Tres caminos de sanación

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Tomado del libro “Guarire con il pensiero” de Massimo Scaligero, páginas 117 a 122

Cuando la enfermedad física apremia, se ofrecen al hombre tres caminos de sanación: I) el camino de la concentración profunda, II) el camino de la relajación absoluta, III) el camino de la oración. Uno no excluye al otro, es más, puede acompañarse de los otros, siempre que cada uno pueda practicarse en sí mismo según la virtud de su singularidad.

  1. La concentración

El camino de la concentración consiste, como ya se ha señalado, en el sumergirse en un pensamiento incorpóreo, es decir, ajeno a la situación del cuerpo. Se parte del principio de que el pensamiento es en sí autónomo, en realidad no tiene nada que ver con las condiciones del cuerpo. Un matemático puede pensar el teorema de Pitágoras, incluso cuando está resfriado: de hecho, puede identificarse mejor con el tema matemático si aprovecha su absoluto distanciamiento con las condiciones corporales. El pensamiento lleva dentro de sí una autonomía constitucional respecto de las condiciones corporales que, cuando se realiza, se convierte en un vehículo de la sanación. En realidad, el pensamiento autónomo abre la puerta a las fuerzas del Yo superior, es decir, al Principio que, como presencia originaria, implementa el auténtico orden en la estructura humana, desde la psique al cuerpo etérico, hasta el cuerpo físico.

Se trata de sumergirse sin limitaciones en cualquier pensamiento, que sea claro, conciso, fácilmente comprensible o perseguible. Debe ser pensado con la máxima intensidad: esto equivale a un entregarse a éste, abandonandose sin reservas. Mientras se piensa este pensamiento con la máxima fuerza, es sabio no realizar esfuerzo alguno, porque la fuerza máxima debe ser interior, incorpórea, extracorpórea, mientras que el esfuerzo implica una participación, aunque sea mínimamente tensa, de la corporeidad, es decir, del sistema nervioso. Lo que importa es precisamente la incorporeidad del esfuerzo de la concentración: cuanto más se desarrolla fuera del cuerpo, más se combina con la fuerza capaz de descender en lo corporeo como virtud transformadora,  sanadora.

  1. la relajación (la entrega)

La relajación (o entrega) es una actitud de renuncia a cualquier defensa, y un entregarse inerte, con genuina inmediatez, a las Fuerzas originarias. Se trata de una operación sutil de la voluntad. A pesar de que parezca una actitud de abdicación y debilidad, en realidad se trata de un acto mágico, cuya fuerza metafísica consiste en la ofrenda de la propia condición de verdad ante el Mundo Espiritual. En esencia es un acto del Yo hacia el Yo Superior, en relación a la crisis que se atraviesa: la capacidad de objetivar esa impotencia espiritual que responde a la realidad actual de la naturaleza humana: respecto de la cual llegamos a ser sumamente veraces y al mismo tiempo operantes según el apagarse de las veleidades. Nos entregamos tal como somos objetivamente y con la consonancia necesaria, a las Fuerzas originarias, capaces de obrar con autoridad en la naturaleza corpórea.

Esta relajación no tiene nada que ver con lo que normalmente se entiende por este término en un tipo moderno de disciplina psíquica, presumiblemente relacionada con la Yoga. No se trata de esa distensión muscular o nerviosa, a voluntad, que deja inalterada la tensión de fondo del pensamiento vinculado con el órgano cerebral, y por tanto a todo el sistema nervioso: se trata más bien de un real abandono de sí mismo a las Fuerzas, gracias a un acto interior absoluto, mediado por un sentimiento o imagen de impotencia en el umbral de la Potencia verdadera. Se requiere la acción más sutil de la voluntad: esencialmente un acto de ofrenda o entrega absoluta, en la que viene asumida como fuerza mediadora el sufrimiento.

