstracto de un “precipicio “, sino más bien una experiencia corporal vivida en la percepción de esta situación espacial. Para nuestra percepción del mundo la entrega, el aprendizaje y el encuentro son elementos fundamentales, y están coordinados por la esfera vital responsable de nuestros estados de ánimo e impulsos (incluido el sistema nervioso vegetativo). También puede decirse que las percepciones inferiores de movimiento, equilibrio y las necesidades fisiológicas deben primero ser satisfechas y silenciadas positivamente antes de que podamos entregarnos sin reservas al mundo exterior.

El sistema vegetativo, que contribuye al control de esta esfera, es silencioso, pero está dotado de gran sabiduría, y también es importante para la concepción subliminal, profunda del destino. Además de sus funciones físicas, guía nuestras disposiciones internas y, desde una perspectiva espiritual, nos ayuda a dirigir nuestra atención hacia lo que es importante para nuestra individualidad.

K.-D. Neumann: ¿Se refiere a la llamada percepción unitaria?

J. Beike: La unitariedad, hoy es con frecuencia, solo una posibilidad; no tiene un carácter coercitivo. Sin las suficientes fuerzas de entrega, por ejemplo, en situaciones de estrés, el sistema vegetativo y los sentidos inferiores reaccionan únicamente de forma reductiva, es decir, solo orgánica. Por consiguiente, las funciones anímico-espirituales se ven limitadas, y los órganos controlados por el sistema vegetativo (tensión muscular, vascularización, secreción glandular) manifiestan la denominada reacción instintiva de “lucha o huida”. Los sentidos medios, psíquicos, como la observación consciente del mundo exterior, también pueden verse comprometidos.

K.-D. Neumann: Sigamos con los trastornos psicológicos. ¿Siempre se manifiestan como fobias, o también pueden aparecer otros síntomas?

J. Beike: Por supuesto, también existen otros síntomas. Para intentar escapar del vacío, la persona de tipo “receptiva” puede, por ejemplo, buscar tareas completamente superfluas, , que resultan tan penosas como la fobia misma; otros, tras alcanzar cierto grado de alienación, sufren un episodio de bulimia, en el que el deseo previamente reprimido acaba por desbordar a la persona excesivamente controlada. Esto es comprensible, una compensación necesaria, del mismo modo que una zona de baja presión debe estar junto a una de alta presión. Pero sin comprender estas conexiones, la persona reacciona a sus síntomas tardíamente y de forma exagerada.

Cuando el tipo ‘activo’ cae en el vacío

 K.-D. Neumann: ¿Podría describir la evolución de los síntomas también para el tipo “activo”, aquel que quiere imponer su propia voluntad al mundo?

J. Beike: Tomemos como ejemplo a un gerente: si se deja llevar demasiado tiempo por su propia inclinación a moldear el mundo que lo rodea, cuando llegue el momento en que ya no pueda hacerlo —por ejemplo, debido a una enfermedad o jubilación—, también caerá en un abismo interior. Él ha traído los impulsos formativos de sí mismo y de sus sentidos “inferiores”, y se ha “expandido” cada vez más en el mundo, como una masa fermentada. Si ahora carece de acción, sus propias fuerzas, que ya no utiliza, se vuelven contra él. Siente como si lo zarandearan, abrumado por una creciente ola de “energías” que ya no puede controlar ni dirigir según su voluntad; de repente siente que su fuerza orgánica flaquea y podría sufrir un ataque al corazón, desarrollar ataques de pánico o algo similar.

Naturalmente, incluso el tipo “activo” puede llegar a un agotamiento de las propias fuerzas, y no tener más a disposición fuerzas para la entrega, ni para el aprendizaje, ni para el encuentro, que les permitan afrontar situaciones nuevas. Es necesario analizar cada caso individualmente, buscando los hilos conductores de la biografía y las causas subyacentes de los síntomas.

El tipo “activo” se avergüenza naturalmente de su enfermedad, especialmente por la debilidad que cree que subyace a los síntomas, y busca ayuda de un psicoterapeuta solo después de haber visitado a varios médicos un par de veces, o si ha sido derivado por un médico que ha reconocido el problema subyacente.

Destino: un respiro entre actitudes y pruebas

 K.-D. Neumann: ¿Cuál es la idea que está en la base de esta división entre pacientes más activos y pacientes más receptivos, o, por así decirlo, entre “emisor” y “receptor”?

J. Beike: La idea fundamental es la doble corriente del tiempo, es decir, la interacción entre las aptitudes personales, por un lado, y las experiencias sociales del destino, por otro. Nosotros experimentamos la felicidad como la integración de estos dos factores, es decir, como el encuentro entre nuestras predisposiciones y las condiciones sociales objetivas. Sin embargo, si los seres humanos desean evolucionar de una manera nueva y autónoma, deben experimentar cierta tensión entre estas dos corrientes de la vida, y esto puede en un primer momento herirlos profundamente[7].

El arquetipo terapéutico de la lemniscata

K.-D. Neumann: ¿Por qué la lemniscata es el arquetipo de la psicoterapia?

J. Beike: Es un instrumento de conocimiento arquetípico, que nunca se vuelve esquemático y debe renovarse constantemente con el paciente. Nelly Sachs habla del “ángel sacro de la lemniscata” que continuamente se abre paso en nuestra carne. La lemniscata encarna estas dos corrientes: por un lado, la manifestación de predisposiciones individuales; por otro, la aceptación del destino; por esta razón, es una imagen de enorme significado. El paciente no solo quiere eliminar sus síntomas; sobre todo, quiere saber en qué disposiciones individuales y en qué etapa de desarrollo tienen su origen estos síntomas, y qué tarea le plantean a su individualidad.

K.-D. Neumann: ¿Entonces el paciente busca la conexión entre la evidencia concreta y la huella de las experiencias?

J. Beike: Sí, este es un motivo básico. La parte inferior de la lemniscata sustenta las funciones que forman y protegen el cuerpo, y expresa inicialmente un cierto egoísmo, necesario para el sistema inmunitario y la digestión, para la degradación de los alimentos. También las predisposiciones y la memoria de las experiencias tienen su lugar aquí: sin este egoísmo orgánico, seríamos incapaces de aprender y nos veríamos superados por otros organismos; nos ayuda a imponer nuestras demandas egoístas y, por lo tanto, desempeña un papel en el karma personal. En esta esfera de la voluntad, nos orientamos gracias a nuestros sentidos inferiores; sin embargo, estas expresiones de la voluntad personal son en gran medida inconscientes, especialmente en los niños, y están “protegidas por la vergüenza”.

La parte superior de la lemniscata simboliza las facultades cognitivas y las fuerzas dirigidas hacia el mundo. Por ejemplo, la cabeza humana posee siete orificios que funcionan como puertas sensoriales. Estos se mantienen en reposo, como una llave de satélite, para permitir que nuestro organismo se oriente. Esta parte superior nos guía dentro de nuestro cosmos social y dentro del karma social. Estos procesos externos y sociales suelen ser hiperconscientes y se perciben de manera diferente a los procesos corporales.

K.-D. Neumann: ¿Qué sucede cuando estas polaridades son ignoradas?

J. Beike: La psicoterapia y la teoría sensorial deben tener en cuenta ambas corrientes, ya que siempre están presentes: no existe un cuerpo independiente de la sociabilidad, ni un espíritu independiente del cuerpo. Si se descuidan estas conexiones, la percepción de la dirección interna o externa queda guiada por el azar. Entonces, dependiendo de la aptitud de cada uno o del terapeuta, se comete el típico error del “o esto o aquello”: uno acude al psicoterapeuta o al médico, porque atribuye su sufrimiento al cuerpo o al entorno social. De esta forma, se descuida el entorno interno o el externo; la verdadera psicoterapia y la verdadera medicina deberían, en cambio, tener en cuenta ambos aspectos.

Campos de aplicación

K.-D. Neumann: ¿Qué tipo de personas acuden a usted y cómo distingue entre las dos tipologías?

J. Beike: Me gustaría considerar solo las dos polaridades que hemos analizado hasta ahora, sin tener en cuenta los tipos mixtos, aunque estos representan a la mayoría de los pacientes. Naturalmente, me encuentro con ambos tipos en mi práctica. Los primeros, por elección propia, se quejan del mundo porque dependen de éste y desearían tener más; los segundos se ocupan de los síntomas del propio cuerpo, pero permanecen aferrados a sus patrones de comportamiento pasados.

K.-D. Neumann: ¿Cómo aborda la terapia, por ejemplo, con un paciente del tipo adaptable, un “hombre del ambiente”?

J. Beike: Los objetivos profundos de este tipo de personalidad, más inclinada a la aceptación y al sufrimiento, son comprender el mundo, sentirlo, etc. Desde una perspectiva espiritual, son más bien seres “nacidos de lo alto” y no están ligados a la naturaleza. Por esta razón, suelen llegar tarde a la autorrealización, como si vinieran de fuera, pues requieren cierta resistencia para ello. Por lo tanto, salvo en situaciones urgentes o peligrosas, con estos pacientes debo familiarizarme primero con el entorno al que se adaptan con tanta facilidad, y no comenzar inmediatamente con ejercicios, puesto que son incapaces de realizarlos. Para ello, deben percibir su entorno de forma profunda y consciente, y al hacerlo, comienzan a desarrollar un nuevo sentido de sí mismos que emana de una esfera que los influye de manera sugestiva.

