Orígenes del malestar psíquico

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Tras numerosas especializaciones (Psicología Profunda, Bioenergética, Sexología, Psicología Transaccional e Hipnosis) y cuarenta y seis años de actividad psicoterapéutica me siento capaz de aventurar una afirmación que, tomada en su inmediatez, puede parecer reduccionista y simplista, pero que enmarcada en la visión ampliada del mundo propia de la ciencia espiritual antroposófica, muestra toda su complejidad.

Así que veamos: la creencia a la que he llegado después de tantos años de investigación es que, sea cual sea el trastorno registrado (neurosis obsesivo-compulsiva, depresión, histeria, ataques de pánico, trastornos alimentarios, adicciones varias, disfunciones sexuales o trastornos de personalidad), y cualquiera que sea la edad en que se manifieste, el origen siempre se esconde en los años de desarrollo (de cero a catorce años, a veces incluso un poco más allá) y tiene sus raíces en el ambiente expresado por la familia en la que se nació.

Naturalmente, soy muy consciente de lo absurda y retrógrada que puede parecer esta afirmación que hago, aunque solo sea por el simple hecho de que, en cierto modo, fue precisamente de esta hipótesis de la que partí cuando aún era muy joven en mi primer acercamiento al psicoanálisis freudiano, inmediatamente superado gracias a la desmaterialización del así llamado hecho traumático propuesta por la psicología profunda de C.G. Jung. No obstante, el mismo Jung había sido claro en sus famosas «Conferencias americanas» (las de 1912), afirmando que el origen de cualquier trastorno psíquico registrado incluso en la vejez siempre debe buscarse en los primeros años de formación de la personalidad. Sin embargo, alejándose cada vez más de Freud y descubriendo poco a poco la absoluta y plena autonomía del alma humana, Jung terminó desviando su atención hacia las dinámicas arquetípicas vivenciadas por cada uno de sus pacientes individuales y hacia los recursos originales y creativos con los que cada uno de ellos. había respondido a la «escenografía teatral» del entorno familiar en el que nació.

¡Nada que objetar!

Sus observaciones eran indiscutibles y, a lo largo de los años, tuve cientos de ocasiones de observar cómo de ambientes familiares más que terribles habían surgido (al menos en contadas ocasiones) hombres y mujeres extraordinarios, suficientemente equilibrados y centrados en sí mismos,. Si bien también hubo casos en los que, situaciones no tan dramáticas, lograron desestabilizar personas que luego lucharían siempre por encontrar su sano equilibrio y su verdadero centro interior.

En oposición al reduccionismo materialista de todas aquellas teorías psicológicas (y todavía hay muchas hoy en día) que siempre necesitan rastrear un «culpable» para justificar causalmente las neurosis de las personas, el camino arquetípico que ofrece la Psicología Profunda para la realización de la propia individuación siempre ha representado la respuesta más elegante y refinada a los misterios del alma humana. Por no hablar de que, gracias a esta visión de la vida y la realidad, Jung había al menos entreabierto un destello sobre el destino ( karma ) de cada ser humano y sobre el equilibrio muy delicado entre «condicionamiento, oportunidad y libre elección» que cada persona encuentra cada día de su  vida.

Como estudiante muy joven todavía en formación psicoanalítica me fascinó la visión más amplia de Jung, también porque en esos mismos años (1970) comencé a acercarme a Massimo Scaligero y la Antroposofía de Rudolf Steiner. Sin embargo, no podía dejar de considerar los sentidos llamamientos de autores como David Cooper, Ronald Laing, Thomas Szasz, Silvano Arieti y Francesco Basaglia, algunos de los cuales mezclaban valientes aperturas sobre la originalidad espiritual e irrepetible del destino de todo hombre ( Laing y Szasz) con la identificación de las causalidades familiares y sociales que fueron responsables de muchos «colapsos» psíquicos (Cooper y Basaglia).

Aunque las dos visiones del malestar mental (intrasubjetiva o por el contrario, condicionada) pudieran parecer opuestas y contrarias, de alguna manera las mantuve dentro de la visión del mundo y de la vida que estaba desarrollando, creyendo que mi tarea específica sería la de mediar entre las dos, ofreciendo de vez en cuando a los pacientes  una especie de síntesis equilibrada entre esas dos polaridades.

