A continuación se presenta el texto correspondiente al sexto capítulo del libro de Otto Palmer, publicado en el año 1964, titulado: Rudolf Steiner sobre su libro «Filosofía de la Libertad».
De esta forma damos continuidad a nuestra serie de publicaciones sobre este texto, que amplía nuestra comprensión y nos invita a una vivencia de “La Filosofía de la Libertad” de Rudolf Steiner.
Pueden consultarse nuestras anteriores publicaciones sobre el tema en nuestro blog en los siguientes enlaces:
La víspera de Año Nuevo de 1922, el edificio del Goetheanum fue consumido por las llamas, llevándose consigo el fruto de muchos años de trabajo. Sin embargo, a pesar del dolor y la conmoción que causó este acontecimiento, la labor continuó sin interrupciones. La situación exigía un nuevo impulso, pues no solo el edificio yacía en ruinas: la propia Sociedad antroposófica se encontraba en un estado igualmente crítico. Ambos organismos —el físico y el institucional— debían ser reconstruidos, y Rudolf Steiner se entregó a ambas tareas con la ardiente voluntad que lo caracterizaba.
Las conferencias que Rudolf Steiner impartió en los principales centros giraron en torno al tema de la reconfiguración de la Sociedad. En Stuttgart pronunció “palabras de dolor y de búsqueda de conciencia”[1], centradas especialmente en los acontecimientos pasados. A finales de enero tuvo lugar otra conferencia, y luego, el 6 de febrero, nuevamente en Stuttgart, se dictó otra titulada “Nuevo pensar, nueva voluntad”[2], de la cual se ofrece aquí una extensa cita. En ella se delineaban las tareas que la Sociedad Antroposófica debía asumir en adelante, mostrando su relación con La Filosofía de la Libertad.
Hay aquí dos aspectos que parecen especialmente importantes. Steiner llamó repetidamente la atención sobre el hecho de que éste libro —La Filosofía de la Libertad— arroja luz sobre la naturaleza de la relación del ser humano con el cosmos. Incluso llegó a decir que lo hace “de una manera particularmente adecuada”. No obstante, sus comentarios al respecto suelen mantenerse en un nivel bastante general. Esta conferencia, sin embargo, señala el emplazamiento cósmico del libro mediante referencias concretas a Saturno y la Luna. Y este posicionamiento adquiere una relevancia aún mayor si consideramos que la humanidad ha empezado a emprender, por medios puramente externos —como cohetes y otras tecnologías—, intentos de lanzarse al espacio cósmico. Desde hace setenta años, ya era posible recorrer ese camino por una vía puramente interior, como lo revela el comentario de Steiner sobre La Filosofía de la Libertad.
Evidentemente, no se trata aquí de elegir entre los esfuerzos del alma y del espíritu, por un lado, y los logros tecnológicos perfeccionados, por el otro. Es necesario crear un equilibrio entre ambas posibilidades. Ni el camino tecnológico ni el espiritual del alma pueden existir de forma aislada ni erigirse en únicos determinantes. Ambos se necesitan mutuamente, como se necesitan el exterior y el interior, la cáscara y la nuez, el cuerpo y el alma.
La última parte de los pasajes citados podría considerarse incluso más importante desde el punto de vista de su aplicación inmediata. Se trata, en esencia, de un llamado a leer La Filosofía de la Libertad, y a leerla como debe ser leída. Se señala que el estudio adecuado de este libro otorga al lector una disposición interior que, a pesar de su sencillez, le permite sostenerse por completo sobre sus propios pies en su relación con la antroposofía. Le enseña a presentarla con autoridad propia, en lugar de hacerlo basándose en la de otra persona, especialmente si ésta persona, – Steiner mismo – no ha querido ser considerada una autoridad en el sentido en el cual frecuentemente y erroneamente se afirma[3].
“Quisiera remitirlos nuevamente a mi libro La Filosofía de la Libertad, publicado hace ya tres décadas, y llamar la atención sobre el hecho de que en sus páginas describí una forma especial de pensar, muy distinta de la que hoy en día suele reconocerse como “pensar”. Cuando se habla de pensamiento —y esto es especialmente válido en el caso de quienes gozan de mayor autoridad intelectual—, se lo concibe como una actividad en la que el espíritu humano aparece más bien pasivo. Este espíritu humano se entrega a la observación externa, al estudio de los fenómenos o a la experimentación, y luego utiliza el pensamiento para relacionar esas observaciones. De este modo, se llega a formular leyes naturales, sobre cuya validez y significado —ya sea metafísico o meramente físico— puede haber controversias. Pero es muy distinto que una persona simplemente acoja estos pensamientos, surgidos de la observación de la naturaleza, o que, en cambio, trate de esclarecer su propia relación humana con los pensamientos que ha formado a partir de la naturaleza —pensamientos que, en realidad, apenas recientemente el ser humano ha adquirido la capacidad de formar acerca de ésta.
Si retrocedemos a épocas anteriores —digamos, a los siglos XIII, XII u XI— encontraremos que los pensamientos del ser humano sobre la naturaleza eran fruto de una disposición anímica muy distinta. Hoy en día, las personas conciben el pensamiento como una simple captación pasiva de los fenómenos y de la regularidad —o falta de ella— con la que éstos se presentan. Se permite que los pensamientos emerjan de los fenómenos y ocupen pasivamente el alma. En contraste con esto, La Filosofía de la Libertad pone énfasis en el elemento activo del pensar, subrayando cómo interviene la voluntad en éste, y cómo uno puede llegar a ser consciente de su propia actividad interior en el ejercicio de lo que he llamado “pensamiento puro”. En ese contexto mostré que todos los impulsos verdaderamente morales tienen su origen en este pensar puro. Traté de señalar cómo la voluntad irrumpe en el ámbito, de otro modo pasivo, del pensamiento, lo sacude y hace que el pensador se torne interiormente activo.