También investigo su “historia cognoscitiva”, es decir, los conceptos, modelos y reglas en los que el paciente se apoya para afrontar situaciones problemáticas y, posiblemente, los traumas que lo oprimen. De esta manera, profundizamos en niveles más complejos, lo cual se combina con una verdadera percepción de su cuerpo. Mi objetivo es que se encuentren a sí mismos, incluso en sus propios cuerpos, y para ello, deben comprender sus situaciones problemáticas específicas, tanto en términos de las profundas reglas de la vida como de las reacciones aún más profundas del cuerpo: en el movimiento, en la sensación de bienestar, en el equilibrio corporal.

Partiendo de las propias percepciones

 K.-D. Neumann: ¿Por qué las percepciones son tan importantes para la psicoterapia?

J. Beike: Anteriormente describí la modalidad de aparición de algunos síntomas. Sin embargo, el paciente debe partir de su propia percepción de la vida para evaluar lo que le corresponde; solo las percepciones individuales nos ayudan a expresar juicios personales y a tomar decisiones importantes.

K.-D. Neumann: ¿Cómo intervienen concretamente los doce sentidos en la terapia?

J. Beike: En primer lugar, me gustaría mencionar el esquema de los doce sentidos en su conjunto, para dar una orientación general.

En terapia se consideran sistemáticamente determinadas partes de los doce sentidos en su conjunto tras haber estudiado con precisión la esfera o situación problemática del paciente. En pacientes orientados al mundo, predominan los sentidos superiores, aquellos que transmiten las cualidades del entorno; incluso afectan a los sentidos inferiores, de modo que la actitud del cuerpo se ve fácilmente determinada por estímulos externos. Los sentidos superiores son el sentido del oído, el sentido de la palabra, el sentido del pensamiento y el sentido del Yo.

K.-D. Neumann: Aparte del sentido del oído, los sentidos superiores no son generalmente “reconocidos”. ¿Por qué son considerados sentidos?

J. Beike: Más adelante explicaré con más detalle cómo se utilizan en terapia. Desde un punto de vista científico, debo señalar el hecho de que los considero “sentidos”, porque éstos presentan todas las cualidades de una percepción inmediata.

Por ejemplo, con el sentido del pensamiento percibimos los pensamientos de los demás; es decir, primero captamos algo de forma autónoma, pero sin interpretaciones subjetivas. El sentido del pensamiento se comprueba fácilmente al seguir objetivamente demostraciones aritméticas. El sentido del pensamiento, al igual que el sentido de la vista, capta primero un elemento externo, sin darle una interpretación subjetiva, lo cual va más allá de la percepción, que ya no es una actividad sensorial, e incluso puede provocar malentendidos.

Se trata, por consiguiente, de una percepción directa, si bien se da en la esfera cognitiva y no en la física-material, y en cuanto tal es, en todos los sentidos, una actividad sensorial: mi propio esfuerzo en percibir un proceso en forma objetiva y exhaustiva. Como explicación gnoseológica, lo que he expuesto puede aplicarse.

Los cuatro sentidos superiores

 K.-D. Neumann: ¿Cuál es la función de los cuatro sentidos superiores?

J. Beike: Estos cuatro tipos de percepción directa (percepción de la calidad del sonido, de la palabra, del contenido del pensamiento y de la individualidad espiritual de los demás) nos llevan más allá de nuestros puntos de vista y de nuestros cuerpos, para percibir las cualidades interiores de lo que nos rodea. Son los sentidos de la compasión y la empatía cognitiva; nos sirven, sobre todo, para orientarnos socialmente.

K.-D. Neumann: ¿Podría describirlos con ejemplos concretos?

J. Beike: Empezaré por el sentido más elevado: a un yo ajeno (el sentido del yo) se lo percibe de inmediato, por ejemplo, con cierto impacto dramático, porque alterna constantemente entre un sentimiento de simpatía y un sentimiento de antipatía. Puede ocurrir, por ejemplo, que uno tenga inicialmente una actitud fría, y luego esta se transforme en un sentimiento de admiración o afecto, de modo que tras la manifestación física del otro se pueda percibir su ser. En los encuentros libres de miedo, sin embargo, la percepción del yo no se impone, sino que es, ante todo, hiperconsciente, es decir, generadora de conciencia y liberadora. La inmediatez de esta verdadera percepción del yo es algo que todos los adultos que han amado a otra persona conocen bien.

Si la percepción del yo está marcada por el miedo, nos percibimos más a nosotros mismos —es decir, nuestras contrarreacciones corporales (en particular en la piel)— y deducimos que en frente de nosotros está un ser presente y responsable. ¡Estas dos modalidades deben distinguirse cuidadosamente! Aquí falta justamente cierta inmediatez en la percepción externa. Si el otro no es percibido en absoluto con estas antenas corporales, uno cae fácilmente bajo su influjo, como hipnotizado; no llega a centrarse en sí mismo; por otro lado, si la persona que tenemos delante no se percibe directamente como un ser, no se desarrolla un encuentro amoroso y el otro permanece como un objeto. Por eso, la ciencia objetiva actual no reconoce el significado del yo, aunque este pueda experimentarse.

Los pensamientos externos a nosotros (el sentido del pensamiento) pertenecen siempre a la visión del mundo de otra persona, a sus ideales o a sus valores primordiales (de ese momento). Desde una perspectiva física, esta esfera concierne principalmente a nuestro sentido del bienestar y a la sensación de vitalidad o cansancio que experimentamos al tener en cuenta los valores de los demás.

El lenguaje de los demás (sentido de la palabra) siempre posee una modulación típica, incluso cuando hablan el mismo idioma que nosotros; expresa el grupo social o local al que pertenece la persona que tengo delante y, al mismo tiempo, me permite percibir cómo se posiciona en relación con su grupo actual. En el propio cuerpo se pueden observar diferentes impulsos de movimiento.

Finalmente, todo aquello que se escucha, depende de sonidos y ruidos que poseen una determinada coloración física: metales, maderas, materiales sintéticos, etc. Aquí se hacen conscientes muchas otras cualidades en las que pueden estar ocultas las tres cualidades anteriores.

Por lo tanto, existe una compleja interrelación de cualidades en otras personas, y cada una de ellas ejerce un efecto específico sobre nosotros. Para saber con precisión cuál es este efecto, debemos experimentarlo; ¡es algo individual!

Demasiado abiertos al mundo que nos rodea

 K.-D. Neumann: ¿Por qué la percepción del yo ajeno, de la concepción del mundo del otro y de la simpatía expresada en el lenguaje, son los sentidos típicos de los pacientes orientados hacia el mundo exterior?

J. Beike: Los individuos que están orientados hacia el mundo exterior, los “sufrientes”, suelen ser en general receptivos a la audición y a los demás sentidos que hemos visto. Se puede manifestar también una hiperirritabilidad transitoria ante estímulos externos, por ejemplo, en estados de agotamiento.

Cuando actúa sobre ellos un elemento social, perciben, “más allá del umbral”, las cualidades, las concepciones del mundo o las expresiones que los influencian. Estas cualidades son por consiguiente imitadas inconscientemente, y los vuelve tímidos. Gracias a la conversación terapéutica, comienzan a darse cuenta de eso que los demás piensan realmente, de lo que los otros quieren, y qué esperan de ellos que sea diferente. Esto hace transparente el aspecto externo del encuentro; vuelven a conectar consigo mismos, en el sentido literal de la palabra.

Los cuatro sentidos inferiores

K.-D. Neumann: ¿Es esto suficiente para entrar en razón?

J. Beike: Es un comienzo, sobre el cual se puede continuar trabajando. Cuando el paciente, con rasgos altruistas y deseo de aprender, comprende claramente estas relaciones con el mundo que lo rodea, cuando entiende las reglas y los sistemas de valores que ha heredado de su educación, entonces es posible que pueda reencontrarse consigo mismo, incluso físicamente, trabajando en el otro lado de los doce sentidos. Se trata de los sentidos que nos permiten percibir nuestro ser corporal.

En este punto pregunto, por ejemplo: “¿Cómo te sientes cuando estás frente a estas personas?” Más precisamente: “Cuando pasas mucho tiempo en presencia de estas personas, ¿te sientes renovado, te sientes equilibrado?” O: “¿Te sientes ágil, libre?” O: “¿Te sientes fortalecido o agotado?” “¿Cómo te sentirías si te acercaras a ella, si la tocaras?” Aquí, los sentidos correspondientes nos brindan información muy precisa sobre nuestros puntos de vista personales y nuestras intenciones volitivas. Incluso una persona extremadamente abierta experimentará en este sentido lo que quiere y lo que no quiere, pero solo después, cuando lo experimenta.