Debo admitir que siempre me he mantenido fiel a esas consideraciones juveniles; sin embargo, nunca estoy satisfecho con las respuestas que podría dar al «¿Por qué?» de mis pacientes y la ayuda que podía ofrecerles, nunca dejé de permanecer abierto al misterio del sufrimiento psíquico y sus verdaderas causas, internas o externas. Y el tiempo, esa ayuda extraordinaria que nos han dado los Dioses, ha madurado mis consideraciones originales, permitiéndoles adquirir una profundidad que antes no tenían y que ahora espero poder transmitir a mis lectores.

En efecto, en uno de los últimos artículos publicados por mí, titulado «Fundamentos esotéricos de los síntomas psíquicos», tras relatar las consideraciones de Rudolf Steiner sobre el profundo daño que ejerce cualquier experiencia familiar o social malsana sobre la organización espiritual-anímico-corpórea aún no madurada por el niño o la niña, dado que carece de ese filtro objetivo representado por el «pensamiento» lógico-abstracto-racional que aparece sólo después de los catorce – dieciséis años, traté de volver a proponer una síntesis extrema de la visión oculta propuesta por Massimo Scaligero en su libro «Psicoterapia[1]«. Porque ese texto – difícil incluso para la mayoría de sus discípulos-, contiene la descripción mucho más lúcida de esos núcleos originales de malestar psíquico que otros psiquiatras y psicoanalistas ya habían descrito como «parásitos anímicos» o «fantasmas psíquicos» o «vórtices energéticos» emancipados de la estructura psíquica ordinaria del paciente evaluado. Scaligero, gracias a la experiencia directa posible sólo a un «pensar libre de los sentidos», en ese libro los describe como «Memorias de tiempo» fijadas en el fluir del cuerpo etérico de una determinada individualidad.

Con otra imagen, aunque menos objetiva que la descripción de Scaligero, uno podría imaginar estos «vórtices energéticos» como si fuesen originados a partir de sedimentos, o tal vez mejor de estructuras rocosas inmóviles que interrumpen o dividen el flujo equilibrado y armonioso del cuerpo etérico del ‘ ser humano. Podrían imaginarse como rocas de granito colocadas en medio del cauce de un río… cuyas aguas, al encontrarse con estas rocas, generan olas, remolinos, torbellinos o contracorrientes potentes y persistentes.

El cuerpo etérico humano, el cual no vive en el tiempo, siendo más bien la «sustancia misma del tiempo», se manifiesta en un flujo imparable de «corrientes» que, como bien lo experimenta cualquiera que practica la euritmia[2], moldea los órganos del cuerpo y actúa como un mediador entre ellos y el pensar, sentir y querer de la vida del alma. Y es precisamente este flujo fluido y libre el que se ve alterado por la presencia de «sedimentos de granito» inmóviles y, de hecho, persistentes. El origen de estos «sedimentos», sin embargo, aunque no siempre, muy a menudo se encuentra en las experiencias primordiales vividas por todo ser humano durante los años evolutivos. Experiencias que, repito, precisamente por ser primordiales, son siempre de carácter sensorial o emocional.

Con esto estamos a años luz tanto de los hechos traumáticos de naturaleza sexual (sufridos o perpetrados) hipotetizados por el «Método Catártico» del primer Freud, así como de la naturaleza pervertida del instinto sexual humano, hipotetizados por el Psicoanálisis freudiano en sustitución de la ausencia de los hechos traumáticos supuestos en el origen. Pero también estamos lejos de dinámicas arquetípicas, como las investigadas por la Psicología profunda junguiana, que se habrían pervertido de manera autónoma y misteriosa. Más bien, a menudo es fácil ver cómo tales «momentos evolutivos arquetípicos» pueden haberse pervertido precisamente gracias a la falta de correspondencia entre el Arquetipo y aquel (o aquellos) que deberían haberlo reflejado en el nivel de la experiencia terrena.

Pondré un ejemplo una vez más: el arquetipo de la Gran Madre, al menos según el psicoanalista junguiano Erich Neumann, presenta en relación a su prole un Carácter Elemental Positivo (alimentación, amor, cuidado, protección, reconocimiento) y otro Negativo (fagocitación, retención, amor egoísta, condicionamiento); un Carácter Transformador Positivo (apoyo, aliento, confianza, exhortación) y uno Negativo (control, apatía, disolución, muerte). Ahora bien, el Arquetipo debería poder manifestar estas características de manera latente, es decir, en un grado siempre subliminal con respecto a las fuerzas que la descendencia deberá activar para superar esta polaridad simbólica intrínseca. Además, es precisamente la polaridad intrínseca del Arquetipo la que, ofreciendo momentos de activación alternada (por ejemplo, entre madre-hada y madre-bruja), permite a la descendencia superar la fase «materna» surfeando, por así decirlo, como en una especie de flujo de onda. Pero, ¿qué sucede si algunos de estos elementos arquetípicos intrínsecos, en lugar de presentarse de forma subliminal, se amplifican en exceso, a menudo unilateralizándose?

