Las esferas planetarias interiores: Luna, Mercurio, Venus

El jardín de las delicias (detalle del infierno)

El Bosco

(1500-1505)

El texto  a continuación es la traducción del capitulo 17 del libro “Citizens of the cosmos” de la antropósofa norteamericana Beredene Jocelyn.

Este capítulo forma parte de la segunda sección del libro titulada “Nuestra jornada a través del cosmos entre muerte y renacimiento”.  

A lo largo del año haremos la publicación de los capítulos que completan ésta segunda parte del libro.  Nuestra idea es contribuir a una profundización del tema de la muerte, profundamente relacionada con la naturaleza espiritual del ser humano, de nuestras tareas de vida, y de nuestra relación con los demás.

Para ver publicaciones anteriores de esta serie de Beredene Jocelyn, hacer click sobre el enlace:

Capitulo 16.  En el umbral de partida

Si el  Universo fuera simplemente la vasta máquina descrita por los astrofísicos, la jornada a través del cosmos que describiremos sería imposible. Sin embargo, la ciencia espiritual revela que los cuerpos celestes son señales que nos indican la existencia de colonias de Seres espirituales de diversos rangos, cada uno con tareas asignadas, cuyo cumplimiento colectivo hace posible el mantenimiento de la casa de nuestro Padre y la evolución del universo, la Tierra y el hombre.

Después de cruzar el umbral de la muerte y experimentar la revisión panorámica de la vida, nuestra jornada cósmica nos lleva primero a través de las esferas planetarias interiores —la Luna, Mercurio y Venus—, luego a la esfera del Sol, seguida de las esferas planetarias exteriores —Marte, Júpiter y Saturno—, hasta el zodíaco, y de vuelta, en orden inverso, a la Tierra. Describiremos estas esferas una por una, teniendo en cuenta que por «esfera» no nos referimos simplemente al cuerpo planetario que vemos iluminado en el cielo, sino a la esfera formada al usar la distancia de la Tierra al planeta como radio. En este sentido, estamos en todas las esferas todo el tiempo que vivimos en la Tierra, y nos vemos influenciados por ellas, seamos conscientes de ello o no. Tras atravesar el umbral de la muerte, nuestra conciencia se expande desde la Tierra hacia estas esferas. Aunque lo suprasensible está más allá del espacio, éste se refleja dentro del espacio, y los planetas pueden usarse de forma correcta como signos para representar las regiones espirituales.

La primera esfera a la que entramos es la esfera de la luna, que comprende todo lo que se encuentra dentro de la órbita de la Luna. Algunas almas con profundos apegos terrenales permanecen cerca de la Tierra durante un tiempo, o incluso pueden estar ligadas a ella. Usualmente, se produce una gradual «expansión» hacia afuera de la Tierra; sin embargo, mientras estamos en la esfera lunar, permanecemos centrados en la Tierra. La Luna, como satélite de la Tierra, también está centrada en la Tierra.

En la esfera lunar debemos purificarnos y desprendernos de todo aquello que nos ata a la percepción sensorial puramente terrenal. Purgatorio es una palabra apropiada, pues significa purgar, depurar, limpiar. Intenta recordar todo lo que hiciste hoy o ayer que no estuviera relacionado con impresiones sensoriales. ¿Que queda? Probablemente muy poco. Así, empezarás a darte cuenta de lo poco que de nuestra actividad se relaciona con lo que está más allá de lo perceptible por los sentidos.

Es evidente que no podemos llevar el cuerpo físico al mundo del alma. Tampoco podemos llevar el alma al mundo espiritual. El alma debe primero purificarse de todo lo que la ataba a la tierra antes de que el espíritu pueda liberarse del alma y expandirse hacia las esferas planetarias exteriores. Todo aquello en el alma que nos vincula con la tierra de manera personal debe ser purgado y transformado antes de que podamos continuar nuestro viaje y entrar en el mundo espiritual, o incluso en los reinos superiores del mundo del alma.

El proceso de purga no debe considerarse un castigo, sino una necesidad del mundo del alma. Así como un barco no está adaptado para viajar por tierra, ni un automóvil para viajar por mar, el alma, de inclinación terrenal, no está adaptada para viajar a través de esferas planetarias superiores. De acuerdo con las leyes del mundo del alma, el alma misma exige su purificación.