Los niños y jóvenes, en particular, perciben en su propio cuerpo con qué amigos quieren estar, a qué personas quieren (o no quieren) tocar, qué compañía los agobia o los agota, y a menudo lo expresan con espontaneidad. Un profesor puede comprender el interés de un alumno por sus ideas observando su postura, si se sienta erguido o encorvado sobre el escritorio. Sin embargo, debería tener en cuenta una psicología básica preguntándose: ¿Qué mensajes estoy transmitiendo a través de los cuatro sentidos superiores?

En conjunto, los cuatro sentidos inferiores conforman nuestras determinaciones ocultas del destino, nuestras determinaciones volitivas y nuestro esquema corporal.

Una conexión con las experiencias de la psicología profunda

 K.-D. Neumann: ¿Qué papel juegan los deseos y las pasiones[8]? ¿Existe alguna conexión con lo que el psicoanálisis denomina la esfera instintiva?

J. Beike: En pacientes con orientación externa, los deseos reprimidos bajo la superficie consciente a menudo adoptan el carácter de sustitutos imaginarios que utilizan como “alimento” en lugar de la vida real. Las fijaciones astrales deben ser consideradas y traídas a la conciencia; pueden liberarse si uno es capaz de sostenerlas o si uno es capaz de realizarse a sí mismo de otra manera. Esto requiere dos requisitos previos:

En primer lugar, el paciente debe experimentar concretamente y superar en parte las sensaciones corporales que lo inhiben: en cierto sentido, despertarlas en su interior, para arriesgarse al dolor de la decepción y experimentar la responsabilidad hacia sí mismo.

En segundo lugar, debe quedar claro que, de algunas personas, por ejemplo, de los padres, ya no se recibe más reconocimiento ni atención. Es decir, sin aceptar con firmeza la decepción, no se puede avanzar; el deseo de armonía o los temores a la exclusión social, por ejemplo, deben abordarse y superarse. Por lo tanto, debemos trabajar no solo en las normas y valores de vida que hemos mencionado, sino también sobre el cuerpo.

K.-D. Neumann: ¿Cómo reaccionan los pacientes a su forma de trabajar?

J. Beike: Los pacientes quieren saber, sobre todo, el “precio” que deben pagar por sus nuevos pasos evolutivos. Si no se aclara el alcance de las consecuencias físicas o sociales de éstos nuevos pasos evolutivos, se sienten obligados a dar un paso que no logran controlar.

A veces participo concretamente como compañero en un juego de rol, de forma tal que el paciente pueda experimentar y reaccionar también con el cuerpo, más allá de lo que podría lograr simplemente representándose la situación; algo parecido a la terapia familiar. Se logra percibir hacia dónde uno quiere ir y qué se quiere evitar, pero en este caso, se practica la comprensión precisa del por qué es así.

En la práctica, puede ocurrir que alguien durante la sesión se sienta en realidad bien centrado y, por lo tanto, guiado por sus ideas, pero que a la vez sienta inquietud hacia la persona con la que mantiene una relación conflictiva y sienta la necesidad de mantener una distancia física. En ese caso, dependiendo del paciente, trabajaría temas relacionados con el encuentro del yo y las diferentes visiones del mundo, o me centraría en el movimiento corporal y el grado de presencia física; por ejemplo, intentaría encontrar momentos y actividades en los que se pueda experimentar esta presencia y este movimiento.

K.-D. Neumann: ¿Son duraderos los “efectos cognitivos” de este trabajo? ¿Actúan sobre la vida cotidiana?

J. Beike: Entre sesiones, el paciente debe hacer su tarea, es decir, debe repasar las sensaciones procesadas en los sentidos superiores e inferiores. Algunos deben escribir la experiencia, otros deben asignar un valor del 1 al 10 a su experiencia; por ejemplo, deben evaluar cuándo se sienten libres para moverse en presencia de su pareja:

Si se sienten completamente bloqueados, “1”; si se sienten completamente libres, “10”. Sin embargo, para los sentidos superiores, hay pocas posibilidades de realizar un juicio cuantitativo, porque todo tiene un valor cualitativo-sustancial, y es necesario desarrollar una comprensión y un juicio más intelectuales. 

El tipo activo querría deshacerse de los síntomas rápidamente

 K.-D. Neumann: ¿Podría contarnos un poco cómo van las cosas con el otro tipo de pacientes, los pacientes activos?

J. Beike: Con ellos, me muevo en el sentido opuesto. Si el paciente parte más de sí mismo en la vida, aparentemente dependerá menos de los demás y será menos susceptible a la influencia. A menudo se identifica exclusivamente con sus propios proyectos y deja su propia huella en el mundo. Para reconquistar esta independencia y capacidad de acción, quiere liberarse cuanto antes de los síntomas que le están causando dificultades.

A menudo comienzo aceptando esta actitud egoísta y le enseño, por ejemplo, métodos para comprender y controlar los síntomas, como técnicas de respiración, métodos de autoobservación o la desensibilización sistemática a los objetos de la fobia, tal como se realiza con éxito en la terapia conductual. El paciente entonces se relaja un poco y recupera cierta claridad.

Durante la terapia, les pido que describan las situaciones en las que se manifiestan los síntomas y en qué medida. En lugar de emitir un juicio detallado sobre este aspecto externo, intento comprender concretamente cómo se expresan los síntomas a nivel corporal: equilibrio, movimiento, vitalidad y tacto. Estos pacientes suelen estar bien conectados con su cuerpo y pueden describir con claridad los síntomas físicos, aunque muestran menos interés en el aspecto social. Sin embargo, desconocen los juicios e intenciones que subyacen a estos síntomas, o los consideran una premisa absoluta. Todos estos son procesos que deben tomar conciencia y desarrollarse a lo largo de la terapia.

K.-D. Neumann: ¿Cómo trabaja usted realmente con estas personas? ¿Podemos encontrar aquí alguna conexión con la esfera instintiva de los deseos descrita por la psicología analítica?

J. Beike: No inmediatamente. Como he dicho, en la mayoría de los casos, primero es necesario reorientar el cuerpo y brindar un tratamiento inicial para los síntomas fóbicos, para ayudar a los pacientes a experimentar que realmente pueden recibir ayuda.

Solo entonces comenzamos a analizar las sensaciones corporales, relacionándolas al plano de los deseos de la psicología analítica y con las experiencias del paciente al respecto. En efecto, estamos profundamente influenciados por nuestros deseos inconscientes. El deseo abre la puerta interior a la influencia del mundo que nos rodea; en cada uno de nosotros, estos deseos profundos moldean nuestra capacidad de entrega, aprendizaje y encuentro de una manera completamente individual. Por lo tanto, nuestras percepciones son siempre intencionales e incluyen objetivos, ya que siempre se dirigen a ámbitos específicos y nos hacen percibirlos como significativos. Sin embargo, la pregunta central para estos pacientes es: ¿en qué medida las “intenciones” habitualmente arraigadas en nuestras percepciones nos ayudan a progresar en la vida?

Percepción corporal y deseo de relación

K-D. Neumann: ¿Podría describir la relación entre la percepción sensorial corporal y el deseo de conexión en la psicología profunda?

J. Beike: Tomaré el ejemplo que mencioné anteriormente y describiré los sentidos corporales individuales y los deseos inherentes a ellos. En el cuerpo siempre está presente cierto egoísmo, es decir, por un lado, la búsqueda de satisfacciones vitales y, por otro, las expectativas basadas en experiencias previas; entre ambas surge el sentir.

Por ejemplo, en un paciente “activo”, presa de ataques de pánico y sentimiento de soledad, el sentido del tacto puede estar “blindado” o “afectado”, por decirlo de forma un tanto pintoresca, porque durante una crisis se siente totalmente aislado o ignorado. No quiere que nadie se le acerque, pero, por otro lado, no soporta estar bien solo. Por lo tanto, tiene un deseo profundo e inalcanzable, y su sentido más primario, el sentido del tacto, le muestra cuál es su situación desde el punto de vista social: por ejemplo, si todavía confía en el contacto con otras personas, si todavía cree en otros seres humanos o si todavía cree en su valor desde el punto de vista social.

Steiner explicó que el sentido del tacto contiene la experiencia anímica del sentido de Dios y, en mi opinión, también la confianza en Dios. Podemos encontrar distintos grados de esta sensación básica en nosotros mismos, en la forma amorosa en que tocamos nuestra ropa, nuestros platos o a otras personas en diferentes situaciones. Esto siempre tiene una dimensión moral y personal; no tiene por qué tener una connotación confesional; para muchos, es más bien una experiencia sensorial.

Por ejemplo, si los síntomas fóbicos desaparecen cuando el paciente es tocado por su pareja, se ha alcanzado un momento crucial. El paciente debe ahora observar atentamente las cosas y no rehuir a la pregunta de si desea aprender a comprender su soledad o la desconfianza que alberga, y si quiere que éstas se conviertan en un factor importante en su terapia. Entre otros aspectos, en el diagnóstico de síntomas corporales en psicología profunda y en la terapia sensorial que se lleva a cabo en la Lievegoed Klinik de los Países Bajos, se otorga gran importancia a estas percepciones corporales.