Ahora bien, ¿qué tipo de actitud lectora presupone La Filosofía de la Libertad? Exige una forma especial de lectura. Espera que el lector, al leerla, atraviese una experiencia interior comparable —en un sentido exterior— al momento de despertarse por la mañana. El sentimiento que debería suscitar es tal que uno pueda decir: “Mi relación con el mundo mediante pensamientos pasivos era, en un nivel superior, como la de una persona que duerme. Ahora estoy despertando.” Es como tomar conciencia, en el instante de despertar, de que uno ha estado tendido pasivamente en la cama, dejando que la naturaleza actuara sobre su cuerpo. Pero luego uno comienza a volverse interiormente activo. Relaciona activamente sus sentidos con lo que ocurre en el mundo circundante, impregnado de colores y sonidos. Une su actividad corporal a sus intenciones. El lector de La Filosofía de la Libertad debería experimentar algo muy similar a ese instante de tránsito entre la pasividad y la actividad, aunque naturalmente en un plano superior. Debería poder decir: “Sí, ciertamente he pensado antes. Pero mi pensamiento consistía simplemente en dejar que los pensamientos fluyeran y me llevaran consigo. Ahora, poco a poco, empiezo a volverme interiormente activo en ellos. Me recuerda al despertar matutino, cuando relaciono mi actividad sensorial con los sonidos y colores, y el movimiento de mi cuerpo con mi voluntad.” Vivir este despertar —tal como lo describo en mi libro El enigma del hombre[4], donde comento la obra de Johann Gottlieb Fichte— es desarrollar una actitud anímica completamente distinta de la que hoy prevalece. Pero esa actitud del alma conduce no solo a un conocimiento que uno deba aceptar por la autoridad de otro, sino a interrogarse: ¿cuáles eran los pensamientos que uno solía tener? ¿Y cuál es esta actividad que ahora se emprende para penetrar en aquel pensar anteriormente pasivo? ¿Cual es este elemento que produce el mismo efecto de despertar en el antiguo pensar, que el que producen el alma y el espíritu en el cuerpo al momento de despertar? (Aquí me refiero únicamente al hecho externo del despertar). Se empieza entonces a experimentar el pensar de una forma que antes no era posible, al reconocerlo como una función viva y activa.
Mientras uno solo considere pensamientos pasivos, el pensar no es más que un proceso que tiene lugar en el cuerpo mientras los sentidos físicos se ocupan de los objetos del mundo exterior. Pero cuando una persona impregna ese pensar pasivo con actividad interior, se encuentra con otra comparación que le permite comprender lo que era ese pensar anterior, y puede empezar a percibir en qué consistía su pasividad. Llega entonces a la comprensión de que ese pensar pasivo era, en el ámbito anímico, exactamente lo mismo que representa un cadáver en el plano físico. Cuando uno observa un cadáver en el mundo físico, debe reconocer que no fue creado como lo que ahora se ve, y que ninguna de las leyes ordinarias de la naturaleza puede explicar la actual composición material de ese cuerpo. Tal configuración de elementos materiales solo puede explicarse por el hecho de que un ser humano viviente habitó lo que ahora es un cadáver. Este llegó a ser meros residuos, abandonados por quien antes los habitaba; y solo puede comprenderse esta forma si se asume la existencia previa de un ser humano vivo.
Un observador que se enfrenta a su propio pensar pasivo se asemeja a alguien que nunca ha visto otra cosa que cadáveres, que jamás ha contemplado a una persona viva. Tal individuo tendría que considerar cada cadáver como una creación milagrosa, pues nada en la naturaleza podría haberlo producido. Cuando uno impregna su pensar con vida anímica activa, se da cuenta por primera vez de que el pensamiento no es más que un residuo, y lo reconoce como los restos de algo que ha muerto. El pensamiento ordinario está muerto, es un mero cadáver del alma, y uno debe llegar a reconocerlo como tal al infundirle vida anímica propia y descubrir, así, este cadáver del pensar abstracto en su nueva vitalidad. Para comprender el pensar ordinario, es necesario verlo como algo muerto: un cadáver anímico cuya vida anterior debe buscarse en la existencia preterrena del alma. Durante esa etapa de experiencia, el alma vivía sin cuerpo, en el elemento vital del pensar, y el pensamiento que queda en la vida terrenal debe considerarse como el cadáver anímico del alma viva de la existencia preterrenal.
Esta se convierte en la experiencia interior esclarecedora que puede vivirse al proyectar la voluntad en el pensar. Es necesario contemplar el pensar de esta manera cuando, conforme al estadio evolutivo actual de la humanidad, se busca la fuente de los impulsos éticos y morales en el pensar puro. Entonces se tiene la vivencia de ser elevado, por el propio pensar puro, fuera del cuerpo y hacia un ámbito que no pertenece a la Tierra. Se comprende entonces que lo que se posee en ese pensar vivo no guarda ninguna relación con el mundo físico, aunque sin duda es real. Se relaciona con un mundo que los ojos físicos no pueden ver, un mundo que habitábamos antes de descender a un cuerpo: el mundo espiritual. Se comprende también que incluso las leyes que rigen nuestro sistema planetario no tienen relación con el mundo al que se accede mediante el pensar viviente. Lo expreso deliberadamente en un lenguaje algo arcaico: habría que ir hasta los confines del sistema planetario para llegar al mundo donde lo que se capta en el pensamiento vivo tiene su verdadero significado. Habría que ir más allá de Saturno para encontrar el mundo al que pertenecen los pensamientos vivientes y donde también se descubre la fuente cósmica de la creatividad terrenal.