Juzgando con nuestras concepciones terrenales, tendemos a considerar las experiencias en la esfera lunar como terribles, pero no así en el mundo del alma, donde se sabe que son una bendición, en la medida que ellas  perfeccionan el alma y la preparan para las moradas más elevadas de la casa de nuestro Padre. Sería sumamente presuntuoso esperar morar en la casa de nuestro Padre con el alma manchada por deseos terrenales egoístas e insatisfechos.

Es una necesidad cósmica purificarnos primero y encarnar nuestro verdadero valor para el cosmos antes de poder trascender la esfera lunar. Así como un niño, tras nacer, aprende gradualmente a usar el cuerpo físico y a adaptarse al mundo físico, así también, tras la muerte, el alma-espíritu debe adaptarse al mundo espiritual.

La región más baja del mundo del alma es la región del deseo ardiente. Al entrar en este reino, el alma conserva todos los deseos que tenía en vida terrenal. Al abandonar el cuerpo, el alma no se altera en lo más mínimo. Nos llevamos con nosotros todos los deseos y actitudes que teníamos en la tierra. Un gran apetito de comida o de un cigarrillo no puede satisfacerse al estar desprovistos de cuerpo, pero el deseo persiste. Debemos purificarnos de todos los deseos ardientes que requieren condiciones terrenales y corporales para su satisfacción. Quienes se han esforzado sinceramente por purificarse en la tierra, quienes no se han desapegado de la vida terrenal pero tampoco están atados a ella, pueden pasar de largo o emerger rápidamente de ésta región. Ellos ya han purificado sus almas y se han llenado a si mismos de luz espiritual.

El hecho esencial es que, en la esfera lunar, debemos desprendernos de todas las conexiones y condiciones terrenal. Además de las impresiones sensoriales ya mencionadas, debemos eliminar todos los pensamientos que se relacionen únicamente con el mundo exterior. Asimismo, debemos purificar todos los anhelos de nuestro corazón. En este plano, todo es personal y nos concierne solo a nosotros. Finalmente, tras purificar nuestras almas de nuestros ardientes deseos, pensamientos y anhelos ligados a la tierra, puede que persista una añoranza por la vida terrenal en su conjunto. De esta también debemos desprendernos por fin. No es una experiencia cómoda para las almas, a menos que en la tierra hayan experimentado algo que trascienda lo puramente personal, físico y material.

En la esfera lunar, todas nuestras experiencias vitales se repasan desde el final hasta el principio. En realidad, lo que sucede es que recorremos nuestra vida de sueño desde la última noche hacia atrás hasta el comienzo de nuestra vida terrenal, pues cada noche, durante el sueño, las experiencias del día anterior son revisadas y registran por los Seres de la Luna. Por lo tanto, en el flujo hacia atrás de los periodos de sueño, experimentamos el registro de toda nuestra vida diurna. Dado que el sueño constituye aproximadamente un tercio de nuestra vida terrenal, la duración de este repaso equivale a aproximadamente un tercio de nuestros años en la Tierra.

Lo que experimentamos durante nuestra vida terrenal de forma inconsciente durante el sueño,  se revive tras la muerte con una consciencia mucho más intensa que la de la vigilia, así como la vigilia es más nítida que los sueños. Esto es posible gracias a los Seres Lunares, quienes ahora emiten un juicio severo sobre todo nuestro bien y mal. Se trata de un veredicto cósmico que evalúa el valor o el daño que nuestro bien y mal causan al universo. Nos volvemos vívidamente conscientes de lo que los Seres espirituales piensan acerca de las acciones, los sentimientos y los pensamientos de nuestra vida terrenal. Los ángeles son los guardianes de nuestro destino individual; los arcángeles evalúan nuestras acciones en relación con la nación y el idioma que nos pertenecían. Los arcángeles valoran la importancia de nuestras acciones para la época en que vivimos en la Tierra.

Si actuamos equivocadamente y causamos daño al cosmos, o incluso si lo que hicimos no tuvo valor para el cosmos, nos sentimos envueltos en frío y oscuridad, que parecen arrebatarnos nuestra existencia y extinguir nuestra consciencia. Si, por el contrario, hicimos algo valioso para el cosmos, nos sentimos bañados en luz y calor que nos llenan de nueva vida y una mayor consciencia.