Además, el paciente puede sentirse cansado y agotado, y sus impulsos vitales pueden oscilar entre el embotamiento y el deseo intenso. Ambas esferas atañen al sentido de la vida, a nuestra búsqueda interna del bienestar. Por un lado, se pierde el equilibrio adecuado entre el exceso de trabajo y el agotamiento; por otro, surgen diversos intentos de recuperar el equilibrio, como episodios de bulimia o el ocio nocturno viendo la televisión.

El sentido vital, sin embargo, va más allá de simplemente regular estos excesos. La disposición a aprender algo nuevo, a adoptar nuevas ideas, como suele ocurrir en los niños sanos —es decir, el “alimento” de la dimensión espiritual de la vida— es importante para el bienestar y para que la vida adquiera significado. La expresión “sentido vital” tiene dos acepciones: una más relacionada con la percepción y otra con la acción.

El sentido del movimiento, es el sentido que regula nuestra sensación de libertad, podría a su vez indicarle al paciente (¡si lo tiene en cuenta!) cierta parálisis, pues siente un impulso excesivo de actuar, sin que se lo pidan ni lo deseen. Es como si estuviera atrapado entre lo interno y lo externo. Por lo tanto, es incapaz de desprenderse de viejos impulsos internos o de realizar actividades apropiadas. Si logra desarrollar este sentido de libertad, surge también un deseo natural de mayor interacción. Hasta la prepubertad, es raro encontrar lo uno o lo otro; la inseguridad en el movimiento siempre implica también inseguridad en el encuentro.

Finalmente, el sentido del equilibrio, nuestro “timonel interior”, puede manifestarse como  “vértigo de la libertad”, la sensación de poder hacer cualquier cosa, pero sin encontrar verdadera satisfacción en lo que hacemos. Por lo tanto, carecemos de un ideal, de una visión, que, sin embargo, debemos aprender a percibir. Según Steiner, lo que espiritualmente nos confiere un sentido del equilibrio es el hecho de que nos percibamos a nosotros mismos como seres espirituales, como seres dotados de ideas. Para decirlo de forma exagerada: desde la perspectiva indigna del hombre empequeñecido que actúa según consideraciones puramente funcionales o consumistas, los seres humanos deben por fuerza verse superados por el vértigo, ya que carecen de dirección. Caen de sus bicicletas porque no saben adónde ir o porque han montado demasiado tiempo.

K.-D. Neumann: Usted habla por consiguiente del aspecto socioespiritual del cuerpo y, en lo que respecta a los sentidos superiores, del efecto del elemento social sobre el cuerpo. Pero, ¿no es esto demasiado específico para la terapia? ¿No deja poco tiempo para trabajar en la biografía?

J. Beike: Trabajamos con los sentidos cuando es necesario controlar una situación problemática específica o comprender mejor un problema crónico. Por lo tanto, complementa el trabajo biográfico o el trabajo con los ejercicios. Generalmente, solo algunos de los cuatro aspectos predominan, y el terapeuta experimentado intuye su significado biográfico-social.

Aprender a transformarse

 K.-D. Neumann: Supongamos que hemos completado el trabajo sobre la percepción sensorial corporal tal como se describió. ¿Cómo continúa entonces el trabajo? ¿Cómo aprende el paciente a transformarse?

J. Beike: En algunas áreas de los cuatro sentidos inferiores, el paciente se sentía en un espacio sin sentido, en la nada. Si ahora lo desea, se le puede animar a buscar la transformación, y este estímulo también puede basarse en la estrecha relación entre los sentidos inferiores y superiores.

En pacientes “positivos” las preguntas podrían ser las siguientes: ¿Con quién tenía o tiene una relación de confianza? ¿Con quién desea establecer un vínculo?

En la experiencia del sentido del tacto hay una nostalgia inherente por otras individualidades, o el recuerdo dramático de individualidades precedentes, y él debe comenzar a relacionar ese sentimiento de nostalgia y anhelo con su entorno actual. Esto podría aclarar su relación desordenada entre proximidad y distancia.

Las preguntas sobre el sentido vital tales como: “¿Cómo te cuidas?”, “¿Cuándo has experimentado una sensación adecuada de bienestar y un equilibrio entre el embotamiento y el deseo intenso?”, pueden llevar al descubrimiento de cuánto resultaba estimulante el aprendizaje en determinados campos, cuando aún existía la influencia de las concepciones del mundo de otras personas. El sentido vital incluye la nostalgia o el deseo de aprender nuevas ideas de los demás, de conocer cosas nuevas, de leer, etc.

Del mismo modo, el sentido del movimiento y de la libertad, si se le presta atención y se ha dedicado el tiempo necesario para encontrar un equilibrio entre tensión y la relajación, puede manifestar la añoranza de entrar en un intercambio que conduzca a la formación de una comunidad. Al conversar regularmente con los demás, potenciamos enormemente nuestras cualidades vitales; este aspecto suele con frecuencia descuidarse.

Finalmente, una vida basada en ideas, llena de significado, puede ser agarrada con firmeza para que el “vértigo” dé paso gradualmente a una dirección clara. En términos concretos, el vértigo orgánico no desaparece hasta que se comprende claramente qué quiero hacer y qué responsabilidades morales y personales quiero asumir. Si existen ideas que me guíen y me den dirección en la vida, la sensación interna de vacío y la pérdida de rumbo disminuyen y dejan de tener repercusiones en el sentido del vértigo orgánico.

Ejercicios específicos para los sentidos

 K.-D. Neumann: ¿Existen ejercicios sensoriales específicos que ayuden a los pacientes sin que tengan que someterse a un proceso sistemático prolongado?

J. Beike: Siempre abordo este tema dando un paso a la vez, cuando veo las señales adecuadas; sin embargo, a veces también se puede pasar directamente a ejercicios específicos. Por ejemplo, están los llamados “ejercicios de contención“, que adapté del libro de Paulo Coelho, “El peregrino de Compostela”[9]. A una persona que vive bajo presión constante y siempre está pensando en el próximo problema en cada situación se le puede pedir que haga este ejercicio: en momentos de máximo estrés, tomar un descanso de dos minutos para caminar, y después de cada cinco pasos, quedarse quieto durante 20 segundos, exhalar profundamente dos o tres veces, colocar las manos sobre las orejas o la cara para sentir el cuerpo, o estirarse; todo esto ayuda a comprenderse a uno mismo. Luego, antes de dar el siguiente paso, se pueden comenzar con ejercicios para uno de los sentidos superiores, por ejemplo, escuchar ruidos de fondo u observar algo bello. Con este ejercicio, la persona estresada puede percibir mejor su presión interna y practicar cómo contenerla. Al mismo tiempo, aprende a elegir libremente si dirigir su atención hacia adentro o hacia afuera.

K.-D. Neumann: Este es un ejercicio que el paciente podría hacer también mientras trabaja. ¿Por qué tiene que alternar entre caminar y estar de pie?

J. Beike: El sentido del movimiento y el espacio físico constituyen un campo de ejercicio concreto que exige voluntad; sin esta esfera, solo se puede trabajar de forma simbólica y cognitiva. La mayoría de los pacientes deben realizar el ejercicio en el espacio, activando su propio cuerpo; de lo contrario, la voluntad no recibe nueva guía y, por debajo del umbral, continúa siguiendo viejos impulsos.

 Los sentidos medios

 K.-D. Neumann: Usted habló de los sentidos superiores e inferiores; ¿podría también contarnos algo sobre los sentidos medios, es decir, el sentido del calor, la vista, el gusto y el olfato?

J. Beike: Un elemento importante es que se sitúan entre los sentidos que están influenciados por la voluntad personal del cuerpo, y aquellos que nos orientan en el pensamiento dentro del mundo social. Gracias a esta superposición entre fuerzas inferiores y contenidos superiores, los sentidos adquieren un carácter claramente anímico, teñido del sentir.

La vista, por ejemplo, puede verse condicionada por el juicio y, tradicionalmente, está sujeta a cierto control externo; sin embargo, también puede vagar como un alma atormentada, guiada por instintos y deseos. A veces, ambas se superponen, y esta superposición resulta particularmente vinculante.

Pero, por supuesto, la vista puede ser libre y la percepción imparcial, pero es necesario desearlo y practicarlo.

El contacto visual, que algunos se atreven a establecer, es muy revelador. Dada la naturaleza altamente expresiva de la mirada, uno suele renunciar frecuentemente a las palabras, si es que no se quiere crear de inmediato una cercanía o una sensación hipnótica de dominio. En esta situación, las personas cultas recurren rápidamente a la palabra pensante y desvían la mirada.

Interesante, no obstante, sería de nuevo la combinación de las dos.

Desde una perspectiva terapéutica, por lo tanto, no es importante forzar el contacto visual al ejercitar el sentido de la vista. Esto a veces puede ser necesario y facilitar nuevas experiencias. Sin embargo, intento transmitir, pensar en forma consciente sobre lo que uno siente al hacer ésto. Para muchas personas, esto resulta de gran ayuda. Desde el punto de vista antroposófico, la vista está gobernada por el alma sensible que se desarrolla aproximadamente entre los 21 y los 28 años, en este periodo las sensaciones nuevas y, sobre todo, conscientes son esenciales. Como persona pensante, me gusta empezar por aquello que puedo controlar bien, y la visión se presta bien para ejercer este control, ya que está estrechamente relacionada con el pensamiento.