Cuanto más hay abandono de sí mismo, tanto más el impulso volitivo individual se identifica con el poder de profundidad del Yo. Este poder es originario, pero inmediato, porque por lo general es querido inconscientemente en el ego, ascendiendo como apetito desde la esfera instintiva. Es un querer absolutamente libre que, como se verá en el párrafo siguiente, a nivel egoico, carente de determinación consciente, puede querer tanto lo Divino como el mundo inferior. El quererlo radicalmente es un entregarse, tal como uno es realmente, a la Fuerza originaria, libre de veleidades mentales: un ofrecerse que sin embargo puede ocurrir por pura actividad del Yo. No se trata de un abandono inerte, sino de un abandono que exige una autoaniquilación categórica, una voluntad pura, la desaparición de la presunción egoica: la presencia esencial de uno mismo en la propia aniquilación, razón por la cual uno se entrega inmóvil en manos de la Fuerza. Es necesario saberse sentir morir y en el morir renacer. Una operación del Yo a través del ego.

Es un acto mágico que hace de la extrema debilidad el comienzo de la máxima Fuerza. En esencia, si se observa, uno cesa de oponerse al proceso del mal, en cuanto en éste están ya sutilmente incluidas las fuerzas sanadoras: se transforma el mal en fuerza sanadora, liberándose uno de la sensación del mal, mediante el desvinculamiento del alma del cuerpo etérico-físico: se garantiza una autonomía positiva al cuerpo etérico-fisico:  que se vuelve a sintonizar con las fuerzas originarias. En realidad, normalmente se sufre, porque hay una lucha formal entre dos tipos de fuerzas, que en esencia son una. Es necesario no oponerse a las sutiles u ocultas fuerzas sanadoras que obran a través del éter superior del pensamiento.

Se trata de no resistir: no luchar contra la debilidad, sino llevarla hasta sus últimas consecuencias. Estar esencialmente despierto, consciente, hasta el punto de poder abandonarse voluntariamente al poder de la debilidad, sin resistir al mal: encontrar en la raíz lo que el mal realmente esconde: el flujo del éter superior. El mal exige ser conocido como portador de la fuerza regeneradora a la cual el cuerpo se opone, porque, aferrándose al cliché animal, teme su propia transformación. En otro lugar (ver el libro Magia Sacra[1], páginas 163 y siguientes) se ha podido señalar cómo el mal físico es un estado inconsciente de concentración profunda, que requiere volverse concentración consciente, según la intención suprasensible de la cual se mueve: la fuerza regeneradora exige que se le abra cognitivamente la puerta.

III. La oración

La oración es también un acto de carácter mágico, tanto más eficaz cuanto menos se pide algo para uno mismo.

Se puede orar para sí mismo, pero en este caso la oración debe ser sólo comunión con lo Divino, sin petición alguna, sin otro contenido que el pensamiento secreto de que es Él quien elige o decide por nosotros. En este sentido, la oración se convierte en una fuerza del Yo superior que fluye en el Yo, decisiva para el desencantamiento de la maya cotidiana, de su necesidad mundana, de su máscara trágica: detrás de la cual se descubre que hay la nada. Más allá de esta nada, la verdadera Fuerza está a la espera.

Se puede en cambio pedir, a través de la oración, el alivio o la sanación de la enfermedad de otra persona. Se puede pedir también lo que parece humanamente imposible, el milagro, según la íntima convicción de que «lo que no es posible para el hombre, es posible para Dios». También aquí se presupone el pensamiento secreto de que lo Divino, «solicitado» mediante del éter superior, realiza de cualquier modo a través de éste la justeza de la petición. Es evidente que la mencionada íntima persuasión es la fé.

Debilitada en el hombre moderno, a causa de la conciencia dialéctica o refleja, la fe resurge como fuerza de la Autoconciencia, a través del arte de la meditación. La Autoconciencia, desprovista de su propio contenido interior, es el mal basal del ego. La fe puede resurgir como impulso consciente, capaz de la misma virtud que trasciende lo humano que caracterizaba al antiguo hombre devoto. En efecto, el pensamiento que, gracias a la ascesis supera el actual límite reflejo, se reúne, en el vehículo del éter superior, con la propia fuerza pura, que es la fuerza del querer: fuerza originaria en la que fluye el Yo superior. La capacidad de entregarse del querer individual a esta su fuente, es sustancialmente fe: uniendo el pensar con el querer, ésta resucita la vida pura del sentir.

