Adán y Eva
Aberto Durero
Museo del Prado
1507
A continuación se presentan las secciones tercera y cuarta del texto: “La sexualidad y la constitución del Ser Humano: un esfuerzo de comprensión desde una mirada antroposófica”, del médico y antropósofo norteamericano Paul W. Scharff.
A lo largo del año estaremos presentando avances de la traducción de éste texto, que constituye un esfuerzo por parte del autor, de presentar perspectivas y comprensiones sobre la sexualidad en nuestra sociedad contemporanea, desde una mirada ampliada por la antroposofía de Rudolf Steiner.
Puede encontrar la primera parte en el siguiente enlace:
3 – Comenzando una perspectiva antroposófica
Una forma completamente nueva de comenzar a abordar la constitución física del ser humano es la que ofrece Rudolf Steiner cuando habla acerca de la misión del Arcángel Mikael. Uno podría preguntarse por qué hace falta un Arcángel para aportar tal visión y enfoque. El centro de esta perspectiva Mikaélica es la dualización del cuerpo humano. Esta dualidad resalta la redondez de la cabeza, por una parte, y la forma creciente y alargada del organismo humano desde el cuello hacia abajo. El resultado es una forma que combina lo esférico con lo columnar. Son pocos los seres humanos que construyen conscientemente una imaginación de la forma humana en estos términos. Sin embargo, los niños a menudo hacen dibujos a lápiz de una esfera sostenida por líneas que representan bastones o palillos. Otra manera de llegar a esta imagen es que un ser humano perciba a otro como si no tuviera cabeza. De hecho, hay un número significativo de personas que han tenido esta experiencia. Por supuesto, podría decirse que esto es algo anormal, pero en realidad podría apuntar a un estado del alma bastante inusual. Yo llamaría a este estado una experiencia de la dualidad entre el alma y el cuerpo. Las personas inclinadas a la búsqueda anímica tienden a ver a los otros seres humanos sin cabeza. El buscador encuentra el alma del otro en la acción, en el hacer, en la actividad compartida.
Se puede buscar otro tipo de dualidad en la historia de la humanidad. Esto fue abordado y comentado con frecuencia por Rudolf Steiner. Es posible —aunque no absolutamente necesario— considerar el Concilio Ecuménico del año 869 d.C. como una manifestación de dicha dualización del ser humano. Antes de ese Concilio, en la evolución cultural del mundo occidental, se entendía que el ser humano estaba constituido por cuerpo, alma y espíritu. En el año 869 d.C., un grupo de autoridades eclesiásticas se reunió para declarar que el ser humano estaba constituido solamente por cuerpo y alma, siendo el alma la que daba lugar a las actividades espirituales. Desde esta perspectiva, el espíritu no es más que una función del alma. Este Concilio Ecuménico eliminó al espíritu, lo cual, a su vez, sembró la semilla para la futura eliminación del alma. Esta eliminación del alma tuvo lugar en el siglo XIX —casi mil años después. Pocos, salvo Rudolf Steiner, han rastreado esta secuencia en la historia humana. Hoy en día, ese dogma de alma y cuerpo se mantiene en algunas confesiones religiosas, aunque yo tiendo a ver su manifestación más actual en el “movimiento cuerpo-mente” dentro del ámbito terapéutico.
Durante el período posterior al Concilio —un lapso de mil años, como ya se mencionó— el cuerpo emergió como la única realidad. Lentamente nació un monismo[1] del cuerpo, con actividades semejantes al alma y al espíritu. El sistema nervioso pasó a ser considerado el “alma”, y todo lo demás, el “cuerpo”. Hoy en día, la mayoría acepta que el sistema nervioso es el alma, sin que esto se haga explícito. Esto se debe al hecho de que pocos seres humanos reflexionan realmente sobre la naturaleza del ser humano. Un buen número de personas dentro del movimiento cuerpo-mente, que ven el alma en el sistema nervioso, no perciben que están generando un monismo materialista. Distinguen entre el sistema nervioso y el resto de las estructuras corporales, en especial el sistema inmunológico, como ocurre con la psiconeuroendocrinología.
Hay quienes hablan del alma como algo independiente del cuerpo. Hablan de la conciencia. Sin embargo, cómo se relaciona esta conciencia con el cuerpo no suele ser articulado con claridad o, si lo es, se recurre con frecuencia al modelo monista materialista del sistema nervioso y el resto del cuerpo.