K.-D. Neumann: ¿Cómo se aplica todo esto en la terapia?

J. Beike: En la terapia de pareja, si prevalecen bloqueos, silencios y tensiones, siempre se genera algo nuevo mediante un intento consciente y constante de autoobservación; lo he experimentado con frecuencia. Uno puede reconectarse con su pareja a través del pensamiento. Quizás no se había experimentado previamente esta cercanía, este contacto visual (al menos en situaciones emocionalmente intensas). Sin embargo, primero debemos comprender a la persona que tenemos delante y sus pensamientos, a través del pensamiento; entonces podemos acogerlos y procesarlos. Este proceso se estimula nuevamente mediante la autoobservación. No obstante, recomiendo este ejercicio solo para parejas que hayan alcanzado cierta madurez e integridad.

K.-D. Neumann: ¿Cómo se mueve por los demás sentidos medios?

J. Beike: Quisiera hacer algunas observaciones. El olfato está regulado por el alma consciente, el gusto por el alma racional o emotiva. En otras palabras, en el gusto se encuentran los sentimientos, y en el olfato, los impulsos de la voluntad, entre lo interno y lo externo. El lenguaje popular tiene ciertas expresiones que se refieren a las relaciones sociales, como: “Hay algo que no me gusta” o “Huelo algo podrido”, que aluden a una corrupción de la voluntad o a una influencia moral indeseada. Con el olfato, también podemos percibir concretamente un proceso de nacimiento o descomposición. En este sentido, también se pueden explorar algunas cuestiones.

El sentido del calor, en última instancia, tiene mucho que ver con la evolución o el endurecimiento.

Métodos convencionales de psicoterapia

 K.-D. Neumann:  El sistema de salud[10] solo cubre el psicoanálisis, la terapia conductual y la psicoterapia profunda. ¿Podría darnos una visión general de cómo funcionan estos tres métodos?

J. Beike: Es fácil diferenciar estos tres procedimientos, incluso para el público general: la terapia conductual es un método práctico, apoyado en ejercicios, orientado a problemas concretos, es decir, al dominio del mundo exterior. Busca enseñar a los pacientes a modificar sus métodos de aprendizaje para que puedan afrontar los retos y gestionar los problemas que encuentran en la vida. Para lograrlo, existen numerosos programas consolidados de ejercicios graduales, y el método se presta a la ampliación creativa, siempre que se demuestre su eficacia. El objetivo es capacitar al paciente para que pueda afrontar el futuro.

La psicología profunda y el psicoanálisis, por otro lado, se centran más en el autoconocimiento, las razones de la aparición de los síntomas y su comprensión. Ayudan a los pacientes a desarrollar su propia perspectiva y les brindan apoyo en las capas más profundas de su personalidad. Para ello, los terapeutas generalmente requieren mucha paciencia, experiencia y capacidad de escucha. Existen algunas diferencias sutiles entre la psicología profunda y el psicoanálisis, pero podemos obviarlas, dado que tienen más en común.

Fortalezas y debilidades de la terapia conductual

 K.-D. Neumann: ¿Qué considera valioso en la terapia conductual?

J. Beike: La terapia conductual siempre se dirige al individuo en constante evolución, quien debe afrontar los desafíos del entorno que lo rodea, y propone ejercicios graduales para superar hábitos arraigados. En el caso de obsesiones o fobias graves, este puede ser el único método que ayude directamente al paciente a abordar aquello que ha evitado durante mucho tiempo, en un intento por cambiar.

Hoy en día, ya no podemos permanecer como monjes en nuestras celdas terapéuticas, ni evitar el contacto y la confrontación con otros seres humanos y con ámbitos problemáticos. En este sentido, la terapia conductual utiliza un camino que, en principio, es inevitable: desarrollar algo nuevo a través de la confrontación y la ejercitación.

La terapia conductual me ayuda enormemente a concretizar los retos que el paciente debe afrontar y a subdividir según el grado de dificultad los necesarios pasos evolutivos; este es su gran mérito. Entre otras cosas, distingue entre motivaciones (o estímulos) internos y motivaciones externas, que deben preservarse o superarse. Por lo tanto, la terapia conductual proporciona una buena estructura externa.

K.-D. Neumann: A veces se dice que la terapia conductual solo trata los síntomas…

J. Beike: La mayoría de los terapeutas conductuales no son tan ineptos como se suele creer. La terapia conductual convencional también ofrece pasos cognitivos fundamentales y ayuda al paciente a comprender su situación actual. En este sentido, el objetivo no es solo mejorar, sino también corregir actitudes y hábitos erróneos.

Sin embargo, los métodos de ejercicio específicos que se han desarrollado a veces se utilizan de forma demasiado genérica, debido a limitaciones de tiempo o presupuesto; esto puede suponer una amenaza para el desarrollo individual y, por ende, para la psicoterapia individual en general. Si se intenta eliminar el síntoma con demasiada rapidez o de forma demasiado directa, la terapia inevitablemente se vuelve convencional y esquemática; es decir, algunos pacientes se liberan de los síntomas, pero siguen siendo prisioneros de viejos patrones relacionales; en efecto, su yo se debilita aún más.

K.-D. Neumann: ¿Qué quiere decir?

J. Beike: El “debilitamiento del yo” describe un proceso en el cual la orientación o guía de mi biografía es arrebatada de forma solapada por otras personas o por grandes corrientes culturales, como “la economía”, “la moral convencional”, “la tradición nacional o familiar”, o simplemente el propio cónyuge. En este caso, fuerzas externas buscan absorbernos y dominarnos. De hecho, los pacientes esperan, con razón, que el psicoterapeuta los guíe para llenar sus vacíos de desarrollo y que sientan que el psicoterapeuta es superior a estas convenciones y comprende sus efectos patológicos. Los pacientes no solo quieren funcionar; quieren evolucionar.

Los síntomas y bloqueos siempre se originan en situaciones de desarrollo en las que el individuo no ha podido expresarse y que, inconscientemente, lo perturban. En la terapia, esto surge gradualmente a la consciencia, y dado que siempre existe un componente de vergüenza, es fundamental desarrollar una buena relación de confianza. Si esto no sucede, la terapia no es todavía individual.

Consecuencias de una explicación demasiado esquemática de los problemas

K.-D. Neumann: ¿Y qué sucede entonces concretamente?

J. Beike: Permítanme darles algunos ejemplos sencillos: Hay pacientes que llevan mucho tiempo buscando un trabajo más gratificante o una nueva relación, pero todavía no se lo han admitido a sí mismos. Por lo tanto, viven siguiendo un camino ya trazado, en el que la voluntad y el entusiasmo necesarios por las cosas nuevas disminuyen cada vez más, con una mala percepción de las señales de su propio cuerpo, como el cansancio o el agotamiento. Así, en ciertas situaciones, especialmente en nuevos contextos fuera de sus espacios de vida habituales, desarrollan inquietud y miedos que no pueden comprender. Especialmente en los puentes, desde los cuales se podría ver y reconocer mucho de nuevo, se sienten mal, porque no pueden considerar estos precipicios sensoriales con dedicación e interés.

Si se les dice (ahora lo digo en forma exagerada) que sus miedos son solo consecuencia de traumas pasados que se pueden identificar y “resolver”, la terapia se vuelve predeterminada. En cambio, es necesario ejercitarse, ejercitarse y ejercitarse sin importar de dónde provenga realmente el síntoma.

En los casos que acabo de describir, la terapia de confrontación no sería útil, ya que carecería de un análisis biográfico suficiente. Los implicados simplemente aprenderían a tolerar o reprimir mejor sus miedos; pero las fobias no se superarían, porque tienen un origen diferente. Si se persuade al paciente de que simplemente continúe como está, la terapia conductual podría incluso obstaculizar los cambios que realmente se necesitan; esto no es mejor que simplemente administrar pastillas.

K.-D. Neumann: Parece que a menudo se realizan terapias incorrectas; ¿es así?

J. Beike: No, los errores graves solo son posibles cuando el terapeuta actúa de forma demasiado idealista y superficial, o si actúa sobre la base de una rutina rígida. La mayoría de las terapias benefician a los pacientes, les ayudan a comprender su enfermedad y estimulan su desarrollo de diversas maneras. La mayoría de los terapeutas conductuales también buscan las causas subyacentes de la enfermedad. Sin embargo, la frontera entre un verdadero desarrollo de la personalidad y un éxito aparente es tenue. La eficacia y la optimización de un trabajo se contraponen siempre a un tratamiento individual, especialmente en psicología, donde la impronta individual es hoy en día evidente para todos.