Un hecho significativo de este proceso de evaluación es que, si hicimos infeliz a alguien, le causamos gran angustia o lo lastimamos, no sentimos indiferencia al respecto, ni siquiera la euforia que sentimos en vida al cometer el acto. No experimentamos la ira ni la satisfacción que sentimos, sino lo que otras personas sintieron como resultado de nuestros pensamientos, sentimientos y acciones. Sentimos lo que otros experimentaron. Todo el dolor y el sufrimiento que les infligimos ahora lo sentimos como ellos lo sintieron. Experimentamos el efecto en los demás de todo lo que hicimos o dejamos de hacer. Quienes se suicidan, en particular, sufren el profundo dolor que causaron a otros.

Entretanto, después de haber dejado atrás los cuerpos físico y etérico, en el paso a través del umbral de la muerte, nos convertimos en seres de valor moral, expresiones de nuestra propia trascendencia espiritual, y adoptamos una forma espiritual. Si bien esta forma espiritual se asemeja a la forma física, es totalmente suprasensible y se encuentra en constante transformación. En realidad, puede considerarse una fisonomía moral, pues revela nuestro valor moral. Por ejemplo, la región del pecho de la forma espiritual muestra si fuimos cobardes o valientes. Los brazos y las manos son especialmente expresivos de la naturaleza moral, mientras que la cabeza pierde relevancia y gradualmente desaparece. La forma espiritual en su totalidad constituye una fisonomía que revela nuestras cualidades morales. Lo que en la vida terrenal creíamos oculto se revela por completo en la forma espiritual. Nos mostramos tal como somos en nuestra esencia anímica. No hay lugar para la hipocresía. No hay nada que ocultar. En efecto, « Nada hay encubierto que no haya de ser descubierto ni oculto que no haya de saberse» (Lucas 12:2)[1].

En las esferas planetarias interiores solo nos encontramos con aquellos con quienes estamos conectados por lazos del destino. Es el vínculo del destino el que nos otorga el poder de «ver» las fisonomías morales de los demás. No se trata de ver con ojos físicos, sino de una especie de percepción sensorial que permite un escrutinio cercano, íntimo y mutuo. Al principio, sin embargo, solo percibimos a aquellos que son como nosotros. Lo semejante solo puede distinguir a lo semejante. Sabemos que los ángeles también están presentes en la esfera lunar, pero no podemos relacionarnos con ellos a menos que, en nuestra forma espiritual fisonómica, lleguemos a asemejarnos a ellos. Debemos moldearnos para asemejarnos a lo que deseamos percibir, y esto requiere voluntad.

¿Cómo progresamos y salimos de la esfera lunar? Aquí, lo que cuenta principalmente es la voluntad . Finalmente comprendemos: «Si tengo la voluntad de hacerlo, puedo seguir adelante; puedo superar las dificultades. Puedo querer trascender lo terrenal y lo personal, querer purificar mis deseos egoístas, querer ser más como los ángeles». Cuando alcanzamos esto, podemos ascender a esferas superiores. Sin embargo, nuestro mal ha quedado registrado y debe ser dejado atrás en la esfera lunar, donde tendremos que enfrentarlo de nuevo al regresar a ésta esfera antes de nuestro renacimiento en la Tierra.

Durante nuestra vida terrenal, nos encontramos constantemente en todas las esferas planetarias, pues estas se interpenetran. Tendemos a concebir los mundos espirituales en términos demasiado espaciales; sin embargo, las diversas esferas planetarias, moradas de la casa de nuestro Padre, representan, en cierto sentido, una expansión, y ciertamente una expansión de la conciencia . Un iniciado en la Tierra puede ser consciente en todas las esferas. Se trata de consciencia, de sintonización. Estamos presentes en todas las esferas, pero la consciencia depende de una mayor elevación de la misma. Tras la muerte, habiendo realizado la purificación, la evaluación y la necesaria transformación voluntaria en la esfera lunar, podemos acceder a las esferas de Mercurio y Venus.

Desde una perspectiva espiritual, la secuencia de las esferas de los planetas interiores, aquellas entre la Tierra y el Sol, es dada como Luna, Mercurio y Venus. Esto se corresponde con los ciclos temporales de sus revoluciones siderales: Luna 28 días, Mercurio 88 días y Venus 225 días; es decir, la relación temporal más que la espacial. Aquí se respetará esta secuencia espiritual, así como las características que Rudolf Steiner les atribuyó en sus últimos años, entre 1917 y 1924.