Rudolf Steiner se esforzó intensamente por reintroducir la trinidad de cuerpo, alma y espíritu. Al mismo tiempo, fue él quien introdujo la dualidad Mikaélica —esa de cabeza y tronco— como una revelación puramente física de una gran profundidad en la constitución humana. Mi impresión es que se trata de una auténtica revelación Mikaélica, una que le fue dada a Rudolf Steiner por este Arcángel. Esta perspectiva inusual sobre la configuración física del ser humano puede ayudarnos a abordar la constitución trinitaria del ser humano. Hasta donde conozco, solo Rudolf Steiner habló de esta dualidad, una dualidad morfológicamente expresada en la configuración general del cuerpo humano. Esta dualidad se encuentra al alcance de la percepción sensible, pero para emitir un juicio perceptivo de este tipo se requiere del alma pensante. La cabeza puede verse, tocarse, moverse y dirigirse, por así decirlo. No se necesitan capacidades superiores, pero sí una observación cuidadosa para reconocer la dualidad en relación con el resto del organismo. Aquí, Rudolf Steiner es totalmente empírico y corporalmente orientado, un empirista puro, podríamos decir. Este puede ser nuestro punto de partida.
¿Qué tipo de cuerpo es este? Es un cuerpo que se originó en los tiempos más antiguos (la evolución de Saturno[2]) y que llegó a ser lentamente lo que es hoy. ¿Cómo uno puede llegar a esta impresión de un cuerpo claramente bimembrado[3]? Puede surgir como impresión al experimentar la tensión entre la cabeza y todo lo demás. Esa tensión puede convertirse en un profundo impacto interior. Percibir que la cabeza esférica está unida a una organización alargada puede producir una conmoción muy intensa. No es tan sencillo formar un pilar elongado a partir de una estructura esférica. Esto puede provocar una conmoción profunda, un estremecimiento interior, que conduce a interrogantes y a una sensación de orígenes distintos entre la cabeza y el resto del organismo. De ese impacto puede surgir la vivencia de que el cuerpo mismo —el manto exterior del alma— es un don de otros ámbitos, una creación de inteligencias diferentes a la de uno mismo. La experiencia de la cabeza es tal que ésta es sentida fuertemente como un agente de inteligencia, mientras que el resto del cuerpo permanece en la oscuridad, impenetrable por la inteligencia de la conciencia habitual. Puede aflorar de inmediato una percepción de otros “seres” que, de algún modo, se asemejan al propio ser. Tal puede ser la experiencia del cuerpo cuando se lo observa cuidadosamente.
Puede llegar a ser muy real la vivencia de que el propio cuerpo le ha sido dado a uno, que es un regalo venido de otro lugar, quizás de otros seres espirituales. Ciertamente, el organismo ha sido recibido de los padres, pero la forma es otro asunto. Esta forma puede ser utilizada para despertar. El elemento de la herencia está mucho menos presente en la conciencia, que la forma humana cuando se observa a otra persona. Oimos que tenemos una herencia que nos vincula con nuestros antepasados, pero lo dual (cabeza/tronco) sugiere una relación con seres que poseen una inteligencia similar a la nuestra. Así, esta polaridad introducida por Rudolf Steiner puede considerarse como un potente agente de despertar. Esta polaridad puede, por así decirlo, estremecernos, convertirse en una ayuda para despertar. Puede servir como un impulso que nos sacuda hacia preguntas fundamentales y hacia el cuestionamiento de la relación con nuestra ascendencia espiritual, mientras que los antepasados físicos pueden volverse mucho más lejanos. Esta sacudida puede ayudarnos a preguntarnos sobre nuestra constitución en relación con otros seres espirituales. En este proceso de indagación, uno podría llegar a una identidad que no tiene origen hereditario. Al mismo tiempo, se puede llegar a intuir que la propia identidad no sería capaz, por sí sola, de construir un instrumento tan sagrado como el “Cuerpo Santo”. Que pueda existir un Ser como un Dios, como un Jehová, podría entonces surgir en el alma, plantearse como una pregunta interior.