Continúan operando las concepciones materialistas acerca del ser humano que originalmente sustentaron la terapia conductual, y si no tenemos cuidado, la práctica de la terapia conductual se desarrollará como una herramienta al servicio del funcionalismo y de una decadencia generalizada. Basta pensar, por ejemplo, que en 10 años se han publicado 250 manuales diferentes con programas de tratamiento para defectos conductuales específicos, lo cual, en sí mismo debe considerarse positivo. Una persona acude al especialista A con un trastorno cuya naturaleza aún no está clara, y este encontrará explicaciones propias de su especialidad, en el ámbito A; luego acude a otro especialista y este hallará algo relacionado con su propio campo de especialización, el ámbito B.

Ampliar la percepción sensorial

 K.-D. Neumann: ¿Podría resumir los objetivos de la terapia conductual?

J. Beike: La nueva terapia conductual debe esforzarse por comprender las experiencias y miedos recurrentes del paciente a lo largo del tiempo, para que se sienta profundamente comprendido de forma individual. De este modo, se pueden descubrir y reconocer las deficiencias del desarrollo que preceden a una fobia manifiesta en las situaciones problemáticas específicas del paciente. Si se logra esto, el paciente puede realmente desarrollar sus fortalezas. Este trabajo de superación de sus limitaciones le aporta alegría, incluso si los pasos del desarrollo son dolorosos. Es normal que el paciente se sienta inseguro y necesite apoyo.

En mi opinión, la terapia conductual debería ampliarse para reconocer y abordar los desafíos individuales que la vida ha planteado al paciente a lo largo del tiempo, como una señal de alerta. Gracias a una percepción sensorial amplia de las situaciones problemáticas, los ejercicios pueden adaptarse a los desafíos reales, por ejemplo, en relación con nuevas percepciones. Ante una fobia, por ejemplo, a menudo se observa que el paciente no solo ha empezado a evitar puentes, sino que ya ha evitado muchos “precipicios” sociales y morales, y siempre ha ignorado voluntariamente ciertas señales corporales. Estos déficits perceptivos deben reconocerse y corregirse; de lo contrario, la terapia queda incompleta.

 Psicoterapia profunda y psicoanálisis

K.-D. Neumann: ¿Qué reconoce usted, en cambio, en la psicología profunda y el psicoanálisis?

J. Beike: Los terapeutas que trabajan con estos métodos suelen tener mucha paciencia y una gran empatía hacia el sufrimiento del paciente. Han aprendido a escuchar atentamente y a no juzgar. Además, gracias a estas escuelas psicoterapéuticas, el mundo interior de deseos y anhelos se ha vuelto verdaderamente accesible, y ahora uno puede hablar con libertad (por ejemplo, sobre sexo). Esto ha tenido una gran importancia cultural. Ambas formas de terapia generalmente ayudan al paciente a comprenderse y aceptarse mejor a sí mismo.

K.-D. Neumann: ¿Hay críticas específicas que la psicoterapia antroposófica podría formular contra el psicoanálisis y la psicología profunda?

J. Beike: Sí, ciertamente hay muchos puntos de crítica; solo puedo exponer los esenciales; en cualquier caso, aquí debemos hablar de psicología profunda y psicoanálisis únicamente en términos de sus aplicaciones prácticas.

A menudo se considera que ambos enfoques son demasiado teóricos, casi como volcados al pasado y no suficientemente prácticos.

Este “defecto” era menos pronunciado en el pasado, cuando los individuos eran sustancialmente más robustos, menos intelectuales y vivían en condiciones más duras. En aquel entonces, la constitución individual era generalmente más sólida, las necesidades externas y las ventajas de la terapia eran mayores; por lo tanto, reflexionar más era una ventaja mucho mayor que hoy en día; hoy, por el contrario, quizás pensamos demasiado.

La terapia conductual pretende precisamente, entre otras cosas, llenar este vacío en la acción y la práctica, que se hizo plenamente evidente en los años 70.

Desde un punto de vista antroposófico, me gustaría retomar una crítica que Karl König hizo a la psicología profunda: destacó que, en el autoconocimiento que promueve esta psicología, habría que ir mucho más “profundo” de lo que se ha hecho hasta ahora.

La psicología profunda no va lo suficientemente en profundidad

K.-D. Neumann: ¿Podría explicarlo mejor?

J. Beike: Cada uno de nosotros lleva dentro de sí una individualidad que se formó en el pasado y continúa operando en el presente. La psicología profunda y el psicoanálisis abordan este pasado tratando los recuerdos dolorosos del paciente; sin embargo, en mi opinión, ambos a menudo no logran llegar al paciente porque ignoran nuestros objetivos prenatales y, por lo tanto, el verdadero anhelo de una vida humana. Quizás haya personas con las que ya hemos recorrido un camino compartido durante varias vidas, y en el fondo sentimos que este viaje compartido no puede estar exento de sufrimiento, que simplemente necesitamos a los demás y debemos lidiar con el dolor. No es solo una cuestión de experiencia de vida o fe. Comenzamos a comprender este hecho en detalle, por ejemplo, al recordar experiencias empáticas de la infancia o al estudiar eventos históricos. No somos simplemente el resultado impreso del sufrimiento y el dolor que nos infligieron quienes nos rodean; esta es una forma demasiado pasiva e imprudente de interpretar las cosas, que aún es apoyada por una minoría entre los psicólogos de orientación analítica o profunda. Todavía existe la costumbre de explicar las propias debilidades por los errores de los padres.

K.-D. Neumann: ¿Cómo debemos entonces afrontar el gran sufrimiento que muchos pacientes experimentan?

J. Beike: Si en mi pasado existe dolor causado por personas de mi entorno (y muchas sesiones de psicología profunda se dedican a este tipo de sufrimiento), este dolor puede impulsar al paciente a comprenderse mejor a sí mismo y a volverse autónomo (algo que algunos logran rápidamente), y en él puede expresarse una sabiduría individualizada de la vida. Solo yo conozco este dolor y su significado específico en el mundo, porque fui yo quien lo sufrió tanto; pero gran parte de este sufrimiento, aunque de forma menos consciente, también ha sido compartido. Ahora, tras haber desarrollado perspectivas sobre mis recuerdos dolorosos y haber tomado decisiones, debo también traer a la conciencia este dolor compartido, puesto que el centro y la periferia de mi individualidad ya me pertenecían entonces. Si ahora miro hacia mi centro, hacia mi dolor, no logro ver qué y por qué sufrí a manos de otros en el pasado. De este modo, me privo de mucha sabiduría, así como del mérito de haber apoyado a otras personas. Esto me debilita inconscientemente porque pierdo de vista las conexiones reales y porque ahora tengo que aclarar y superar mis síntomas por mi cuenta sin comprender el significado del sufrimiento.

La relación con la culpa

K.-D. Neumann: A veces surge la pregunta: ¿De quién es la culpa de una enfermedad? ¿Qué opina usted?

J. Beike: Sí, los padres suelen ser los chivos expiatorios, y los padres de éstos, chivos expiatorios aún más grandes, y solo yo soy inocente porque aún era un niño. Este es una especie de razonamiento lógico riguroso, en el que explico todo partiendo del pasado. Sin embargo, al hacer esto, el individuo termina aislándose cada vez más de los demás; si la culpa se proyecta únicamente en el entorno y uno se distancia de este, las relaciones propias se debilitan. Por un cierto tiempo, sin duda es necesario hacerlo, porque se necesita distancia y aislamiento para desarrollarse; pero precisamente las personas que sufren más que otras a menudo han participado profundamente del dolor de alguien, y eso no se les puede arrebatar.

K.-D. Neumann: Volvamos a la terapia individual. A menudo surgen acusaciones de culpa y dolor. ¿Qué se puede hacer al respecto?

J. Beike: Cuando surgen juicios sobre los defectos ajenos, animo al paciente a que se contenga, pues la culpa está ligada al libre modo de pensar y a las acciones concretas de los padres; juzgar a los propios padres solo perjudica al paciente. Lo importante, sin embargo, es su sufrimiento, que debe hacerles tomar conciencia de sus necesidades actuales y protegerlos de nuevas experiencias negativas. Y esto es precisamente lo que intento fomentar. A continuación, podemos intentar ampliar la perspectiva y la visión del paciente teniendo en cuenta su participación en el sufrimiento. De esta forma, el paciente comprende mejor la naturaleza del dolor que él, junto con otros, ha soportado, lo que fortalece su identidad. La descripción precisa de los padres, el intento de juzgarlos psicológicamente según su época y de evitar sentimientos de culpa y juicio, crea una distancia interna inicial en el paciente, haciendo cesar de esta forma la sensación de las humillaciones precedentes recibidas de sus padres. Cabe destacar que no se trata de identificar ni negar los defectos de los padres, sino simplemente de fortalecer la propia individualidad y la capacidad de juicio.

K.-D. Neumann: ¿Qué sucede si ignoramos estos recuerdos de dolor compartido?

J. Beike: He visto a muchos pacientes que, sin conocer las circunstancias de la vida anterior de sus padres, no pudieron comprender la realidad por completo; solo lograron abandonar sus expectativas sobre ellos tras haber empatizado conscientemente con ellos. Esta búsqueda de la verdad libera. Los pacientes más ancianos, en particular, buscan esta verdad liberadora.

