Transición hacia el problema social

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Filosofía de la Libertad

Estudio #11 (Serie 3)

Laura Summer  [2]

A continuación se presenta el texto correspondiente al séptimo capítulo del libro de Otto Palmer, publicado en el año 1964, titulado:   Rudolf Steiner sobre su libro «Filosofía de la Libertad».

De esta forma damos continuidad a nuestra serie de publicaciones sobre este  texto, que amplía nuestra comprensión y nos invita a una vivencia de “La Filosofía de la Libertad” de Rudolf Steiner.

Pueden consultarse nuestras anteriores publicaciones sobre el tema en nuestro blog en los siguientes enlaces:

  1.  Introducción
  2. Capítulo 1
  3. Capítulo 2
  4. Capítulo 3
  5. Capítulo 4
  6. Capítulo 5
  7. Capítulo 6
Una conferencia, nuevamente dada en Stuttgart, se ocupa enteramente de La Filosofía de la Libertad. Steiner había sido invitado a ofrecer una conferencia pública en la Casa Siegle sobre la situación contemporánea, y hace referencia al libro desde el mismo inicio del pasaje que citaremos a continuación. El tema que eligió para su charla fue “Preguntas del alma y preguntas de la vida”[1]. La exposición comienza con un repaso de los propósitos a los que La Filosofía de la Libertad se propuso servir. Luego pasa a hablar —como ya lo había hecho en relación con el amor— sobre la confianza social como la segunda fuerza que debe llegar a impregnar nuestra vida. El capítulo siguiente deja en evidencia que aquí toca el nervio más íntimo del libro.

“Al comenzar mi conferencia esta noche, me voy a permitir describir cómo la pregunta “¿Cómo puede la humanidad del presente formar una unidad armónica entre el camino que recorre el alma y la vida tal como la vivimos?” me acompañaba persistentemente cuando los años ochenta del siglo XIX llegaban a su fin.  Era el período en la cual elaboraba mi Filosofía de la libertad, basado en el punto de vista al que había llegado tras muchos años de trabajo; el libro se publicó en 1894. Tal como pude presentarlo en ese entonces, el libro estaba destinado a servir como respuesta a la pregunta de la humanidad sobre su destino, formulada al comienzo de nuestras consideraciones de esta noche.

No es mi intención hablar hoy sobre el contenido de La Filosofía de la libertad. Pero sí quiero, a modo de introducción, referirme brevemente a los propósitos fundamentales que subyacen en ese libro.

Uno de los objetivos principales fue ofrecer una respuesta a la pregunta de cómo una persona situada en el presente, y enfrentada a sus enormes desafíos, puede reconciliarse con el sentimiento y anhelo más significativo de nuestra época: el sentimiento y anhelo de libertad. Precisamente al considerar la naturaleza de la libertad, se me hizo evidente cuán esencial era romper con la manera en que hasta entonces se había cuestionado la validez de la idea de libertad, del impulso de libertad. Las personas se preguntaban: “¿Es el ser humano, por naturaleza, un ser libre, o no lo es?” Todo el desarrollo del ser humano en la época en que vivimos parece volver esta pregunta obsoleta. Después de todo lo que la humanidad ha atravesado en los últimos tres o cuatro siglos, hoy en día solo podemos preguntarnos si el ser humano está en condiciones de construir un orden social que le permita, en su proceso de crecimiento desde la infancia hasta la madurez, encontrar en su interior algo que pueda llamar con justicia libertad. La pregunta que yo planteé no era si el ser humano nace como un ser libre, sino si le es posible encontrar en lo más profundo de sí mismo algo que pueda hacer emerger desde un ámbito inconsciente o subconsciente hacia la plena luz de la conciencia, y si, al hacerlo, puede desarrollarse como un ser libre.

Esta investigación me llevó a reconocer que solo hay dos factores sobre los cuales puede fundamentarse este elemento vital del desarrollo humano reciente. Estos dos factores son los que, en aquel entonces, llamé pensamiento intuitivo y confianza social. Y como lo que entendía por estos dos términos no era en absoluto algo abstracto o teórico, sino algo absolutamente real y viviente, se necesitó mucho, muchísimo tiempo, para que pudiera empezar a comprenderse lo que este libro quería expresar…

Así pues, intenté mostrar en mi Filosofía de la libertad que el ser humano debe llegar nuevamente al punto en que haga algo más que simplemente llenar su conciencia con un contenido recogido de la naturaleza, como lo ofrece la ciencia moderna a través de sus conceptos e ideas. Mostré que manantiales de vida interior pueden abrirse en el propio ser humano. Cuando se accede a esta fuente del alma interior, cuando se capta un contenido anímico que no es producto de la observación sensorial, sino que tiene su origen en el alma misma, entonces el ser humano se educa a si mismo—al comprender ese contenido anímico— hacia decisiones libres, hacia una voluntad libre, hacia acciones libres.

Intenté dejar en claro, en mi Filosofía de la libertad, que uno permanece dependiente si responde solamente a impulsos naturales, y que solo puede volverse libre cuando alcanza el punto en que responde a los impulsos del pensar intuitivo tal como se desarrolla en el alma. Esta indicación sobre la cualidad anímica que debe alcanzarse mediante el desarrollo interior antes de poder participar de la verdadera libertad, me condujo necesariamente a intentar desarrollar más a fondo lo que solo había sido insinuado en La Filosofía de la libertad. Y eso es lo que he procurado hacer, durante varias décadas, en la forma de lo que he llamado ciencia espiritual orientada antroposóficamente.