Con esta disposición anímica de búsqueda, es posible dirigirse a la investigación de Rudolf Steiner. Uno puede indagar en lo que él ha develado mediante su investigación científico-espiritual, así como también a través de su investigación convencional. A partir de las investigaciones de Rudolf Steiner, es posible descubrir que la herencia apareció bastante tarde en la evolución del mundo. La herencia es un producto del ser espiritual conocido por el pueblo hebreo como Jehová. Es gracias al esfuerzo de Rudolf Steiner que podemos conocer a este Ser Espiritual. La evolución del cuerpo humano puede rastrearse, desde una perspectiva científico-espiritual, hasta la época de la Lemuria tardía y los comienzos de la Atlántida (la Edad de Hielo), sin que estuviera presente el alma humana. Desde la Ciencia Espiritual podemos llegar a comprender que el cuerpo humano fue configurado por seres espirituales, en una etapa en la que aún no había un alma ni una individualidad humanas presentes. Fue durante la Lemuria tardía cuando Jehová intervino en la conformación del cuerpo, de tal forma que pudiera surgir una memoria viviente: la herencia. El resultado fue un instrumento apto para la encarnación de la individualidad, y este instrumento podía reproducirse. Fue solo después de que Jehová —un Poderoso Espíritu de la Forma, junto con Sus Huestes— creara la herencia, que el alma humana, la individualidad, pudo nacer en el cuerpo. La individualidad humana ingresó bastante tarde al cuerpo, y se convirtió en un alma viviente cuando algo de la naturaleza superior de la humanidad fue insuflado en el cuerpo, al tiempo que el alma individual nacía en éste. A través de este “aliento” (Yo-Espíritu, Espíritu de Vida y Hombre-Espíritu o Atma), Jehová pudo entonces transformar el cuerpo hereditario en un instrumento para que el individuo se convirtiera en un “alma viviente”. Fue entonces cuando surgió una nueva dualidad. Esta dualidad es la del hombre y la mujer.
Si llegamos a contemplar la dualidad del cuerpo, y luego hacemos el paso hacia la dualidad entre cuerpo y alma, llegamos de forma bastante natural a una tercera dualidad: la dualidad entre hombre y mujer. La cabeza y el tronco, el alma y el cuerpo, pueden conducir de manera bastante natural a esta dualidad de hombre y mujer. Esta tercera polaridad surgió en el momento en que la individualidad nació dentro de un cuerpo determinado por la herencia, y un cuerpo en el que se había depositado una naturaleza superior. La individualidad se convirtió en parte del cuerpo en evolución precisamente cuando tuvo lugar la diferenciación entre hombre y mujer. Con esta línea de contemplación, llegamos a una relación muy directa entre la individualidad, el yo, y la configuración dual de todo ser humano actual, es decir, la dualidad de hombre y mujer.
Desde una perspectiva de la Ciencia espiritual antroposófica, llegamos aquí al hecho de que el alma humana, que puede elevarse hacia el espíritu (a través del Yo-Espíritu, el Espíritu de Vida y el Hombre-Espíritu), recibe esta posibilidad gracias a que una parte de la constitución corporal fundamental ha sido mantenida aparte. Una parte del hombre y una parte de la mujer es retenida, separada. Es precisamente esa porción separada la que se convierte en la base desde la cual el individuo, desde sí mismo, puede aspirar a elevarse hacia el espíritu. Si se busca comprender esta “otra parte” del hombre o de la mujer, se puede descubrir que esta parte actúa de forma activa en la formación y posterior utilización de las membranas embrionarias. Estas membranas son expulsadas al momento del nacimiento, y las fuerzas liberadas se vuelven disponibles para la nutrición (actividad del Yo-Espíritu), la curación (actividad del Espíritu de Vida) y la respiración (actividad del Hombre-Espíritu). (Todas estas fuerzas son empleadas en el camino de iniciación, si se emprende un camino iniciático.)
Por otra parte, en la dimensión corporal regida por la herencia, el alma humana necesita abrirse paso, mediante los sentidos, hacia el mundo exterior y también hacia el interior de su propio cuerpo. La constitución corporal del ser humano tiene inherente en ella a los sentidos, que al principio eran de naturaleza séptuple (desde la época del antiguo Saturno), luego pasaron a ser diez (en la época de la Atlántida), y finalmente llegaron a ser los doce sentidos físicos de los que se puede hablar en la actualidad. Es posible desarrollar tres sentidos superiores. Desde la época del Diluvio, correspondiente a la Edad de Hielo, los sentidos se abrieron hacia el mundo exterior, y la división entre lo masculino y lo femenino quedó definitivamente establecida (división que había comenzado en la última fase de Lemuria). El retroceso del Diluvio y la aparición del arcoíris aluden a este momento histórico que se narra en el libro del Génesis, cuando los sentidos comenzaron a actuar de la manera en que lo hacen hoy, más o menos. Al mismo tiempo en que los sentidos fueron madurando y el arcoíris se hizo visible para el ser humano, la división llego a ser completa, de modo que cada individuo manifiesta solo una parte de su naturaleza total. La otra mitad, por así decirlo, se transformó en un potencial para una vida espiritual autodirigida y desplegada desde el propio ser. Los sentidos en proceso de maduración ayudaron a desplegar la parte terrenal del individuo. Debido a que solo una parte del ser humano —de todos los seres humanos— se encarnó, quedó como potencial para cada uno el poder aspirar hacia aquello que permaneció como elemento superior en el mundo espiritual. Este potencial para una vida superior hizo posible que cada ser humano pudiera volverse cada vez más individual. Al principio, los seres humanos llegaron a la Tierra guiados por seres de “alma grupal”, pero gracias a que quedó atrás una semilla espiritual, se hizo posible que la individualidad llegara a ser una realidad.