 

 

Un paciente de veintiocho años tiene sobrepeso y padece una bulimia imposible de superar para él. Después de escuchar su historia y de haber vislumbrado el desamor de su madre, aprovechando su todavía relativa corta edad, le sugerí que preguntara a sus abuelos (todavía vivos) si recordaban elementos particulares o curiosos de cuando él era muy pequeño. Para nuestra común y gran sorpresa, resultó que la jovencisima madre, quizás aún no madura para la experiencia de crianza, se quejaba de aburrimiento y molestia durante los frecuentes momentos de amamantamiento de su hijo recién nacido y, por lo tanto, había ideado, en contra del consejo de sus suegros, la estratagema de telefonear a sus amigas en ese mismo momento, y hablar animadamente con ellas. Es probable que la joven madre simplemente no quisiera tomar conciencia de la enorme importancia que tiene  la mirada de la madre, que se posa en los ojos de sus hijos mientras maman del pecho, de las caricias afectuosas en sus mejillas y de las dulces palabras que deben ser susurradas en ese momento particular. De ahí que el niño hubiera mamado una leche que, aunque nutritiva desde el punto de vista biológico, estaba desprovista de ese calor, ese amor y ese reconocimiento que sólo los ojos de una madre locamente enamorada de su hijo saben y pueden transmitir. Esa leche estaba envenenada…

Una paciente de treinta y cinco años, que había obtenido brillantes resultados profesionales en su trabajo, sufre devastadores ataques de pánico y una necesidad compulsiva de tener siempre bajo control su vida. Una vida durante la cual, gracias a cierto atractivo físico, había cosechado más hombres e historias y amores de los que uno podría imaginar viéndola de pasada. Reservada y casi tímida, pero en todo caso siempre acogedora y disponible a las aproximaciones de los hombres, de golpe era capaz de pasar a una ostentosa indiferencia hacia el amante de turno, negándose a justificar en modo alguno el desapego y la desaparición que seguían a continuación. La familia de la que procedía era una clásica fachada a la relación mórbidamente dependiente de su madre con un marido «Playboy» y putero. El cual, como si nada, había escogido a su propia hija como confidente de sus éxitos e incluso a menudo la «utilizaba» para acercarse, en los parques infantiles, a las jóvenes madres insatisfechas con su relación marital.

Una paciente de 17 años, estudiante modelo y selección nacional juvenil de gimnasia acrobática, desarrolló anorexia que en pocos meses la redujo a pesar menos de treinta y siete kilogramos. La familia parece impecable: el padre es un cirujano de renombre internacional, la madre es profesora universitaria, son muy unidos y capaces de auténticos intercambios afectivos entre ellos y con sus tres hijos. Hará falta mucho tiempo y mucha sensibilidad para descubrir, detrás de la respetabilidad burguesa de esta familia, el alto grado de narcisismo de ambos padres (famoso cirujano, además de practicante de deportes extremos como el kayak de cascadas, paracaidismo, surf acrobático, escalada, esquí de montaña, descenso y submarinismo. Ella, una mujer sofisticada y ostentosa, siempre muy atenta a su imagen, en realidad la dominatriz oculta de su núcleo familiar).

Un hombre soltero de 48 años, de buena presencia física, cultura discreta y excelente desempeño profesional, codiciado por muchas de las mujeres que encuentra en la vida, esconde en realidad una profunda inseguridad, desconfianza hacia los demás, recelos y temores de diversa índole. … y, por si fuera poco, acusa vergonzosas dificultades en su relación íntima con las mujeres a las que deja acercarse. Es hijo de una familia sencilla, que vivía en un pueblo olvidado de Abruzzo.  Su madre ama de casa, madre opaca y poco afectuosa.  El padre tabernero de la única taberna de la zona, es un hombre ignorante, encerrado en sí mismo, gruñón, colérico… y ha elegido a su hijo como único blanco de sus exabruptos. Un hijo que, hasta que se vaya de casa para ir a la universidad, siempre será considerado por él como un inepto, un incapaz, un irresponsable, un tonto indigno de toda confianza.