Este es el primer paso que damos para salir nuevamente al universo, en una época que, por lo demás, se considera a sí misma como viviendo en una simple mota de polvo dentro del cosmos. Es el primer avance hacia la posibilidad de ver lo que realmente hay allá afuera: verlo con un pensar viviente. Se trascienden así los límites del sistema planetario.
Si consideramos con mayor profundidad la voluntad humana, tal como lo he hecho en La Filosofía de la Libertad, encontraremos que, así como uno es conducido más allá de Saturno hacia el universo cuando la voluntad penetra en el pensamiento que antes era pasivo, también se puede avanzar en sentido opuesto sumergiéndose profundamente en la voluntad hasta llegar a un estado de completa quietud, convirtiéndose en un polo de inmovilidad dentro del movimiento que normalmente se genera en el ámbito volitivo. Nuestro cuerpo se pone en movimiento cuando ejercemos la voluntad. Incluso cuando esta se manifiesta solo como un deseo, la sustancia corporal entra en actividad. Para la conciencia ordinaria, querer[5] es movimiento. Cuando una persona quiere, se convierte en parte del movimiento del mundo.
Ahora bien, si se practican los ejercicios descritos en mi libro ¿Cómo se adquiere el conocimiento de los mundos superiores?[6], y con ello se logra contraponer una deliberada quietud interior al movimiento en que uno queda envuelto con cada acto volitivo —si, para expresarlo en una imagen aplicable a toda actividad de la voluntad, se consigue mantener el alma en calma mientras el cuerpo se mueve por el espacio, si se logra actuar en el mundo mientras el alma permanece en silencio, llevar a cabo una acción y, al mismo tiempo, observarla serenamente— entonces el pensar comienza a impregnar la voluntad, así como antes la voluntad había impregnado el pensar.
Cuando esto ocurre, uno emerge por el lado opuesto del mundo. Se llega a conocer la voluntad como algo que también puede liberarse del cuerpo físico, e incluso transportar al ser humano fuera del ámbito regido por las leyes ordinarias de la Tierra. Esto conlleva un conocimiento especialmente significativo, que arroja luz sobre la relación del ser humano con el universo. Se aprende a decir: “Albergas en tu voluntad una gran variedad de impulsos, instintos y pasiones. Pero ninguno de ellos pertenece al mundo del que aprendes a través de tus experimentos, por más que estos estén limitados al mundo sensible terrenal. Tampoco se los encuentra en los cadáveres. Pertenecen a otro mundo, que apenas se prolonga dentro de este, un mundo cuya actividad permanece claramente separada de todo lo relacionado con el mundo de los sentidos.”
Hoy solo quiero ofrecer un esbozo de estos temas, pues mi intención es caracterizar la tercera fase de la antroposofía. Se trata de penetrar en el universo desde su lado opuesto, el lado que recibe su carácter exterior del influjo de la Luna física. La Luna no absorbe la luz solar, sino que la repele; la deja tal como es, reflejándola desde su superficie, y de manera similar irradia de vuelta otras fuerzas cósmicas. Las excluye, porque pertenece a un mundo distinto de aquel que nos da la capacidad de ver. La luz nos permite ver, pero la Luna la devuelve tal como la recibió, negándose a absorberla. El pensar que se aprehende a sí mismo mediante la actividad interior nos lleva, por un lado, hasta los dominios de Saturno; en cambio, el tomar posesión de nuestra voluntad nos conduce, por el otro lado, a la actividad lunar, aprendemos a ponernos en relación con el cosmos, somos conducidos más allá de esta mera mota de polvo que es la Tierra, elevamos nuevamente nuestra conciencia hasta el universo, y redescubrimos en éste eso que esta emparentado con aquello que de anímico espiritual vive en nosotros. Cuando, por un lado, hemos alcanzado un estado del alma en el que el pensar se vuelve activo gracias a que esta permeado de voluntad, y por otro lado logramos impregnar nuestra voluntad con pensamiento, entonces alcanzamos los límites del sistema planetario, hasta eso que es propio de la esfera de Saturno, y del otro, dentro del elemento terrestre, salimos del sistema planetario hacia el universo por el otro, penetrando en la esfera lunar. Cuando nuestra conciencia se siente tan en casa en el universo como lo está en la Tierra, y comienza a experimentar lo que ocurre en el cosmos con la misma familiaridad con la que nuestra conciencia ordinaria experimenta las cosas terrenales, cuando vivimos así conscientemente en el universo y logramos una autoconciencia allí, entonces empezamos a recordar nuestras vidas terrenales anteriores. Nuestras sucesivas encarnaciones se convierten en un hecho vivenciado en la memoria cósmica a la cual ahora tenemos acceso. No debe sorprendernos que no podamos recordar nuestras vidas anteriores mientras estamos encarnados. Lo que vivimos en los intervalos entre encarnaciones no es una experiencia terrenal, y el efecto de una vida sobre la siguiente solo se produce cuando el ser humano logra elevarse fuera del ámbito terrestre. ¿Cómo podría alguien recordar sus encarnaciones pasadas si no ha elevado antes su conciencia a un nivel celeste?
