La atención, un tesoro olvidado

“«Aunque hoy en día parezca ignorarse este hecho,

la formación de la facultad de atención es el objetivo verdadero

y casi el único interés de los estudios»

Simone Weil

De todos los tesoros que tiene el ser humano, ninguno pasa más desapercibido y es menos codiciado que la atención – por lo menos para el hombre común.  Dinero, belleza, poder, placer, posición social, lujos, etc, son visibles y por acceder a éstos se desatan guerras, rivalidades, envidias, traiciones y muertes.

Sorprende que un tesoro tan profundamente ligado a nuestra esencia no sea visto como tal.  Aunque quizás ese es el destino de todo lo esencial.

Sello distintivo de lo humano es la capacidad de prestar atención de forma libre.  El animal presta atención, pero lo hace dentro de los límites del instinto.  Los objetos de atención del animal son justo aquellos que cobran sentido dentro del repertorio de conductas y necesidades de la especie.  El ser humano, en cambio, puede prestar atención de forma libre, es decir, decidir por un acto de volición a que presta atención y que cosa ignora.  Por lo menos éste es el arquetipo que en principio tiene la atención humana.

El ser humano cuando esta sano es capaz de concentrarse, de “entregar su atención” a una tarea, a un pensamiento, a una percepción.  Tanto más saludable animicamente esta un ser humano, cuanto más puede dirigir su atención a los contenidos de su experiencia.

En la enfermedad anímica – por el contrario – la atención esta lesionada, encarcelada.  La persona enferma no puede “dejar de pensar”, la abruman flashback de experiencias pasadas, es incapaz de concentrarse en una tarea o sostener su atención sobre un decurso de pensamientos articulados de forma lógica.  A la persona se le imponen los contenidos de su propia conciencia.

Retornar a la salud implica por tanto el restituir a la atención su poder, su potencia.  En un sentido más profundo, “hacernos saludables”, desarrollar nuestro potencial humano, implica entrenar y fortalecer la capacidad de concentrarse con intensidad; no en vano, todo camino interior es un adiestramiento de la atención:  orar, meditar, estudiar, son prácticas atencionales.

Es una tragedia, teniendo en cuenta el valor central de la atención en la vida humana, el hecho de que hoy en día existan en nuestra cultura moderna y en nuestro diario vivir, tantas cosas que ejercen un efecto debilitante sobre nuestra facultad atencional:  distracciones provenientes de la publicidad, de las redes sociales, de la televisión, del streaming de contenidos, de la cultura del entretenimiento, de las apps que usamos en nuestros teléfonos que constantemente interrumpen toda actividad y encuentro, todas ellas invitaciones a “prestar atención” si, pero de forma sostenida “desde afuera”, desde el contenido entretenido y halagador para el sentir egoista, desde la imagen preelaborada que no requiere participación creadora del espectador, y todo esto en tiempos de duración más cortos, según la tendencia que puede observarse en las apps de moda.  Se reducen así, gradualmente, los espacios en la vida cotidiana para entrenar – a través del esfuerzo diligente proveniente del interior de la persona – el pensar, la memoria, el sentir artístico, la voluntad.  Lo humano se evanesce de esta manera.

Resulta irónico que la industria y la tecnología, creadas gracias al pensar y a la atención humanas, sean ahora las que capturen y debiliten nuestra atención y pensar.  Es claro que hoy en día hay una economía fundamentada sobre el control y gestión de la atención de grupos inmensos de personas.  Las corporaciones cuentan los minutos y segundos que pasamos “conectados” y buscan la forma de que estos tiempos de conexión se incrementen cada vez más.  Surge la pregunta:  ¿Qué va a pasar con nosotros? ¿Qué ocurrirá con nuestras facultades esenciales si no tomamos una postura frente a todo esto?

Hoy más que nunca necesitamos un gimnasio para nuestra atención.  Una práctica deliberada de concentración es un remedio infaltable en el botiquín personal, que hoy en día todos debemos conocer y aprender a usar.  Sobre esto en un próximo artículo.

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Sobre el autor

Carlos Andrés Guío Díaz

Psicólogo egresado de la Universidad Nacional de Colombia. Consulta privada en psicología clínica en Bogotá D.C desde el año 2010.    Formación de posgrado en  Psicoterapia antroposófica, durante los años 2015-2019 en el contexto del International Postgraduate Medical Training (IPMT). Coordinador a nivel  Colombia, de las actividades de estudio y formación en Psicoterapia antroposófica.  Miembro de ADMAC  (Asociación para el desarrollo de la medicina antroposófica en Colombia)

www.carlosguiodiaz.com

Esta entrada tiene 3 comentarios

  1. Jorge Vega

    Excelente artículo Carlos
    Capturaste plenamente mi atención y despertaste aspectos nuevos de mi atención
    Mil Gracias

  2. Ana Josefa Velez Tovar

    Que extraordinario y «, atento» artículo, nos adentra en ese grandioso y misterioso tesoro del pensar, que si no lo llevamos al misterio del sentir y del actuar se aleja de lo que realmente da sentido y significado a nuestro cotidiano vivir, hacer «gimnasia» espiritual de la atención en un universo tan tecnológico y tan «atencionado» y «en» redado», nos implica adentrarnos más en nosotros para tener la capacidad de observar, atender y resolver asertivamente la realidad. Gracias Carlos Andrés, por tan significativa reflexión.

    1. adm@c6

      Muchas gracias por tu comentario. Comparto la idea de que en el pensar tenemos un maravilloso don, y que en la educación de la atención esta la puerta para vivir una vida en mayor profundidad y plenitud

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