Egocentrismo y soledad

 K.-D. Neumann: ¿Existen otros puntos en los que el enfoque antroposófico no concuerda con la psicología profunda?

J. Beike: Un complemento necesario para la psicoterapia profunda y el psicoanálisis es la comprensión de que determinados condicionamientos y facultades con los que nacemos nos pertenecen desde el principio, y que nuestro sufrimiento es individual. Nuestros hermanos y hermanas pueden haber sufrido por aspectos completamente diferentes de sus padres o su entorno. En mi particular sensibilidad actúa un “ser humano formado” que exige ser tomado en cuenta; eso pertenece a mi identidad. De lo contrario, nos concebimos simplemente como productos no individuales, y esto nos vuelve pasivos y desconfiados; el reconocimiento de los elementos activos queda entonces demasiado externo, más allá de mí mismo.

He conocido a algunas personas que se habían sometido a psicoanálisis: eran capaces de guiar a otros, tenían autocontrol e inteligencia. Pero a veces he percibido cierta estrechez de miras, una desconfianza general hacia el mundo y una cierta soledad, que no necesariamente le pertenecía a la persona, sino que era más bien el resultado del largo proceso de análisis. ¡Naturalmente hay personas que al inicio necesitan precisamente esto! Y, por supuesto, hay excelentes psicoanalistas, que poseen la generosidad y la amplitud de miras necesarias para guiar al paciente más allá de su egocentrismo.

K.-D. Neumann: ¿Cómo surge exactamente este egocentrismo? ¿Podría ser también algo positivo que alguien finalmente se “interese por mí y mi dolor”?

J. Beike: Sí, por supuesto. Es un sacrificio escuchar con paciencia este sufrimiento, y para ello se requiere tener “buen corazón”. Si el paciente es una persona activa, el recuerdo del sufrimiento, que hasta ahora ha ignorado, puede ayudarle a liberarse.

Sin embargo, si el paciente es excesivamente reflexivo, por ejemplo, un eterno estudiante con depresión, que se ve impulsado a reflexionar aún más de lo habitual, existe el riesgo de reforzar su tendencia “cefálica”. El paciente puede sentirse obligado a centrarse en sus propios errores y en los de su entorno durante las sesiones, en lugar de juzgar el entorno como un observador objetivo. Estas sensaciones negativas pueden volverse autónomas posteriormente. La sana capacidad de referirse a sí mismo, que bajo la superficie de la persona altruista siempre debe estar presente, porque es inherente a los órganos, puede repentinamente coincidir con esta autorreferencia psíquica y llegar a ser activa desde el punto de vista anímico. Una señal es la creciente desconfianza, cargada de tensión. En lugar de desarrollar un juicio objetivo, la persona continúa acumulando aspectos negativos de su desarrollo. Por ejemplo, si somos personas que invertimos en la bolsa, en una reunión también queremos hablar de economía; las viejas representaciones necesitan ser alimentadas. Esto también se aplica a los recuerdos negativos y a los recuerdos relacionados con el sufrimiento y la impotencia física.

Esta creciente autorreferencialidad, junto con cierta tendencia depresiva causada por una atención unilateral a la interioridad, ha sido descrita en varias ocasiones por Steiner y Lievegoed.

¿Qué es lo mejor para mí?

 K.-D. Neumann: ¿Puede también decir algo sobre los efectos positivos de la terapia conductual o el psicoanálisis (psicología profunda) en ciertas patologías o tipos de pacientes, ayudando así al lector a elegir entre los diferentes tipos de terapia que el servicio de salud pone a su disposición?

J. Beike: Para juzgar qué puede ser particularmente útil o perjudicial, uno debe evaluar según sus propios criterios.

Los estudios científicos y la experiencia de especialistas respaldan la terapia conductual para pacientes con síntomas obsesivo-compulsivos, fobias e inhibiciones. Creo que esto se debe a que estos pacientes se encuentran actualmente bloqueados, inhibidos, adaptados y controlados por viejos hábitos, y necesitan reactivarse y ponerse en marcha. Necesitan, por así decirlo, un hermano mayor que los anime y los ayude continuamente a dar pequeños pasos. La terapia conductual puede brindarles esto.

En cuanto al psicoanálisis y la psicología profunda, se trata de terapias altamente reflexivas que evocan muchos recuerdos. Mi impresión es que resultan especialmente beneficiosas para quienes, de forma irreflexiva, incontrolable e incluso a veces abrumadora, se dejan llevar por su entorno. Estas personas no necesitan tanto de un hermano que las impulse, sino más bien de la ayuda de una hermana mayor, sabia y bondadosa, que aborde los temas con paciencia y las ayude a ordenar, mediante el pensamiento, sus fuertes impulsos y emociones.. Por ejemplo, las primeras pacientes de Freud fueron mujeres histéricas. Es decir, sus emociones y motivos inconscientes eran muy intensos y fluctuantes, y eran incapaces de autodeterminarse; en este caso, el análisis les fue de gran ayuda.

Recomiendo el psicoanálisis a los pacientes (a menos que tengan una tendencia excesiva a la introspección) cuando siento que necesitan un apoyo cercano y a largo plazo, incluso durante uno o dos años, sin presiones para que progresen. También lo recomiendo a personas activas, como directivos y políticos, que generalmente se benefician de una mejor comprensión de sí mismos y de sus necesidades, así como de una mayor reflexión. Sin embargo, suelen acudir a terapia cuando todo lo demás ha resultado ineficaz.

Aprender de las escuelas de psicoterapia

 K.-D. Neumann: ¿Cuál es la base de la eficacia de las escuelas convencionales y qué pueden aprender los terapeutas antroposóficos de estas metodologías?

J. Beike: Parto del hecho de que, en el curso de una psicoterapia, es necesario decidir si desea obtener conocimientos para reorientarse o si prefiere desarrollar nuevas habilidades. En el primer caso, el psicoanálisis (o psicología profunda) resulta más apropiado; en el segundo, la psicología conductual.

Antes de adquirir un verdadero conocimiento personal, siempre es necesario que ocurra un despertar en esferas donde antes se permanecía como en un sueño, y esto suele ocurrir a través del dolor y el sufrimiento; por eso, el psicoanálisis y la psicología profunda se centran con frecuencia en las experiencias dolorosas. Sin sufrimiento, simplemente viviríamos soñando o estaríamos estancados en el conocimiento abstracto.

Antes de adquirir nuevas facultades, existe, por otro lado, la experiencia de la impotencia; la adquisición de cada nueva facultad presupone que primero nosotros debamos afrontar la experiencia del fracaso, de no poseer ciertas capacidades, incluso cuando nos esforzamos al máximo. Por eso, la terapia conductual, con razón, no exime a sus pacientes de la necesidad de experimentar cierta impotencia, por ejemplo, cuando aprenden a recuperar un área que habían evitado durante mucho tiempo; sin la experiencia de la impotencia, sin cierta aceptación y esfuerzo, nada verdaderamente nuevo puede nacer.

Por lo tanto, es natural que tengamos mucho que aprender de estas formas de terapia. Sobre todo, el análisis externo preciso de los problemas de la terapia conductual y la observación sensible de la dinámica interna de los deseos y los mecanismos de defensa, descritos por el psicoanálisis y la psicología profunda, solo pueden aprenderse en este tipo de formación y en las terapias correspondientes.

Impotencia y sabiduría

 K.-D. Neumann: ¿Qué propósito espiritual tienen las ampliaciones que la antroposofía aporta a la terapia?

J. Beike: Llegar a ser más capaces en el mundo exterior de forma saludable, yendo más allá de la simple eliminación de los síntomas, a la superación de la impotencia en las relaciones elegidas conscientemente. Al hacerlo, emerge en nosotros el ser humano del futuro, uno que muestra verdadera grandeza, deseoso de desarrollar nuevas facultades junto a la persona de referencia elegida libremente por el mismo. Los riesgos asociados a esta conexión y los miedos arraigados de la persona pueden señalar el camino en esta dirección. Debemos entonces practicar con pasos concretos y bien medidos.

Sanar interiormente significa ir más allá de la simple comprensión de las huellas que nos marcaron en la infancia, hacia la adquisición de una sabiduría derivada del dolor y la compasión consciente. Esto conlleva limitaciones necesarias en las relaciones valiosas (aunque el juicio y los sentimientos de odio sean inicialmente inevitables). Entonces, se activa y se hace perceptible el grande y originario ser humano. El ser humano que está en mí, que apareció en la antigüedad junto a otros seres humanos, quizás ya haya pasado por varias encarnaciones con ellos y ahora comparte nuevamente algo de su dolor presente. La compasión y el juicio empático hacia el mundo ayudarán a superar la vergüenza experimentada anteriormente.

K.-D. Neumann: ¿Quiere decir que la tarea principal de la psicoterapia antroposófica es buscar a estos dos “grandes seres humanos”?

J. Beike: No, la tarea principal es brindar ayuda competente y un acompañamiento libre; pero si los propios pacientes buscan algo más, deberíamos poder ofrecérselo.