Solo quise esbozar estas cuestiones hoy, ya que las he tratado en muchas otras ocasiones aquí. Mi intención era señalar las regiones en las que, en los últimos años, la antroposofía ha venido desarrollando su investigación. Quienes se han interesado en seguir de cerca lo que ha sucedido recordarán seguramente cuán constante ha sido la orientación de mis conferencias, en años recientes, hacia estos mismos ámbitos. Su propósito ha sido el de esclarecer, de manera gradual, el proceso mediante el cual se desarrolla una conciencia superior a partir de la conciencia ordinaria. Aunque siempre he afirmado que el pensar ordinario, si está libre de prejuicios, puede comprender los resultados de la investigación antroposófica, también he subrayado que cualquier persona puede alcanzar hoy un estado de conciencia que le permita desarrollar una nueva forma de pensar y de querer, y con ello acceder al mundo del que habla la antroposofía. Lo esencial sería transformar el hábito de leer libros como mi Filosofía de la libertad con la misma disposición mental con la que se abordan otros tratados filosóficos. Debería leerse con plena conciencia de que conduce a una forma completamente distinta de pensar, de querer y de contemplar las cosas. Si esto fuera hecho, uno se daría cuenta de que tal enfoque eleva la conciencia fuera de la Tierra y la introduce en otro mundo, y que de allí proviene una seguridad interior que permite hablar con convicción sobre los resultados de la investigación espiritual. Quienes leen La Filosofía de la Libertad como debe ser leída, hablan con convicción interior y certeza acerca de los hallazgos de investigadores que han ido más allá del nivel en que uno mismo se encuentra como principiante. Pero el modo correcto de leer La Filosofía de la Libertad convierte a quien lo adopta en ese tipo de principiante al que me refiero. Principiantes como estos pueden transmitir los hallazgos más detallados de una investigación avanzada de la misma manera en que una persona versada en química puede hablar sobre investigaciones en ese campo: aunque no las haya presenciado directamente, le son familiares por lo que ha aprendido, escuchado y reconocido como parte de la realidad. La cosa esencial, al hablar de antroposofía, es desarrollar una determinada actitud anímica, y no simplemente ofrecer una imagen del mundo diferente de la comúnmente aceptada.
El problema es que La Filosofía de la Libertad no ha sido leída de la manera diferente que vengo describiendo. Ese es el punto, y un punto que debe subrayarse con fuerza si se quiere evitar que el desarrollo de la Sociedad Antroposófica quede muy por detrás del de la antroposofía misma. Si esto ocurriera, la difusión de la antroposofía a través de la Sociedad llevaría a una comprensión completamente errónea de ella, y su único fruto serían conflictos sin fin”[7].
La siguiente cita proviene de una conferencia titulada “El hombre nocturno y el hombre diurno”, dictada en Dornach el 3 de febrero de 1923[8], tres días antes de la conferencia mencionada anteriormente. Trata el mismo tema que se aborda al final de la conferencia de Stuttgart: que el pensar-voluntad permite al ser humano garantizar la verdad de la antroposofía con todo su ser, pues en ese pensar-voluntad se experimenta esa verdad en su nivel más básico:
“La causa de esa antigua condición anímica era que el ser humano aún no había desarrollado el pensar puro de los tiempos modernos. Este último —del cual se habla conscientemente por primera vez en mi Filosofía de la Libertad— es algo de lo que, hasta ahora, las personas solo tienen una percepción vaga . Este pensar puro es un desarrollo que le debemos a la ciencia natural.
Consideremos la astronomía, un aspecto de la ciencia que ofrece un ejemplo particularmente característico de lo que quiero señalar. Copérnico fue el responsable de transformar la astronomía en una especie de mecánica cósmica, en una descripción del funcionamiento de una máquina cósmica. Antes de esto, aún existía cierta conciencia de que en las estrellas estaban encarnados seres espirituales. La escolástica medieval todavía hablaba de la naturaleza espiritual de los astros y de las inteligencias que habitaban y se manifestaban en ellos. Solo recientemente se ha empezado a concebir que todo lo que hay allá arriba es meramente material y carente de pensamiento, como si solo el ser humano pensara sobre ello. En tiempos antiguos, las personas asociaban imágenes a la aparición de una estrella o de una constelación; veían en ellas algo viviente, algo que llevaba una existencia propia. No era el pensar puro lo que unía al ser humano con su entorno, sino una cualidad de la vida del alma. Pero el ser humano en éste ambiente ha desarrollado primero el pensar puro.
Desde hace siglos —desde el 1400, aproximadamente— el ser humano ha sido educado en una pasividad del concepto. Hoy en día, incluso se considera casi un pecado el ser interiormente activo y pensar por cuenta propia. En efecto, se cree que no se puede pensar por uno mismo en lo que respecta a la naturaleza; hacerlo sería contaminarla con toda clase de fantasías. Sin embargo, la fuente del pensar está en uno mismo. Uno puede pensar por sí mismo, e incluso impregnar de realidad interior los pensamientos que ya posee, ya que no son más que pensamientos. ¿Y cuándo ocurre esto? Ocurre cuando una persona logra reunir la fuerza necesaria para proyectar su yo nocturno en su vida diurna; cuando deja de entregarse pasivamente a los pensamientos que surgen, y en cambio se proyecta conscientemente dentro de ellos con toda la independencia que ha alcanzado durante el sueño. Esto solo puede lograrse mediante el pensar puro.