Una forma de considerar la mitad del ser humano que no se encarnó —aquella que surgió a partir de la división de los sexos— es pensar que esa otra mitad dio lugar a las membranas para el desarrollo embrionario. Estas mismas fuerzas de las membranas, después del nacimiento, pueden entonces ser utilizadas para un impulso hacia una vida superior, para activar el núcleo más íntimo de cada ser. Estas fuerzas superiores actúan en la conformación del feto humano solo durante nueve meses y, posteriormente, en la nutrición, la respiración sanadora y el impulso hacia la iniciación. Es en etapas posteriores de la vida cuando estas fuerzas —las fuerzas del ser espiritual (Yo Espiritual, Espíritu de Vida y Hombre Espíritu)— pueden convertirse en una base para el camino espiritual.
Rudolf Steiner ha señalado que, desde la perspectiva de la antroposofía, el punto de partida para contemplar al ser humano como un ser portador de sabiduría[4] es el de los sentidos físicos. Como se ha mencionado en varias ocasiones, la dualidad o duplicidad fue introducida morfológicamente con la cabeza y el tronco. Esta dualidad condujo a otra: la del cuerpo y el alma. Ahora, al introducir los doce sentidos, llegamos al potencial de una nueva dualidad. Esta dualidad puede percibirse, por un lado, en el cuerpo físico a través de los doce sentidos, y por el otro, al considerar al individuo emergente que puede emprender un camino hacia el alma y los mundos espirituales. Con el sistema sensorial se accede a una visión dodecamembrada[5] del ámbito físico, es decir, del aspecto físico del yo. Esta estructura dodecamembrada se convierte entonces en la base para una perspectiva sofianica[6]. La polaridad con respecto a este “doce” es el uno, la individualidad única que constituye al ser humano cuando está encarnado. (Una vez se emprende un camino espiritual, el yo se vuelve cada vez más complejo, desembocando en una estructura septenaria).
La afirmación de que el ser humano tiene doce sentidos es una nueva creación y descubrimiento de Rudolf Steiner. El ser humano se relaciona basicamente consigo mismo y con el mundo de forma dodecamembrada. Este es uno de los hallazgos de las investigaciones de Rudolf Steiner. Con ello se nos conduce a una comprensión del aspecto físico mucho más compleja que la dualidad entre cabeza y tronco, o entre cuerpo y alma. Con los doce sentidos y el individuo aparece una dualidad que abre el camino para que el ser humano desarrolle sentidos superiores. Ahora se abre una puerta potencial hacia el espíritu. Puede pensarse que la puerta al mundo espiritual comienza con la búsqueda de sabiduría, de la Sofía, como un método para desplegar facultades superiores.
Los pasos que van desde la dualidad del cuerpo entre cabeza y tronco, a la dualidad entre cuerpo y alma, y finalmente a la dualidad entre los doce sentidos y el individuo, constituyen aspectos esenciales, desde una perspectiva antroposófica básica, sobre la constitución del ser humano. Desde el principio, el ser humano puede ser contemplado desde múltiples perspectivas, entre ellas la dualidad entre lo masculino y lo femenino. La masculinidad y la feminidad —esta dualidad— requieren de un contexto muy amplio. Mi impresión es que la primera de las dualidades es otorgada por el mundo espiritual, por mediación de un Arcángel, a saber, Mikael, de modo que nuestro camino, nuestra búsqueda, sea sostenida desde el espíritu. Partiendo de esta dualidad, podemos avanzar hacia otras dualidades y luego hacia una perspectiva trinitaria, y progresivamente hacia perspectivas cada vez más diversas. Tal abordaje indirecto del tema de la sexualidad, incluyendo su complejidad conceptual, la considero necesaria para que sea posible tener experiencias contemplativas decididamente no sexuales.
Lo que me resulta de suma importancia es que el punto de partida para una Ciencia Espiritual antroposófica sea el cuerpo. Hoy, con nuestra orientación materialista, es el cuerpo el que debe ser el punto de partida. El problema, sin embargo, consiste en cómo construir un conocimiento del cuerpo que pueda servir de base al alma y al espíritu. Comenzar con la dualidad del cuerpo, luego la dualidad del alma, y llegar a los doce sentidos en dualidad con el individuo único, todo esto es necesario para poder dar paso a una perspectiva trimembrada de la constitución humana. En este proceso se integra la individualidad emergente, junto con la división de los sexos y el potencial para una vida espiritual consciente. Para quien ha trabajado con las dualidades, la trimembración surge, por así decirlo, casi por sí sola. Es la dualidad entre los doce sentidos y el individuo la que sitúa al ser humano entre el mundo físico y el mundo espiritual, exigiendo el reconocimiento de esta trimembración. Esta trimembración es la del cuerpo con los sentidos, el individuo como alma, y el espíritu hacia el cual el ser humano puede dirigirse.