Este no es el lugar para detenerme sobre  la estricta «lógica emocional» de las patologías de estos cuatro pacientes míos, también porque esta estricta lógica muestra su inevitabilidad solo si se observa «después» de que ha ocurrido. En realidad, el primer paciente podría haberse vuelto esquizofrénico en lugar de bulímico, la segunda paciente podría haberse vuelto anorgásmica u homosexual, la tercera podría haber desarrollado un trastorno de personalidad narcisista similar al de sus padres y el cuarto podría haber desarrollado el mismo trastorno narcisista como compensación neurótica por la grave falta de reconocimiento del yo masculino experimentado como niño y adolescente.

Lo que ahora será más interesante de observar, sin embargo, es la más que evidente extrañeza de los impulsos neuróticos de estos pacientes a su yo más profundo que, en realidad, parecía más una víctima que el libre artífice de su propia vida . Las heridas de estos pacientes eran muy profundas, se hundían en los inicios de la formación de su identidad terrenal, cuando todavía carecían de palabras y reflexiones con las que, en el momento en que las sufrieron, habrían podido al menos en parte ser despotencializadas. No en vano » Le parole per dirlo»[1] es el título de la novela autobiográfica con la que la escritora francesa Marie Cardinal, en 1975, contando su propia experiencia psicoanalítica, logró un mayor reconocimiento público.

Sin embargo, aún encontrando más tarde, en la edad adulta, y gracias a un válido camino de introspección, las palabras para contar lo vivido, las cicatrices tienden a quedar… están ahí, como “memorias de tiempo” que -subraya Scaligero- no son recuerdos mentales, sino alteraciones energéticas fijadas de una vez por todas y que interrumpen el libre fluir de las corrientes etéricas. “Memorias de tiempo” que muchas veces, aunque no siempre, parecen autónomas, emancipadas e independientes de la individualidad adulta que, a través de la toma de conciencia, ahora por fin las reconoce, las denuncia, las acusa… pero no puede sustraerse a sus efectos.

A pesar de esto, ¡la solución existe! Puede ser más o menos difícil de conseguir, pero hay… quién pueda proponerse conseguirlo, y es mi intención mencionar esta posibilidad. Porque en realidad estos «bloqueos» o «sedimentos» o «parásitos anímicos» son alteraciones del «Campo Bioeléctrico» que podemos considerar el mediador entre el organismo físico verdadero y el cuerpo etérico. Y este «Campo» debería poder ser alcanzable (y por lo tanto modificable) tanto desde abajo (a través de sustancias dinamizadas) como desde arriba (a través de actividades interiores liberadas del soporte neurosensorial).

Mencionaré, por tanto, estas posibilidades no sin antes haber reafirmado con fuerza que, en todo caso, ahora después de tantos años de experiencia en el campo, me parece ahora más que evidente que la mayoría de las neurosis del hombre y la mujer modernos hunden sus raíces en las atmósferas emocionales respiradas durante los años formativos de su individualidad. Casi nunca son expresión de «hechos» sino precisamente de «atmósferas»… Pero tampoco son el resultado de irrupciones arquetípicas gratuitas, desprovistas de un porqué o de un desencadenante alguno.

Para complicar las cosas, como si todo esto fuera poco, también debemos considerar por qué un hombre o una mujer elegirán esa respuesta sintomática «particular», y no otra, a los obstáculos evolutivos encontrados. En general, el problema se simplifica al observar cómo todos llegan al mundo no sólo con un bagaje orgánico-morfológico hereditario bien definido y un temperamento específico, sino también con facultades, inclinaciones, talentos y potencialidades latentes que, aunque no estén específicamente desarrollados, desempeñará un papel importante en la elección de la respuesta neurótica al entorno insalubre en el que uno nacerá. Pero en una inspección más cercana, si tomamos en serio las investigaciones de Rudolf Steiner, que le revelaron cuán a menudo, aunque no siempre, es la individualidad espiritual del niño por nacer lo que une a la pareja de padres de la que nacerá, nos veríamos obligados a concluir que cada uno es siempre al menos copartícipe de la construcción de su propio destino. El cruce de esas cadenas hereditarias parentales específicas, de hecho, en ese período histórico particular y en esa cultura y/o sociedad particular, fueron necesarios para realizar el bagaje de características somáticas, biológicas y temperamentales de la nueva encarnación, así como las oportunidades favorables o más bien las dificultades que encontrará para madurar su naturaleza espiritual.