Ese fue, en realidad, el tema fundamental de mi Filosofía de la Libertad. Allí señalé como en el pensar que ha sido conquistado por el hombre moderno se puede verdaderamente introducir el propio Yo. Puede proyectar en la actividad del pensar puro esa entidad-Yo de la que, como hombre moderno, dispone libremente mientras duerme. En aquel entonces no podía expresar esto con tanta claridad, pero es un hecho. Uno se vuelve verdaderamente consciente de su ser del yo en el pensar puro cuando entra en los pensamientos de tal manera que vive activamente en ellos.
Imaginemos que la antroposofía se presentara según el modelo de una exposición científica moderna. Los oyentes la recibirían con el pensar pasivo al que están acostumbrados los seres humanos actuales. Por supuesto, cualquier persona con una mente sana puede comprenderla. Pero la forma en que se habita en esos pensamientos es pasiva, igual que cuando se piensa sobre la naturaleza externa. Entonces aparece alguien y dice: “Estas ideas las tomé de la investigación antroposófica. Yo no puedo responder por ellas personalmente; simplemente las adopté.” Muchas personas dicen: “Esto lo aprendí de la ciencia espiritual.” ¿Cuántas veces no escuchamos frases como: “La ciencia nos dice esto o aquello” o “la ciencia espiritual enseña esto o aquello”? ¿Qué significa cuando alguien afirma que ha aprendido algo de la ciencia espiritual? Significa que nos está mostrando que permanece atrapado en un pensar pasivo y que pretende abordar la ciencia espiritual con el mismo tipo de pensar pasivo. Porque en el momento en que se decide a reproducir en sí mismo los pensamientos ofrecidos por la investigación antroposófica, podrá responder por su veracidad, ya que habrá experimentado esa verdad en su nivel de base”.
En su conferencia “El camino hacia la libertad y el amor y su importancia en los acontecimientos mundiales”[9], Steiner llega incluso a identificar el pensar con el querer: “… Cuando el pensar se ha convertido en pensamiento puro, bien podemos decir que es querer puro”. Sin embargo, establece una distinción entre las formas en que ambas facultades se interpenetran. La libertad es la irradiación de la vida del pensamiento por parte de la voluntad; el amor, en cambio, es la impregnación de la voluntad con el pensar. (ver La Filosofía de la Libertad, cap. 3)
“Ahora bien, tenemos la posibilidad de llegar a ser completamente libres —es decir, libres en nuestra vida interior— si logramos excluir de nuestro pensar todo contenido basado en lo externo y, al mismo tiempo, intensificamos al máximo el elemento volitivo que irradia a través de nuestros pensamientos cuando formulamos juicios o extraemos conclusiones. Esto significa transformar nuestro pensar en aquello que llamé pensamiento puro en La Filosofía de la Libertad: pensamos, pero solo la voluntad vive en el proceso del pensar. Este aspecto fue especialmente enfatizado en la edición de 1918 del libro. Lo que entonces vive en nosotros vive en la esfera del pensamiento. Pero cuando se ha convertido en pensamiento puro, puede también llamarse con propiedad voluntad pura. Nos elevamos al nivel en que transformamos el pensar en querer cuando alcanzamos la libertad interior; maduramos nuestro pensar hasta el punto de que queda completamente impregnado por nuestra voluntad, sin dejar que estímulos exteriores lo afecten, viviendo plenamente en la voluntad. Y es precisamente al fortalecer el elemento volitivo en nuestro pensar que nos preparamos para aquello que, en La Filosofía de la Libertad, denominé fantasía moral: una facultad que se eleva hasta la esfera de las intuiciones morales, las cuales luego impregnan e irradian nuestro pensar-convertido-en-voluntad o nuestra voluntad-convertida-en-pensar. De este modo nos elevamos por encima del nivel de la necesidad natural, nos impregnamos de algo que nos es esencialmente propio y nos preparamos para ejercer la intuición moral. En última instancia, las intuiciones morales son la fuente de todo lo que proviene del mundo espiritual y da cumplimiento a la verdadera naturaleza humana. La libertad cobra vida en nosotros cuando hacemos que la voluntad se vuelva cada vez más poderosa en nuestro proceso de pensamiento.
Consideremos ahora al ser humano desde el polo opuesto: el polo de la voluntad. ¿Cuándo se manifiesta la voluntad de forma inequívoca en nuestras acciones? Por ejemplo, al estornudar también se podría decir que estamos haciendo algo, pero difícilmente podemos atribuirlo a un impulso voluntario concreto. En cambio, al hablar sí estamos haciendo algo donde la voluntad está implicada en cierta medida. Pero ¡pensemos en la mezcla que hay en el hablar entre lo voluntario e involuntario, lo querido y lo no querido! Uno debe aprender a hablar, pero lo hace de un modo que no requiere formar cada palabra conscientemente con un acto de voluntad; un elemento instintivo debe intervenir en el habla. Esto, al menos, es así en la vida cotidiana y suele caracterizar a quienes no son particularmente activos en su búsqueda espiritual. Pero cuanto más nos desligamos del elemento orgánico en nosotros y avanzamos hacia una actividad libre de esa implicación, más impregnamos nuestras acciones de pensamiento. Estornudar se debe completamente a causas orgánicas, y hablar, en gran parte, también. Caminar lo es mucho menos, y lo mismo ocurre con las cosas que hacemos con nuestras manos… A menos que seamos sonámbulos y actuemos en ese estado, nuestras acciones siempre van acompañadas de pensamientos. Imbuimos nuestras acciones con nuestro pensar, y cuanto más desarrollada está una acción, más impregnada está de pensamiento.