La dodecamembración se hace evidente a medida que uno trabaja con ideas que también pueden estructurarse de manera dodecamembrada. Con la perspectiva dodecamembrada, la identidad propia y la relación con el cuerpo cambian lentamente. Esto puede experimentarse. De este modo, la identidad no es en absoluto una dualidad, sino una entidad única que modela un espacio para sí misma, mientras se va creando una relación con el mundo en proceso, a través de los múltiples sentidos, y mientras las ideas se vuelven cada vez más complejas. Es lo sofianico, el amor por la sofía —la filosofía— lo que permite agrupar ideas en concepciones filosóficas, doce concepciones. Así, la identidad propia deja de ser meramente corporal, y uno percibe que puede llegar a liberarse del cuerpo mediante los doce sentidos. Habitar las doce perspectivas filosóficas —ideas agrupadas de forma significativa— permite al individuo encontrar una nueva identidad a partir de un conjunto particular de ideas. La identidad puede entonces reconocerse como relacionada con las ideas, y con esfuerzo puede llegar a convertirse en la de un ser pensante. El individuo puede entonces llegar a identificarse, en cierto grado, con una “cosmovisión”.
¿Qué aportan, además, estas experiencias de lo bimembrado y lo dodecamembrado? Puede experimentarse que lo bimembrado se refiere a una constitución físico-hereditaria, mientras que la dodecamembración sensibiliza al buscador hacia otra relación corporal y hacia el propio ser. Esta sensibilidad señala los sentidos necesarios para que una individualidad pueda estar presente en el cuerpo. El cuerpo procede de una fuente; el alma-espíritu – el propio ser de uno-, procede de una fuente distinta. Esto llega a ser cada vez más una experiencia. No se trata meramente de un pensamiento, sino de una vivencia sutil. Sin embargo, es necesario poder vivir de forma activa en las ideas, y no solo en los sentidos.
Hacer de la polaridad algo experiencial y no solo una idea, no es tan fácil. Lo que uno puede encontrar, es que Rudolf Steiner ha tomado este monismo de nuestra época, la constitución corporal puramente física, y ha señalado en primer lugar lo dual. De este modo, el alma buscadora, en relación con el cuerpo, puede comenzar a tener experiencias corporales completamente nuevas, precisamente porque varios de los sentidos mencionados por Rudolf Steiner distan mucho de lo que se conoce en la teoría de los sentidos convencional. He aquí una lista de los doce sentidos abordados por el paradigma antroposófico: 1) sentido del tacto, 2) sentido de la vida, 3) sentido del movimiento, 4) sentido del equilibrio espacial, 5) sentido del gusto, 6) sentido del olfato, 7) sentido del calor, 8) sentido de la vista, 9) sentido del oído, 10) sentido de la palabra, 11) sentido de la idea y 12) sentido del yo ajeno.
Es el sentido de la vista el que se utiliza para percibir a otro ser humano como una dualidad, con cabeza y tronco. El uso del sentido de la vista es bastante conocido por la mayoría de nosotros; sin embargo, si uno comienza a buscar dualidades como las aquí mencionadas, entonces incluso la actividad del sentido de la vista comienza a experimentar cambios. La dualidad abordada aquí con el sentido de la vista tiene que ver con la comparación morfológica: la redondez de la cabeza y la configuración alargada del resto del cuerpo. Para tener este tipo de percepciones morfológicas, para hacer comparaciones morfológicas, varios otros sentidos deben activarse. En la psicología convencional, una percepción de la forma se denomina Gestalt[7]. Cuando este tipo de percepción se considera desde una perspectiva antroposófica, puede verse que varios de los sentidos mencionados anteriormente tienen que estar activos. El sentido del movimiento, del equilibrio y del tacto están todos activos. Tiene que darse una comparación con la propia forma corporal mientras se percibe otro cuerpo en términos de una forma o formas. Cuando se ha de percibir una dualidad, entonces se necesita la capacidad de hacer distinciones en las percepciones sensoriales. Se necesita juicio, juicios perceptivos. Lo que podría parecer simple está lejos de serlo cuando la percepción morfológica es el punto de partida. Esto se introduce aquí simplemente para compartir que este no es en absoluto un enfoque habitual, y que hay que hacer algunos esfuerzos para convertir lo compartido en experiencia vivencial.