Los dos “grandes seres humanos” que habitan en nosotros son, en principio, una mera frase hecha para antropósofos no académicos. Para mí, sin embargo, están profundamente ligados a nuestra cultura cristiana, y en este sentido es posible (si se desea) experimentar la religión en la psicoterapia.

El elemento religioso en la psicoterapia

 K.-D. Neumann: ¿En qué consiste realmente el elemento religioso en la psicoterapia?

J. Beike: Puedo hacer algunos comentarios al respecto, pero no son esenciales para las cosas que hemos estado diciendo hasta ahora.

Por un lado, el Cristo es el hombre del dolor, de la pasión, aquel que carga con la cruz. Sin embargo, no tematiza sus propias debilidades y sufrimientos, ni los atribuye a sus padres; más bien, de la aceptación del dolor y la compasión extrae y comparte sabiduría. A menudo percibimos directamente que sus palabras tienen un mayor valor para nosotros, precisamente porque surgen de una profunda comunión con el dolor ajeno y se dirigen a una humanidad aislada. Naturalmente, solo lo percibimos si nuestra estructura confesional personal no ha distorsionado nuestro acceso a esta comprensión.

Por otro lado, Cristo es el hombre de la impotencia, quien, a pesar de sus sublimes poderes, demostrados por los milagros evangélicos, se deja crucificar, permanece con los hombres y así los redime y resucita. El Cristo, arquetipo del hombre, no enseñó mediante técnicas argumentativas ni libró batallas como los demás héroes; desarrolló su mensaje y enseñó lo que debía hacerse aceptando aquello que le venía al encuentro.

Para entender cómo comportarse hay, por tanto, una fuente distinta de la meramente funcional, una fuente que va más allá de lo personal. Desde esta es posible afrontar el dolor, por profundo que sea, de un modo diferente: sin revolver constantemente el pasado, sin tratar de justificarlo todo ni vivir haciendo reproches por lo ocurrido.

Las fuerzas de la infancia

 K.-D. Neumann: ¿Podría explicar con más detalle dónde se pueden encontrar estas fuerzas, por ejemplo, dentro de la psicoterapia profunda?

J. Beike: Algunas experiencias de la psicología profunda y la antroposofía se complementan: el psicoanálisis y la psicología profunda nos muestran que en nuestra infancia éramos mucho más grandes y, sobre todo, mucho más capaces de sentir que hoy. Durante la infancia adquirimos nuestra impronta individual y absorbimos algo de aquellos con quienes compartimos nuestros sentimientos. Pero esto ya lo hemos dicho.

Estas enormes fuerzas de entrega, aún jóvenes, presentes en la percepción del niño (0-7 años), y las enormes fuerzas de aprendizaje que maduran más tarde en nosotros y que hacen que la verdadera autoridad nos resulte interesante (aprox. 7-14 años), y la enorme disposición a entablar nuevos encuentros durante la adolescencia (aprox. 14-21), todas estas fuerzas nos han abandonado hace tiempo, pero nos dejan enormes posibilidades de desarrollo. Si recordamos eso que de la naturaleza nos rodeaba en el primer septenio, si intentamos recordar aquello que nos interesaba de algo que aprendimos en la escuela, o la alegría y la esperanza de poder conocer mejor a otros jóvenes, entonces reconectamos con estas tres fuerzas ancestrales. Esto nos da valor. Estas tres fuerzas infantiles (y para mí cristianas) de entrega, aprendizaje y encuentro pueden permanecer disponibles en diversos grados incluso en los adultos, o bien verse reprimidas por los dos guardianes del ser humano que están siempre activos.

Un requisito previo para conectar con estas fuerzas es tomar conciencia en forma libre de nuestros errores. Esto significa superar la vergüenza de seguir siendo lo que ya no deseo ser. La vergüenza, en este caso, es una especie de pequeño guardián para el ser humano; lo protege de ver algo de sí mismo que aún no puede tolerar. Sin embargo, sin la voluntad de verse a sí mismo objetivamente, la persona no avanzará mucho en la conquista de su propia autonomía.

El otro camino hacia la evolución moral ante las pruebas personales presupone superar el miedo. El miedo es una especie de gran (y muy fuerte) guardián en el umbral de nuestra evolución; nos protege de ir más allá de nuestras fuerzas. Para trabajar con el miedo, por lo tanto, debemos evaluar si las motivaciones que albergamos son lo suficientemente fuertes. A veces, podemos comprenderlas sabiamente reflexionando sobre nuestro propio sufrimiento y nuestra participación en el dolor ajeno; otras veces, se trata de medir nuestras nuevas fortalezas de forma mesurada y modesta, tratando de evaluar cuánto progreso podemos lograr.

Como ya se mencionó, el terapeuta no puede asumir ni proporcionar los motivos ni las causas kármicas previas de las conexiones personales. Sin embargo, estos pueden encontrarse tanto en los recuerdos de nuestros seres queridos como en el descubrimiento del hilo conductor que une todas las dificultades de nuestra vida.

Notas al texto

[1] Hace referencia a la psicología analítica de Carl Jung

[2] Flensburger Heft, N° 82.  Aspekte anthroposophischer Psychoterapie, 2003.

Nota del traductor:  Los  Flensburger Heft (Cuadernos de Flensburger) son una reconocida serie de publicaciones y libros de temática antroposófica, fundada por el editor Wolfgang Weirauch.  Esta editorial funcionó desde prinicipios de la década de los 80 hasta el año 2018.

[3] Estas conferencias para médicos y psicoterapeutas se llevan a cabo anualmente desde hace unos veinte años, la tercera semana después de Pascua en la «Filderklinik», cerca de Stuttgart (para más información: Filderklinik, Sekretariat Dr. Michaele Quetz, im Haberschlai 7, D-70794 Fildersradt-Bonladen; tel. + 49 / (0)71 1 / 77 03 10 71) y el fin de semana del segundo domingo de noviembre en la «Klinik Havelhöhe», Berlín (para más información: Gemeinschafrskrankenhaus Havelhöhe, Sekrctariat Dr. Eckhard Roediger, Kladowcr Damm 221, D-14089, Berlín; tel. +49 / (0)30 / 36 50 16 81).

[4] Nota del traductor:  El artículo original fue publicado en el año 2003.  A la fecha (2006) la psicoterapia antroposófica a tenido una amplia difusión en el mundo.  Algunas publicaciones importantes se encuentran en español, por ejemplo:  “Psicoterapia de la dignidad humana” y “Conocer quién eres” por Ad Dekkers, Trastornos Borderline por Henriette Dekkers-Appel, y varias publicaciones en inglés y portugués.

[5] Ad Dekkers y Henriette Dekkers-Appel son actualmente (agosto 2026) los docentes principales de la formación en Psicoterapia antroposófica en Colombia.  Actualmente se realiza el tercer ciclo de formación en el país.  Su participación como docentes en los entrenamientos en Colombia  inició durante el IPMT Colombia ciclo 2015-2019.  Un segundo ciclo se realizó durante los años 2020-2024.

[6] Steiner, Rudolf.  Metamorfosis de la vida anímica.  Vol 2.  Conferencia del 10 de Marzo de 1910 titulada “hombre positivo y negativo”.

[7] Consultar al respecto el nuevo comentario de Stefan Leber a la “Antropología general” (GA 293) de Rudolf Steiner.

En español éste ciclo de conferencias de Rudolf Steiner esta traducido como “El estudio del hombre como base para la pedagogía”.

[8] N.T.  Brama en el original italiano.  Deseo vehemente, anhelo intenso, pasión.

[9] Paulo Coelho.  El peregrino de Compostela, diario de un mago. 

[10] En Alemania

Traducción del italiano:  Carlos Andrés Guío

Título original:  “Trovare la propria strada.  Intervista a Joachim Beike”   En:  Contributto antroposofico alla psicoterapia.   Quaderni di Flensburg.  Editrice Novalis.  

Traducido con el permiso del autor

Acerca del autor

Joachim Beike

Nació en 1961 cerca de Münster (Alemania). Estudió psicoterapia en Saarbrücken.  Es psicólogo y psicoterapeuta de niños y adolescentes. Ejerce profesionalmente en Witten.

Su orientación combina psicoterapia antroposófica, terapia conductual y elementos de orientación analítica, según las necesidades del paciente. Trabaja con adultos y niños, particularmente en el ámbito de los trastornos neuróticos y de personalidad.

Ha estado vinculado como docente al Integriertes Begleitstudium Anthroposophische Medizin  (Programa Integrado Complementario de Medicina Antroposófica)  de la Universidad de Witten/Herdecke. También ha participado activamente en el ámbito de la Deutsche Gesellschaft für Anthroposophische Psychotherapie (DtGAP) (Sociedad Alemana de Psicoterapia Antroposófica) y de la International Federation of anthroposophical associations (IFAPA).

En 2010, presentó la conferencia “Líneas convergentes de las formas clásicas y antroposóficas de psicoterapia”.

Participó en la publicación colectiva de 2012, titulada In der Nacht sind wir zwei Menschen  (En la noche somos dos personas), en la que aparece como colaborador/autor y en la publicación colectiva del año 2003 Aspekte anthroposophischer Psychoterapie publicada por la revista Flensburger Heft.

 

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