Ustedes ven, nos volvemos cada vez más interiores a medida que proyectamos nuestra energía individual en el pensar e irradiamos a través de éste nuestra voluntad. Proyectamos voluntad en el pensar y, al perfeccionar nuestra conducta, llegamos al punto de encarnar pensamientos en nuestras acciones. Hacemos que nuestros pensamientos irradien en las acciones que brotan de nuestra voluntad. Vivimos, desde el exterior hacia adentro, una vida de pensamiento, y al irradiarla con nuestra voluntad alcanzamos la libertad. A la inversa, desde el interior hacia afuera, nuestras acciones brotan de nuestra voluntad, y las impregnamos con pensamientos.
¿Pero cuál es el elemento que refina nuestras acciones? ¿Qué explica nuestra elevación hacia formas de comportamiento cada vez más perfectas? Las perfeccionamos cada vez más cultivando en nosotros una capacidad que solo puede describirse como devoción hacia el mundo que nos rodea. Cuanto mayor es nuestra devoción por éste, más nos incita este mundo circundante a la acción. Y es precisamente al encontrar el camino para entregarnos con devoción al mundo exterior como adquirimos la capacidad de impregnar nuestras acciones con pensamiento. Porque ¿qué es la devoción hacia el mundo que nos rodea? Esa devoción que nos colma y permea nuestras acciones con pensamientos es, simplemente, amor.
Así como alcanzamos la libertad al irradiar la vida del pensamiento con voluntad, alcanzamos el amor al impregnar la vida de la voluntad con pensamiento.
Solo mentes débiles podrían imaginar un mundo compuesto de átomos inmutables y eternos. Si pensamos de acuerdo con la realidad, concebimos la materia como algo que se disuelve continuamente hasta llegar al punto cero, y luego se reconstruye nuevamente desde la nada. Solo porque constantemente se está creando nueva materia para reemplazar la que ha desaparecido, es que se habla de la indestructibilidad de la materia. Quienes así piensan son víctimas del mismo error que cometerían si confundieran con originales unas copias de documentos que hubieran sido introducidos en un edificio, copiados allí, y luego destruidos los originales mediante el fuego. Como lo que sale del edificio se parece a lo que entró, se piensa que es lo mismo, cuando en realidad lo que ocurrió fue que los originales fueron destruidos y se hicieron duplicados. Eso es lo que ocurre en el proceso evolutivo del mundo, y es vital que la comprensión humana avance hasta captar esto. Porque allí donde en el ser humano la materia se desvanece y desaparece, y es reemplazada por materia nuevamente creada, allí encontramos la posibilidad de libertad —y también la posibilidad de amor. Libertad y amor están unidas, como lo indiqué en mi Filosofía de la Libertad”.
Ya en 1895, Steiner dejó escrito en las páginas de un libro de visitas una frase que expresa el motivo central de La Filosofía de la Libertad, una frase que apunta en la misma dirección:
Ciego a las debilidades de su amada es el ojo del amante,
¡eso dice el refrán!, que nunca me convenció:
En verdad, unicamente el ojo del amante puede ver…
ya que sólo éste puede reconocer las virtudes de su amada.
(Aforismos)
La conferencia titulada “El ser humano suprasensible y las cuestiones de la libertad de la voluntad y la inmortalidad, según los resultados de la ciencia espiritual”[10] llama la atención sobre pasajes de La Filosofía de la Libertad que tienen una relevancia significativa en relación con este tema:
“Hace veinticinco años, me pareció especialmente importante alzar una voz de protesta, dentro de una obra filosófica, contra un malentendido muy extendido, un malentendido que puede resumirse en la frase: “El amor nos vuelve ciegos.” Mostré que, por el contrario, el amor nos da visión. Nos conduce hacia un ámbito al que no podemos acceder si permanecemos encerrados de forma egoista en nuestro propio yo, y lo hace en el momento en que somos capaces de sacrificarnos lo suficiente como para vivir, con nuestras sensaciones, con nuestros sentimientos, en el ser del otro; vivir dentro de éste precisamente porque consideramos sagrada su independencia y no deseamos intervenir en ella con nuestro amor. No podemos llamar perfecto a un amor que quiere entrometerse en la naturaleza del ser amado y modificarla. Amamos verdaderamente cuando amamos a una persona por lo que ella es, hasta el punto de que quien ama se olvida de sí mismo. Cuando sentimos amor por alguien completamente independiente de nosotros, alguien a quien amamos verdaderamente justo porque llegamos a ser conscientes de su separación, y no tenemos el más mínimo deseo de influir sobre ésta persona con ningún matiz de nuestro egoísmo, cuando lo amamos solamente por amor suyo y no por nosotros, entonces ese sentimiento al que logramos elevarnos representa verdaderamente el ideal del amor que —estoy convencido— nos hace ver, no nos ciega. Este amor puede desarrollarse también hacia una acción, hacia aquello que reconocemos como necesario cuando nos entregamos a la contemplación pura de un acto. Entre las muchas y variadas acciones que surgen de nuestros deseos e instintos, puede haber otras que al menos se orienten en la dirección del impulso que realiza una acción únicamente por amor a ella. Este es el otro punto que desarrollé en aquel entonces en mi Filosofía de la Libertad, al afirmar que quien examina la idea de libertad pronto llega a darse cuenta de que solo aquellas acciones que nacen, en este sentido, del impulso del amor pueden ser verdaderamente libres. Por ahora, esto puede tomarse solo como una observación, pero ayuda a formarse al menos una idea del carácter que tiene una acción libre. Se llega a reconocer que no se está justificado en llamar libre a ningún otro tipo de acción. La única cuestión es si acciones de este tipo pueden tener cabida en la vida humana, si acciones nacidas del amor pueden convertirse en una realidad en la existencia del ser humano. Incluso si reconocemos que tal cosa —una acción nacida del amor— es posible en la vida humana, probablemente no podamos aún llamar libre al ser humano en la totalidad de su ser, sino que deberíamos decir, más bien, que se va aproximando a la libertad en la medida en que transforma su comportamiento en la dirección de convertir sus actos en acciones realizadas por amor.