Todo acuerdo de la voluntad con el pensamiento consciente es realizable gracias a un profundo poder conectivo, que es la fuerza pura del sentir. Éste es el secreto de toda ascesis que pretenda suscitar la consonancia de la voluntad con el pensamiento. Todo acto de voluntad que realiza un pensamiento consciente deliberado apela a las fuerzas latentes del sentir, es decir, al sentir puro, fuente del equilibrio del alma.

La medida del poder de la oración es el nivel alcanzado por el sentimiento. Se puede decir que el Mundo Espiritual, para obrar en profundidad como virtud transformadora, necesita del encendido de un contenido del corazón, como un soporte técnicamente indispensable. Es necesaria una petición en la oración, gracias a la cual se exprese como fuerza invocadora el ímpetu unívoco del pensar, del sentir y del querer, de tal manera que supere el límite individual. La petición involucra las fuerzas originarias del corazón: es decir, simultáneamente del conocimiento, de la voluntad y del amor. La respuesta del Mundo Espiritual puede ser solucionadora.

Es importante darse cuenta de cómo la operación descrita, aunque apela a un acto noético-místico superior, tiene un aspecto esencialmente «técnico», que consiste en alcanzar esa intensidad que por sí sola puede superar el diafragma que divide al humano del Superhumano: es necesario dar la posibilidad a las Fuerzas superhumanas de moverse de forma autónoma en lo humano. Esto es posible sobretodo gracias al carácter desinteresado de la oración: al impulso que supera el umbral de la psique ordinaria. En realidad, la oración, dicha o sentida tibiamente, incluso con las intenciones más altruistas, no supera el umbral individual: no puede alcanzar esa comunión dinámica que lo Divino requiere para volverse operativa en lo humano más allá de los límites del «destino».

[1] Massimo Scaligero, 1966.  Magia Sacra.  Editorial Tilopa, Roma.

Traducido del italiano por:  Carlos Andrés Guío

Traducción revisada y corregida por:  Veeraj Giovanni Gullo

Acerca del autor

Massimo Scaligero

Massimo Scaligero  (1906 – 1980), seudónimo de Antonio Massimo Scabelloni.  

Se formó en estudios humanísticos, los cuales integró con un conocimiento lógico-matemático y filosófico, y con una práctica empírica de la física.

Fue periodista, poeta, escritor, estudioso y profundo conocedor del esoterismo y de las filosofías orientales.  Fue redactor jefe desde 1950 hasta el año 1978 de la prestigiosa revista «East and West«, publicada por el Instituto para el Medio y Lejano Oriente (ISMeO, hoy IsIAO), fundado por el académico Giuseppe Tucci y el filósofo Giovanni Gentile.

Entre sus influencias se encuentra la obra de Julius Evola, a quién conoce en 1930,  y  las ideas del filósofo Giovanni Gentile.  De éste último toma la distinción entre «pensamiento pensante» y «pensamiento pensado» y  el «idealismo actual» gentiliano como «puro acto de pensamiento que piensa».

A través del yoga y el estudio de las doctrinas orientales llegó a una síntesis personal en la que el pensamiento, el «acto de pensar» y el «yo» se sitúan como base de una epistemología esotérica.

A pesar de que el tradicionalismo de Evola era muy crítico respecto a las enseñanzas de Rudolf Steiner fue éste quien lo presentó con Giovanni Colazza (discípulo directo de Steiner)  y con la antroposofía.

Se vincula a la Sociedad Antroposófica a partir de 1945 bajo la guia de Colazza, y colabora activamente en la creación de la “Primera Clase de la Escuela Esotérica” en Italia. 

En los últimos veinte años de su vida celebró regularmente reuniones en su estudio en Roma, además de sostener innumerables encuentros personales.  Dedicó su existencia a todos aquellos que buscaban un camino espiritual en la Italia de los años 60 y 70, hasta su muerte en enero de 1980.

Escribió numerosos libros, principalmente dedicados a la transformación del pensamiento humano en un verdadero instrumento de experiencia espiritual, un camino desarrollado directamente a partir de la ciencia espiritual de Rudolf Steiner.

En español se encuentran traducidos sus libros:  Tratado del Pensamiento Viviente, Manual práctico de meditación, El hombre interior.

Esta entrada tiene un comentario

  1. Liliam Pérez Restrepo

    Tres caminos de sanación, en el ascenso para llegar a la cúspide. Gracias.

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