Si estas arriesgadas consideraciones pueden considerarse fiables, entonces de ahí se sigue que aun reconociendo la importancia del momento evolutivo en el que se infligieron esas heridas y el papel de quienes las causaron, la atención se desplaza hacia el significado kármico de los hechos vividos y, al mismo tiempo, al mismo tiempo, indica el nivel al que se necesitaría llegar para poder debilitarlos. Porque, una vez más, el último de los objetivos que una psicoterapia sana debe fijarse es el de identificar verdaderos o presuntos culpables sobre los que autoengañarse para poder descargar la ira acumulada en tanto sufrimiento.

Si hay solución a los nudos kármicos que el hombre lleva consigo al nacer, y a los «Vórtices Energéticos» provocados por la sedimentación de aquellas dolorosas experiencias en las corrientes etéricas, entonces esa solución debe buscarse en otra parte.

Y una vez más, y esta vez podríamos decir: “Una sorpresa…” es que encontramos un válido indicio al respecto en Jung:

» Muy a menudo «, escribió Jung con su propia puño y letra, » he visto con qué facilidad algunas personas superaban un problema en el que otras fracasaban por completo. Esta «superación», como la llamé en el pasado, resultó —como me lo reveló mi experiencia posterior— de una elevación del nivel de conciencia. Es decir, cuando en el horizonte del paciente aparecía un interés más elevado y más amplio, el problema insoluble perdía toda urgencia gracias a esta ampliación de sus puntos de vista. Por lo tanto, no se resolvió de manera lógica per se, sino que se desvaneció frente a una nueva y más fuerte orientación de la existencia. No se reprimió ni se volvió inconsciente, sino que simplemente apareció bajo otra luz y, por lo tanto, se volvió verdaderamente diferente. Lo que en un nivel inferior hubiera dado lugar a los más salvajes conflictos y temibles tormentas emocionales ahora aparecía, considerado por el nivel superior de la personalidad, como una tormenta en el valle vista desde la cima de una montaña. Con esto no se quita nada a la tempestad de su realidad, sino que ya no se está dentro de ella, sino por encima de ella.

Por supuesto… este pasaje está tomado de El Libro Rojo … una especie de diario secreto (no es casualidad que se publicó póstumamente, recién en 2002) en el que Jung, en plena crisis epistemológica, a partir de 1913 realizó su propia investigación imaginativa sobre el significado de la aventura humana y sobre la naturaleza última del hombre. Nunca encontró una verdadera «práctica» para acceder a esa dimensión espiritual que vagamente intuía y que a veces experimentaba, pero no se le puede imputar de  haber sido completamente insensible al problema. Y podemos acoger sus observaciones como el testimonio de un gran terapeuta sobre la necesidad de traspasar los límites de la conciencia ordinaria, basada en el sistema neurosensorial.

Rudolf Steiner y Massimo Scaligero, si bien de forma indirecta, han indicado y definido bien las técnicas necesarias para desvincularse de la cerebralidad pero, obviamente, no se puede esperar que todos aquellos que presentan un malestar psíquico respondan a un interés por la investigación espiritual. Lo cual, además, no puede referirse a una espiritualidad ortodoxa genérica, orientalista o tradicionalista. Sin restarle valor a éstas orientaciones, esto no es lo que necesita el hombre moderno contemporáneo. Más bien, se necesitaría una ciencia del espíritu. El bisturí de un cirujano no se mueve sobre el cuerpo de un paciente confiando en la buena voluntad del portador. Por el contrario, requiere un «protocolo» basado en un conocimiento preciso de cómo, dónde y con qué profundidad debe actuar el cirujano. Cómo habrá de suturar… y cuáles serán los efectos que se producirán.

Barbara Ann Brennann, terapeuta espiritual dotada de extraordinarias facultades visionarias y operativas sobre los cuerpos sutiles de los pacientes, en sus dos libros ( Hands of Light y Emerging Light[2] ) nos ofrece una descripción precisa de la rigurosidad de estos protocolos… pero una vez más ella es no es capaz de indicar una «práctica» real a través de la cual lograr estas habilidades. De su biografía, en cambio, se desprende que tenía un potencial innato desde niña, al igual que es muy probable que Bruno Groning, Edgar Cayce o Maitre Philippe lo tuvieran desde muy pequeños.