Si entra en cuestión la dodecamembración de los sentidos, y no solo una bimembración, entonces el proceso se vuelve mucho más complejo. Las experiencias que uno tiene de otro ser humano desde una perspectiva dodecamembrada ofrecen al buscador una vivencia sorprendentemente ampliada. El ser humano comienza a aparecer como extremadamente múltiple. Es en esta multiplicidad donde necesita surgir el otro polo, el del individuo. Del doce, el uno tiene que poder emerger. Doce y uno se convierten en otra dualidad.
La dualidad entre el doce y el uno pone en relación la individualidad humana con el mundo, de modo que surge una vinculación con el mundo al mismo tiempo que emerge el individuo, el yo individual. En este proceso, el yo individual llega a experimentarse como un ser de actividad, activo en múltiples actividades de experiencia sensorial. La experiencia sensorial ocurre tanto con el mundo como con uno mismo. Con la vista, uno puede llegar lentamente a experimentar que sale de sí mismo, y que el encuentro con otro ser humano a través de la vista no ocurre, por así decirlo, en el cuerpo. El espacio, el espacio entre individuos, se convierte lentamente en un espacio social. Esto ocurre particularmente con la vista. Con los demás sentidos es apenas un poco diferente. Los sentidos, en este camino, pueden aportar significados completamente nuevos al término social.
Si ahora contemplamos a otro ser humano a través de los sentidos, y el objetivo es abordar la dualidad de los sexos —lo masculino y lo femenino—, entonces esta dualidad aparece en medio de un mundo rico y múltiple de dualidades, como acabamos de considerar. Esto, me parece, necesita ser repetido una y otra vez. Lo masculino y lo femenino, como dualidad, no constituye la única dualidad, sino solo una parte de un entramado mucho más amplio. La inmensidad de lo masculino y lo femenino queda, por así decirlo, puesta en contexto. Sin este esfuerzo por ampliar la comprensión del ser humano —con el fin de intentar ofrecer una perspectiva antroposófica sobre el sexo, sobre lo masculino y lo femenino, sobre los doce sentidos en relación con el yo—, resulta demasiado fácil caer en la dualidad de origen sexual. La constitución dodecamembrada del cuerpo físico humano es particularmente importante para que el individuo pueda emerger antes de contemplar la masculinidad y feminidad del cuerpo.
Me parece fundamental encontrar al individuo indiviso, al yo, de modo que el ámbito de la sexualidad, con su dualidad, pueda ser comprendido bajo un principio superior de unidad. Lo doce de lo físico y el uno de la individualidad pueden trasladarse a nuestras contemplaciones posteriores sobre la constitución sexual humana.
4 – Tiempo e historia, con un futuro
Rudolf Steiner ha dado una perspectiva interesante sobre una dualidad, la cual él tuvo que resolver antes de poder proseguir con su trabajo esotérico. Esta dualidad, señala, no surge de la forma externa del ser humano (hombre y mujer), ni de lo más interior con los sentidos y el individuo, sino del interior del alma misma. En este caso, la dualidad tiene que ver con dos miembros de la constitución humana: el cuerpo etérico o cuerpo vital, y el cuerpo astral o cuerpo anímico. Estos dos pueden ser encontrados, pueden ser vivenciados en la forma del tiempo; están dualizados en el tiempo o polarizados en el tiempo. Como se ha señalado, un polo es el etérico y el otro polo es el astral. Ambos colaboran de tal modo que el etérico, en sus diferenciaciones —éter de calor, de luz, de sonido y de vida— puede constituir una base para la vida anímica del pensar, sentir y querer. El astral, penetrado por el yo, permite el nacimiento de la vida anímica —esa del pensar, sentir y querer— cuando el astral es llevado dentro del etérico por el yo. Sin embargo, el etérico y el astral también pueden llegar a experimentarse como dimensiones diferentes en el tiempo.
En términos de tiempo, el cuerpo etérico puede ser experimentado como un cuerpo de memoria. Podríamos decir que el etérico porta la memoria. Un sentido para la memoria puede emerger desde el alma en el pensar. El cuerpo astral también puede experimentarse como un ser temporal, pero es un tiempo que aún no ha llegado. El futuro se experimenta desde el alma activa en la voluntad. Lo que aún no es, el sentido de lo venidero, puede emerger lentamente a medida que el astral se experimenta anímicamente. Con el sentir hay un entretejido entre el pasado y el futuro. El tiempo se vuelve pleno de alma y deja de ser un concepto abstracto. El tiempo se dualiza ahora, a fin de que aquello que es sexual pueda situarse en el tiempo, en un lapso temporal, y ser visto junto a otros acontecimientos de la historia humana, en el ser humano que llega a la existencia, y asimismo, puedan hacerse distinciones entre lo etérico y lo astral.