Nuevamente deberá notarse que no existen líneas divisorias rígidas entre las esferas; no son fijas como nuestros límites terrestres. Las esferas planetarias internas son especialmente flexibles y móviles porque nuestras experiencias allí son personales y subjetivas, conectadas con nuestra vida pasada en la Tierra; y las vidas terrestres de dos personas no son exactamente iguales. Recordemos la ilustración de las manos iguales. El tránsito por las esferas internas es tan variable como las vidas de los individuos; por lo tanto, solo se pueden hacer ciertas generalizaciones.

Las fuerzas de las esferas planetarias interiores son centrípetas, actuando hacia adentro, o hacia atrás, respecto a nuestra vida en la Tierra. No podemos avanzar hacia la esfera solar ni más allá hasta que nuestra vida terrenal haya terminado y nos hayamos liberado de todo lo que nos vinculaba a ella. La Tierra debe desvanecerse antes de que podamos experimentar las esferas planetarias externas.

La esfera lunar está totalmente conectada con el pasado, mientras que en las esferas de Mercurio y Venus comprendemos cómo debemos cambiar lo que hicimos en la Tierra para nuestro futuro. Vemos cómo se puede obtener compensación. Vemos cómo tendremos que cambiar las cosas a fin de elaborarlas en nuestro futuro destino.

Una característica de estas tres esferas es que no podemos cambiar el pasado; no podemos modificar ninguna deficiencia. Si reconocemos que no hemos tenido suficiente amor, no podemos aumentarlo ahora. Nada puede cambiarse. Lo que sí podemos hacer es proponernos corregirlo para la próxima vida. Así es como el futuro se integra en nuestras experiencias. Si reconocemos nuestros errores o nuestras carencias, no podemos subsanarlas, pero podemos prepararnos para enmendarlos en la próxima vida terrenal. Lo que atamos en la tierra queda atado en el cielo.

Homero fue consciente de esta verdad cuando afirmó: «Entramos en un mundo donde no hay cambio». No es que no cambiemos de una esfera a otra, sino que no podemos cambiar lo que hicimos de nosotros mismos en la Tierra. Steiner utiliza esta ilustración: Es como si quisieras moverte y te encontraras encadenado al suelo. Quizás hayas tenido sueños de esa naturaleza en los que deseabas con desesperación llegar a algún lugar y descubrías que algo te frenaba y no podías avanzar. Algo parecido ocurre en el mundo del alma. Reconocemos nuestros errores y no podemos cambiarlos a menos que decidamos ser diferentes en la siguiente vida terrenal. Necesitamos reconocer nuestras deficiencias para preparar adecuadamente el cuerpo astral para el futuro. Nuestras imperfecciones morales, nuestras faltas personales, deben quedarse en la esfera lunar.

En la siguiente región, la esfera de Mercurio, nos liberamos de las consecuencias espirituales de la enfermedad. Mercurio es el guardián de los secretos de la salud y la enfermedad, y en épocas pasadas se le ha asociado, con razón, con la auténtica sabiduría sobre la curación y la medicina. El caduceo, el bastón de Mercurio, es el emblema de la profesión médica.

La sanación, sin embargo, se relaciona tanto con el alma como con el cuerpo. En la esfera de Mercurio, las almas que carecían de conciencia y no se adherían a la verdad se veían obligadas, por un tiempo, a servir a los seres que causan enfermedades, accidentes y muertes prematuras. Hay seres reales que acarrean accidentes, y nosotros llegaremos a ser  sus sirvientes si en la Tierra fuimos mentirosos y carecimos de conciencia. Por otra parte, si hemos trabajado con entusiasmo, si hemos realizado tareas y hacemos las cosas no solamente desde el sentido del deber, sino con verdadero amor y entusiasmo, entonces ayudamos a esos poderes que traen salud y bienestar a la humanidad en la Tierra. De esta manera, fuerzas beneficiosas fluyen desde el reino de Mercurio hacia la Tierra.

Si en la Tierra fuimos indolentes, perezosos o amantes de lo fácil, nos vemos obligados por un tiempo a servir a los seres que crean obstáculos y dificultades en el mundo físico. En efecto, vivimos en un orden moral, aunque la gente lo ignore. Es el «muro» que ha oscurecido el mundo moral y bloqueado toda idea de un orden moral. La gente cree que se las arregla como puede en el mundo físico, sin saber que en los mundos superiores serán responsables de cada pensamiento, sentimiento, acción u omisión.