Por lo tanto, recapitulando, me parece obvio que el primer paso necesario para que cualquiera logre una especie de sanación interior o, en otras palabras, para llegar al fondo del nudo del destino que tantos malestares le ha producido, es emprender un buen y profundo análisis. Un análisis abierto, no tanto o no sólo sobre la identificación de los hechos y personas que provocaron el bloqueo, sino sobre la posibilidad de dar voz a las profundas emociones que han producido esas “atmósferas”. Y hasta aquí, diría yo, se va cuesta abajo. El ascenso comienza más tarde, cuando el yo del paciente debe distanciarse de los agentes y eventos que han circunstanciado sus síntomas y tratar de actuar directamente sobre los «depósitos mnemotécnicos» que perturban el flujo armónico de su cuerpo etérico. Con mucha frecuencia, y por fortuna, la resonancia de la intencionalidad del terapeuta y del paciente (transferencia )  logra discretos éxitos… sin embargo, es necesario admitir que hay un verdadero muro vertical que superar para hablar de una superación definitiva del propio nudo kármico. La operación necesaria, por lo tanto, como tal es verdaderamente un Arte Mágico… y puede realizarse: 1) gracias a la capacidad del paciente para superar el propio límite de su pensamiento reflejo ordinario (por ejemplo según las indicaciones dadas por Massimo Scaligero en su libro Guarire con il pensiero[3], o:  2) gracias a la capacidad del terapeuta de ser operativo en el sistema energético de sus pacientes.

Ciertamente, incluso para los terapeutas veteranos, comprometidos en su propio viaje interior personal, no es fácil alcanzar tales niveles de operatividad. Mucho menos será para los terapeutas del mañana… dado que ya hoy en las universidades de Psicología se han proscrito todas las teorías humanistas y, en adoración dogmática al materialismo más siniestro y al transhumanismo emergente, sólo se enseñan neurociencias, teorías y técnicas de evaluación por test, conductismo y cognitivismo. .

Por el momento, por lo tanto, solo podemos esperar que las indicaciones dadas por Rudolf Steiner y Massimo Scaligero puedan sobrevivir al oscurantismo cultural y espiritual actual… e inspirar a tantos jóvenes terapeutas de buena voluntad, futuros profesionales independientes capaces de intuir que, por difícil que sea, esa es la única praxis hacia la que recurrir para “curar” en primer lugar a uno mismo, y luego a todos aquellos que tendrán la suerte de encontrar.

[1] Scaligero, Massimo.  Psicoterapia.  Fondamenti esoterici.  Editoriale Perseo, Roma. 1974

[2] Euritmia:  Arte del movimiento creado en el año 1912 por Rudolf Steiner.  Etimológicamente significa: ritmo bello y armonioso (eu: bello, armonioso, y ritmia: movimiento, ritmo).  También Steiner la denominó como “Canto visible” o “palabra visible”.  En euritmia cada vocal y cada consonante tienen un movimiento propio, conformando un alfabeto plástico y colorido.

[1] Marie Cardinal.  Las palabras para decirlo.  Editorial Noguer y Caralt, Barcelona, 2000

[2] Barbara Ann Brennan.  Manos que curan (Hands of light) y Hagase la Luz (Emerfing Light).

[3] Massimo Scaligero.  Guarire con il pensiero (Curarse con el pensamiento).  Edizione Mediterranee.  Roma, 2006

NOTA: 

Publicado originalmente en la plataforma digital Medium (www.medium.com) el 10 de Junio de 2021. 

Traducido del italiano y publicado en ADMAC con el permiso del autor.

Puede accederse al artículo original en el siguiente enlace: 

Origini del disagio psichico

Traducción del italiano:  Carlos Andrés Guío

Sobre el autor

Piero Priorini

Profesional en Derecho (1974) y en Psicología (1983) por la Universidad La Sapienza de Roma. Formación en psicología profunda en el Instituto Junguiano G.A.P.A. (Gruppo Autonomo Psicologia Analitica). Trabaja como psicoanalista junguiano autónomo desde el año 1976. A lo largo de los años ha asistido a cursos de formación en Sexología, Bioenergética, Psicología Transaccional e Hipnosis.

La antroposofía ha ocupado un lugar central en su vida desde la década de los 70 como materia de estudio y práctica interior. Tuvo la oportunidad de ser un estudiante del antroposofo italiano Massimo Scaligero.  

Autor de varios libros entre los que se destacan:  “Per una nuova psicoterapia. La strada dell’antroposofia per l’umano di oggi e del futuro”, y “La realtà della realtà. L’avventura della conoscenza tra percezione e concetto”, que se ocupan de  aspectos fundamentales  para una psicoterapia orientada desde la antroposofía.  Igualmente es autor de numerosos artículos en el ambito de la psicoterapia.

Vive en Roma.

https://www.pieropriorini.it/

https://medium.com/@pieropriorini

 

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