Un esquema de las polaridades y dualidades en relación con el tiempo sería entonces:
Dualidad perceptible por los sentidos | Cabeza y tronco del cuerpo |
Dualidad intuida | 12 sentidos y el individuo único |
Polaridad móvil | Etérico y astral |
Ahora bien, lo importante es observar una diferencia esencial entre el etérico y el astral. El primero está profundamente relacionado con la vida y su metamorfosis en memoria. El etérico, que puede desplegarse en forma cuatrimembrada como calor, luz, tono (sonido) y vida, se transforma en memoria, de modo que el cuatro se convierte en uno cuando se trata de la memoria individual, pero vuelve a ser cuatro en la memoria cósmica.
El astral, en cambio, porta el futuro, aquello que está colmado de actividad cuando hay una mayor dirección volitiva. El astral está lleno de movimiento, por así decirlo, y este movimiento puede diferenciarse en pensar, sentir y querer. El movimiento, el movimiento interior del pensar, acoge más bien la memoria personal del individuo antes del nacimiento, mientras que la voluntad toma aquello que ha de ser llevado hacia el futuro, después de la muerte.
He aquí otro esquema para añadir dimensiones al tiempo:
El etérico | se diversifica en | los éteres de calor, luz, tono (sonido) y vida |
El astral | se diversifica en | pensar, sentir y querer |
El etérico | porta | el pasado con el pensar – desde antes del nacimiento |
El etérico | teje | en el presente con el sentir – desde la medianoche. |
El etérico | es | moralizado con la voluntad – para el futuro |
Esta dualidad-polaridad es, entonces, importante para todo ser humano, ya que habla de manera directa al alma de cada individuo. Así como la configuración morfológica del ser humano orienta al ser humano hacia los 12 sentidos y el individuo único, así también la vida anímica del ser humano apunta a la memoria con el pasado, a la vida anímica interior del sentir y a la vida anímica futura en la voluntad.
Es esta polaridad-dualidad en la constitución del ser humano la que Rudolf Steiner tuvo que elaborar con gran esfuerzo mientras buscaba comprender la configuración del ser humano y el cómo este ser humano se sitúa en el mundo. Descubrió que el ser humano no es únicamente un ser morfológico, sino que también es un ser que vive en el tiempo, con memoria y futuro. Cada ser humano posee su propia memoria, pero en este camino también puede descubrirse una memoria del mundo en general. Ese mundo en general contiene al ser humano y posee un pasado y un futuro. Tanto el pasado como el futuro deben ser comprendidos a partir de la realidad siempre entretejida del presente. La verdadera historia, entonces, solo puede ser abordada si se trabaja tanto con la historia personal como con la historia mundial o cósmica. Es necesario reconocer su relación y presentarla con claridad. No se puede tratar una historia sin la otra.
El etérico de tiempo permite que el individuo pueda ser abordado, con la historia cósmica y luego la historia individual. Entonces, puede descubrirse que este individuo reaparece, se reencarna o regresa a un cuerpo con un número de componentes polares. Podría formularse la pregunta sobre cuál es el propósito de regresar a la Tierra desde una existencia cósmica, o qué podría acontecer como resultado de este proceso. Una posible afirmación sería que el yo individual, la persona en el cuerpo, puede convertirse en una persona más elevada, y llegar a ser cada vez más un individuo. ¿Qué podría significar esto? Podría significar que el yo desarrolle, cada vez más, la capacidad de ser portador de Entidades espirituales cada vez más elevadas del mundo Jerárquico. Tal formulación podría significar que el “yo” pueda decir “no-yo”, sino un Ser Espiritual superior “en mí”.
Por otro lado, el astral —el polo en relación con el etérico— nos ayuda a acercarnos a lo moral, a lo ético-moral, de modo que pecados, omisiones, errores o incluso males del pasado puedan ser rectificados. El astral señala hacia un futuro que ha sido delineado como resultado de un pasado. Esta corrección del pasado, esta rectificación, puede denominarse trabajo con el karma. Es un trabajo con un karma pasado. Pero el astral también contiene un futuro que no depende únicamente del pasado, sino que se desarrolla a partir de intenciones que son enteramente nuevas para cada individuo. De esta manera, el ser humano no solo tiene un karma pasado, sino también uno futuro. Sería importante encontrar las intenciones para el futuro, intenciones que no dependan del pasado. En este camino hacia el descubrimiento de intenciones, el alma puede elevarse a alturas espirituales bastante elevadas, al dominio donde las ideas pueden transformarse en ideas morales, ideas éticas. Con este paso de la idea a la idea moral, la idea puede convertirse en un ideal potencial para el individuo. Aquí se perfila el futuro para el individuo que reúne las numerosas polaridades de manera individual. El individuo llega a sobreponerse a las diversas polaridades y, por este medio, a dominarlas también. Nuevamente, esto se señala para que la polaridad sexual —lo masculino y lo femenino— no sea vista como gobernante, sino como algo que, con esfuerzo, puede llegar a ser gobernado.