En la vida terrenal hemos podido tener intenciones las cuales nunca llevamos a término. Estas quedan inscritas en la esfera lunar. Dichas intenciones relacionadas unicamente a la vida personal. Si otras personas estaban involucradas, como por ejemplo, una promesa incumplida, entonces sufrimos las consecuencias en la esfera de Mercurio, donde se conservan esos registros. Por ejemplo, un hombre de negocios que repetidamente hizo promesas vanas me dijo que ahora todo el mundo miente y que los días de la regla de oro son cosa del pasado.

En nuestra forma espiritual, que revela nuestra fisonomía moral, experimentamos una conexión únicamente con aquellos con quienes compartimos algún vínculo terrenal. Nos vemos tal como somos, pues nuestra forma espiritual muestra abiertamente nuestra verdadera naturaleza moral. En la esfera lunar, la percepción sigue siendo vacía, una mera contemplación. En la esfera de Mercurio, avanzamos hacia la comprensión de lo que habíamos estado contemplando. Llegamos a saber lo que la gente realmente pensaba de nosotros. Se revela en la fisonomía aquello que apunta hacia el destino común, y comprendemos cómo nuestras vidas futuras deberán tomar un rumbo determinado para cumplir nuestro destino.

Alli debería también desarrollarse una comprensión de los Seres espirituales con quienes nos relacionamos. Sin embargo, si las almas humanas fueran materialistas en la Tierra, si rechazaran todo lo suprasensible, tendrían poca comprensión de los Ángeles, Arcángeles y Archai que conforman la Tercera Jerarquía. Ellos se sitúan por encima de nosotros, así como los animales, las plantas y los minerales se sitúan por debajo del ser humano en la Tierra. Nuestra relación con estos compañeros espirituales en el reino del alma depende de nuestras actitudes religiosas en la Tierra.

Terrible aislamiento, mucho más intenso que cualquier soledad terrenal, es experimentado en la esfera de Mercurio por las almas que en la tierra no creían en las realidades suprasensibles. A causa de su ceguera, ellos sufren una existencia como la de un ermitaño,  incluso estando rodeadas de Seres espirituales. Ahora no pueden comprender lo que en la Tierra rechazaron.  Por lo tanto, la actitud de esperar-y-ver-que-sucede ante la muerte puede llevar a consecuencias desagradables e incluso desastrosas. Es importante recordar que, con nuestra conducta en la Tierra, condicionamos nuestras experiencias en el mundo espiritual. Nos condicionamos para la soledad o la compañía, para la tristeza o la alegría.

En la esfera de Venus encontramos Ángeles, Arcángeles y Archai que han alcanzado un nivel de desarrollo superior al de aquellos en la esfera de Mercurio. Aquí, del mismo modo, no comprendemos a estos Seres si en la Tierra éramos materialistas. Que nos sintamos extraños o como en casa en el reino de Venus depende de nuestra capacidad de amar. Si irradiamos amor en la Tierra, aquí sentimos nuestras almas inundadas de amor cósmico. Por otro lado, si albergamos odio, incluso inconscientemente, entonces las fuerzas del amor cósmico son metamorfoseadas y surgen en nosotros como fuerzas de ira y furia. Para someter la ira y armonizar el alma con el cosmos se requiere voluntad .

Nuestro tránsito por las esferas de Mercurio y Venus depende de nuestra relación con los Seres superiores y con los demás. Estas dos cualidades están englobadas en el doble mandamiento: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo» (Lucas 10:27).

Fue necesario, en primer lugar, que nuestras experiencias personales de nuestra pasada vida terrenal fueran evaluadas en las esferas planetarias internas y allí “verificar nuestro equipaje moral” antes de continuar el viaje, como seres espirituales, más allá dentro del cosmos, hacia la gloriosa esfera del Sol.

 

Notas al texto

[1] Todas las citas biblicas han sido tomadas de la versión en español titulada Biblia de Jerusalén.

Título original:  Citizens of the cosmos

Traducción al español:  Carlos Andrés Guío

Acerca del autor

Beredene Jocelyn

Beredene Jocelyn dirigió varios grupos de estudio antroposófico en el área de la ciudad de Nueva York y, a lo largo de su vida, trabajó arduamente para difundir la antroposofía. Escribió varios libros y editó y promovió un boletín mensual que enviaba por correo a miles de lectores.

Estuvo casada con John Jocelyn, autor del libro Meditaciones sobre los signos del zodíaco.

Deja una respuesta