Pero no se llega a comprender cabalmente estas dos cuestiones que he venido caracterizando si se las aborda con el espíritu de un estudio puramente externo y conceptual. Solo pueden ser captadas con la ayuda de métodos de la investigación científico-espirituales, que ahora debo proceder a describirles. En mis diversos libros he abordado con profundidad las medidas —o ejercicios, si se quiere— que el alma debe emprender para percibir el mundo espiritual con la misma claridad con la que los ojos físicos perciben el mundo sensible. Hoy, sin embargo, quiero llamar la atención sobre un punto especialmente adecuado para arrojar luz sobre las dos cuestiones que he venido tratando…
Hace veinticinco años, apliqué el término “pensamiento intuitivo” a lo que ahora describo como una cualidad del pensamiento puro nacido de la intuición, que se manifiesta no en conceptos lógicos, sino en ideas morales, cuando una persona actúa conforme a ellas. “Fantasía moral” fue el nombre que di a aquello que tal persona percibe viviendo imaginativamente dentro de sí. Cuando uno se hace consciente de que una inspiración inconsciente vive en un polo de su ser y una imaginación inconsciente en el otro, entonces se vuelve consciente de su parte inmortal. Aunque en la vida cotidiana esta conciencia permanezca en el nivel inconsciente o subconsciente, no por ello deja de estar presente. Está presente en las inspiraciones inconscientes, así como también en las ideas morales, independientemente de que sean correctas o erróneas; está presente en los momentos en que no estamos absorbidos por nosotros mismos, sino que desarrollamos —a través del calor del amor por una acción como la que he descrito— una energía que nos lleva más allá de los límites del interés propio.
Aquí se revela algo notable en la naturaleza humana. Cuando algo que normalmente está presente solo a nivel inconsciente —es decir, esta imaginación inconsciente que es una posesión personal y que, como describí, solo puede hacerse eficaz mediante el amor— actúa en conjunto con el pensar intuitivo o inspirado que brilla desde su propia esfera para iluminar las representaciones… cuando este pensar, que no nace de la parte mortal del ser humano sino de lo inmortal en él, actúa en conjunto con la imaginación que normalmente permanece inconsciente pero que adquiere en nosotros un carácter instintivo cuando concebimos amor por una acción… cuando, como digo, este amor instintivo —que es una expresión instintiva de la imaginación descrita— influye en una persona de tal modo que la impulsa a valerse, mediante la inspiración, de aquello que irradia hacia ella desde el tiempo anterior al nacimiento, lo imperecedero actúa sobre el elemento imperecedero en el ser humano. Una idea nacida del mundo inmortal, que experimentamos antes de nuestro nacimiento, actúa en conjunto con el elemento imperecedero que se manifiesta en el nivel inconsciente como imaginación y que vuelve nuevamente al mundo espiritual a través del umbral de la muerte.
Entonces, el ser humano es capaz de realizar acciones en las que su parte inmortal —que de otro modo solo se revela después de la muerte— se convierte en una fuerza efectiva durante su vida terrenal y actúa en conjunto con ideas libres que, a través de la inspiración, emergen del ámbito imperecedero en forma de impulsos que penetran en nuestras personalidades humanas antes del nacimiento. Esta es, entonces, la acción libre.
Esta libertad de acción es una potencialidad humana, y el ser humano es consciente de poseerla. Solo se llega a comprender lo que es la libertad cuando se reconoce que la imaginación inconsciente —que prepara nuestra vida después de la muerte— actúa en conjunto con la inspiración inconsciente, esta última una fuerza que emana de nuestra vida antes del nacimiento y que influye dentro de nuestras almas. Cuando una persona instintivamente realiza acciones guiada por el ser inmortal que hay en ella, está llevando a cabo actos libres, y el hecho de que tenga conciencia de estar actuando libremente no es más que un reflejo, la Fata Morgana, de su parte inmortal que yace en lo más profundo del componente suprasensible de la personalidad humana.
La relación del ser humano con la libertad no es tal que justifique decir, de manera absoluta, que es libre o no lo es. En sus acciones ordinarias, es ambas cosas: es libre y no lo es; está en camino hacia la libertad. Pero no llega a tomar verdadera conciencia de su libertad hasta que se hace consciente del ser inmortal del ser humano.