Rudolf Steiner trabajó con este tipo de consideraciones, aunque por supuesto las elaboró de manera distinta y, con seguridad, de una forma más acertada. Sin embargo, cada persona que se ocupa de este tipo de contenidos debe abrirse camino por sí misma. De ahí este compartir. Estas contemplaciones pueden entonces entenderse como un seguir los pasos de Rudolf Steiner, caminando, abriéndose camino con esfuerzo, luchando con el “Tiempo”, dentro del cual debe situarse la dualidad de las diferencias sexuales.
Notas al texto
[1] Nota del traductor: Reciben el nombre de monismo las posturas filosóficas que sostienen que el universo está constituido por una única sustancia (arché), causa o sustancia primaria como realidad última. Según los monismos materialistas, todo se reduce, en última instancia, a materia, mientras que para los espiritualistas o idealistas (especialmente el idealismo hegeliano), ese principio único sería el espíritu, y para los panteístas sería Dios mismo.
[2] Nota del traductor: Hace referencia a las fases evolutivas de la la tierra tal y como las presenta Rudolf Steiner en su libro “La ciencia oculta: un bosquejo”. El Antiguo Saturno constituye el primer estadio de éste proceso evolutivo, el cual representa el comienzo, la fundación del universo físico a partir de una existencia puramente espiritual. Un segundo estadio evolutivo es el Antiguo sol, al que le sigue la Antigua Luna. La Tierra actual es la cuarta etapa de éste proceso evolutivo.
[3] Twofold en el original
[4] El término original en inglés es Sopheic being
[5] Twelvefold en el original
[6] Relacionado con la Sofia, la sabiduría divina
[7] En psicología, “Gestalt” se traduce como “forma”, “configuración” o “totalidad”, y se refiere a la idea de que la percepción del todo es diferente y más que la suma de sus partes. La Teoría de la Gestalt, se desarrolló en Alemania a principios del siglo XX. Sus exponentes más reconocidos fueron los teóricos Max Wertheimer, Wolfgang Köhler, Kurt Koffka y Kurt Lewin. La psicología gestaltica explora cómo el cerebro organiza la información sensorial para crear percepciones unificadas, como formas, patrones y estructuras.
Título del artículo original: “Sexuality And The Human Makeup. An Effort At An Anthroposophical View”.
Puede ser consultado en su versión original en el siguiente enlace: https://www.paulwscharffarchive.com/sexuality-and-the-human-makeup/
El texto se encuentra bajo Creative Commons License CCBY-NC-ND 4.0
La traducción se hizo con la autorización expresa de Ann Scharff y Harold Bush, administradores del legado de Paul W. Scharff.
Traducción al español: Carlos Andrés Guío
Acerca del autor
Paul W. Scharff
Paul W. Scharff (1930-2014) fue un médico norteamericano especializado en medicina antroposófica. Se formó en la Universidad de Harvard y en la Facultad de Medicina de Columbia, y posteriormente realizó estudios de especialización en medicina antroposófica. Fundó el Instituto de Investigación Médica Arlesheim y cofundó Mercury Press, enfocándose en la integración de la medicina convencional con enfoques espirituales. También desarrolló importantes contribuciones en medicina organizativa y comunitaria dentro del movimiento antroposófico.
Uno de sus principales aportes fue el desarrollo de una visión orgánica y social de las organizaciones, especialmente en el ámbito de la medicina comunitaria. Aplicando principios antroposóficos, propuso que las clínicas, hospitales y comunidades médicas debían funcionar como organismos vivos, donde las relaciones humanas, la estructura organizativa y la práctica médica se integraran de manera consciente y ética. Además, trabajó para adaptar la medicina antroposófica a las necesidades culturales y sociales de Norteamérica, enfocándose en el desarrollo individual y en la salud comunitaria como procesos interrelacionados.
Algunos de sus libros son: “Organizational Integrity: How to Apply the Wisdom of the Body to Develop Healthy Organizations”y “Healing the Social Organism: Essays on Social Health”.
Es igualmente autor de numerosos artículos, lo cuales pueden consultarse en la página web: https://www.paulwscharffarchive.com