Hoy, para concluir, quiero resumir en dos frases lo que he venido desarrollando aquí como un estudio científico-espiritual sobre la libertad de acción y la inmortalidad del alma. Lo que he tratado de mostrar es que la libertad no puede ser entendida sin captar la inmortalidad, ni puede comprenderse la inmortalidad sin considerar la libertad como consecuencia de su realidad. El ser humano inmortal es un ser humano libre, y la voluntad que brota de lo inmortal en él es voluntad libre… Nuestras acciones ordinarias tienden en esa dirección. El ser humano mortal está en camino hacia la libertad. A medida que el ser humano mortal va haciendo cada vez más consciente al ser inmortal que hay en él, se vuelve consciente de su libertad. El ser humano ha nacido para la libertad, pero debe educarse a sí mismo para realizarla.
La Filosofía de la Libertad no es solo la fuente originaria de un nuevo pensar, sino también de una nueva voluntad, que brota de ese nuevo pensar. De allí surge un querer que es, al mismo tiempo, amor. Así, el individualismo ético se convierte en el fundamento de una verdadera acción social.
Notas al texto
[1] Steiner, Rudolf. Formación de comunidades antroposóficas. GA 257. Conferencia #1: Palabras de dolor, y búsqueda de conciencia, palabras que llaman a la conciencia de la responsabilidad. Enero 23 de 1923, Stuttgart. No traducido al español.
[2] Steiner, Rudolf. Formación de comunidades antroposóficas. GA 257. Conferencia #3: Nuevo pensamiento, nueva voluntad. Las tres fases del trabajo antroposófico. Febrero 6 de 1923, Stuttgart. No traducido al español.
[3] Una confirmación desde la experiencia personal del autor: Wolfgang Wachsmuth, director de la editorial Der Kommende Tag, y el editor de este libro, se encontraban en una conferencia con Rudolf Steiner. En el transcurso de la conversación, Steiner hizo la siguiente afirmación: “Nadie en la Sociedad Antroposófica posee tan poca autoridad como yo.” Ante esto, se encontró con dos rostros incrédulos y desconcertados. “¿No lo creen? Les daré un ejemplo. Cuando surgió la idea de construir un teatro para las representaciones de los dramas mistéricos, se me pidió que lo diseñara. Así lo hice, y entonces surgió la pregunta sobre su posible costo. Respondí: ‘Cinco o seis millones de marcos’, porque sé cómo funcionan estas cosas. Luego consultaron a un arquitecto, quien estimó entre quinientos y seiscientos mil marcos. Le creyeron a él en lugar de a mí. ¿Ven cuánta autoridad tengo en la Sociedad Antroposófica?” Y añadió con una chispa de humor: “Pero al final, el edificio terminó costando lo que yo había estimado.”
[4] Steiner, Rudolf. El enigma del hombre. GA 20. No traducido al español.
[5] Querer es el verbo que corresponde a la voluntad
[6] Steiner, Rudolf. ¿Cómo se adquiere el conocimiento de los mundos superiores?. GA 10. Editorial Rudolf Steiner
[7] Steiner, Rudolf. Formación de comunidades antroposóficas. GA 257. Conferencia #3: Nuevo pensamiento, nueva voluntad. Las tres fases del trabajo antroposófico. Febrero 6 de 1923, Stuttgart. No traducido al español
[8] Steiner, Rudolf. Saber terrestre y conocimiento celeste. GA 221. Lectura # 1: El hombre nocturno y el hombre diurno. No traducida al español.
[9] Steiner, Rudolf. El puente entre la espiritualidad cósmica y lo físico del hombre. La búsqueda de la nueva Isis, de la divina Sofía. GA 202. Conferencia: El camino hacia la libertad y el amor y su importancia en los acontecimientos mundiales, Diciembre 19 de 1920. No traducido al español
[10] Steiner, Rudolf. Conferencia suelta: “El ser humano suprasensible y las cuestiones de la libertad de la voluntad y la inmortalidad, según los resultados de la ciencia espiritual”. Título en alemán: “Der übersinnliche Mensch und die Fragen der Willensfreiheit und Seelenunsterblichkeit nach Ergebnissen der Geisteswissenschaft”. Dada en Munich, el 1ro de Mayo de 1918. Sin GA asociado.
[10]Laura Summers. Para conocer más sobre la obra de la artista, sus proyectos y cursos, puedes visitar la página web: http://www.laurasummer.com
Traducido de la versión en Inglés
Rudolf Steiner on his book The Philosophy of Freedom
Traducción: Carlos Andrés Guío
Acerca del autor
Otto Palmer
Médico de profesión, fue uno de los pioneros de la medicina antroposófica en Alemania. Siendo prisionero de guerra en Francia en 1919, en Albertville (Saboya), recibió su primer ejemplar de La Filosofía de la Libertad. En el campo de oficiales junto a otros soldados estudiaba las obras de Rudolf Steiner. Es Palmer quién introduce a Hermann Poppelbaum a la antroposofía, quién también fue hecho prisionero por los franceses.
Durante su estancia en la cárcel, comenzó su viaje de cuarenta y cinco años de estudio de las obras de Rudolf Steiner y la Antroposofía. Cuando publicó su libro Rudolf Steiner sobre su libro La filosofía de la libertad, había pasado muchos años estudiando y recopilando todas las referencias a La Filosofía de la Libertad que pudo encontrar en las obras y conferencias de Rudolf Steiner.
Autor de varios libros entre los que se encuentran: Rudolf Steiner über seine Philosophie der Freiheit; Rudolf Steiner und das Evangelium; Hat das Christentum noch eine Bedeutung für unsere Zeit ? Ein Wort an die, die glauben, diese Frage verneinen zu müssen, y Friedrich Rittelmeyer Versuch einer Würdigung
Continúo mi camino lento pero infinito de comprender viviendo la Filosofía de la libertad. Gracias.