Porque una vez que se ha llamado la atención al hecho de que el ser humano debe extraer el impulso de libertad —el pensar intuitivo— desde las profundidades de su alma, también es necesario mostrar qué sucede cuando una persona accede a esta fuente interior de su vida anímica. Las exposiciones orientadas antroposóficamente de los años posteriores no son en realidad más que desarrollos de aquello a lo que ya había aludido en la época en que escribí La Filosofía de la libertad.

Señalé que existen caminos que el alma puede recorrer hacia el desarrollo de un pensar que no se limita a una construcción intelectual de una imagen del mundo, sino que se eleva, en visión interior, hasta la vivencia del espíritu. Me sentí impulsado a describir lo que uno llega a ver al contemplar el mundo espiritual.

Sin embargo, en la época actual, es necesario subrayar que el enfoque místico nebuloso que muchas personas tienen en mente cuando se refieren a las fuentes interiores del alma —ese flotar vago y difuso que se entrega a un estado de ensoñación interna— no es en absoluto lo que se quería decir.

Pero esto condujo a un doble resultado. Por un lado, aquellos que no deseaban emprender algo que hoy se considera incómodamente exigente —es decir, el cultivo del pensar claro— se sintieron poco atraídos por todo lo que siguiera la dirección planteada en La Filosofía de la libertad. Por otro lado, demasiados soñadores y divagadores, en busca de experiencias por caminos nebulosos y poco definidos, se sumaron a lo que la ciencia espiritual orientada antroposóficamente trataba de alcanzar con claridad. Esta clase de seguidores atrajo la atención de muchas personas malintencionadas, que ahora atacan lo que dicen individuos con los que no tengo absolutamente ninguna relación. Pero en esos ataques me atribuyen todo lo que esos flotadores y vaporosos, esos místicos nebulosos, han producido como su propia versión distorsionada de algo concebido precisamente para responder a las necesidades más urgentes de la cultura moderna. Y una de esas necesidades centrales es la claridad en el camino del esfuerzo interior: una claridad en la búsqueda interior comparable a la claridad del esfuerzo exterior que distingue al verdadero científico; pero, como dije, se trata de una claridad en el esfuerzo interior. Eso es algo muy necesario: no oscuridad ni penumbra, no misticismo nebuloso, sino la más luminosa claridad en todo lo que tenga que ver con el pensar.

Esa es una necesidad. La otra es la confianza social, que debe servir como base para lo que abordé en La Filosofía de la libertad. Vivimos en una época en la que cada ser humano debe encontrar, dentro de su propia conciencia individual, la dirección a seguir en su pensar, en su sentir y en su querer. Ya no vivimos en un tiempo en el que las personas puedan realmente aguantar dejarse guiar por una autoridad, o que su ser entero sea organizado desde fuera. De hecho, el afán organizador ha aparecido como una especie de contrapeso…

Si se abre en la humanidad la fuente de lo que en La Filosofía de la libertad llamé verdadera intuición, entonces podremos fundamentar el trato comunitario respecto a las cuestiones superiores de la vida sobre la confianza, de la misma manera en que ya manejamos con base en la confianza los asuntos de la vida cotidiana. Porque si dos personas están a punto de cruzarse en la calle, no sería en absoluto adecuado que apareciera un policía a decirle a una de ellas cómo debe actuar para evitar chocar con la otra. El modo espontáneo y natural con que manejamos la vida ordinaria puede extenderse también a los niveles más elevados de la existencia, si existe la seriedad adecuada y si esta puede cultivarse.

Sin embargo, La Filosofía de la libertad discutió dos condiciones previas del camino del alma. La primera consistía en no conformarse con el tipo de pensar que hoy es popular, tanto en la ciencia como en la vida cotidiana, sino en elevarse hacia el cultivo, en el ser humano, de algo que la nueva época en la que vivimos exige: un pensar que brote de una fuente originaria propia en las almas humanas, un pensar lleno de luz y claridad…

El segundo aspecto de la educación y desarrollo de la humanidad que estamos tratando aquí conduce a que el ser humano llegue a unificarse en la vivencia de sus impulsos volitivos, hasta en su propio cuerpo. La segunda transformación que hace posible la ciencia espiritual es la espiritualización del cuerpo mediante la voluntad: la proyección de la voluntad en cada aspecto de la actividad sensorial y del funcionamiento corporal, así como en todo lo que tiene un carácter social.

¿Qué ocurre con los propios ideales cuando el cuerpo ha sido impregnado de ellos como resultado de practicar el método de pensar propio de la ciencia espiritual? Esos ideales son tomados por algo que, en condiciones normales, nuestro cuerpo solo dirige hacia el mundo sensible que nos rodea. La capacidad de amar —el amor tal como lo conocen los sentidos—, que se va despertando gradualmente en nosotros durante la juventud, adquiere, en quienes se dedican sinceramente a la ciencia espiritual, un carácter tal que todos sus ideales dejan de ser meras abstracciones, simples pensamientos; son amados, amados con toda la fuerza de lo humano. La base espiritual de nuestra moralidad, de nuestra ética, de nuestro comportamiento, de nuestras aspiraciones religiosas, es amada como se ama a un ser humano entrañablemente querido, a una persona de carne y hueso. Por eso, La Filosofía de la libertad tuvo que superar todo rastro del imperativo categórico abstracto que tanto perturbaba a Schiller en su tiempo, porque representaba un elemento de la vida humana que exigía sumisión.

Cuando un impulso de amor como el que acabo de describir se convierte en una fuerza motriz en la vida social, la confianza se convierte en el fundamento de la convivencia. Las personas se relacionan entre sí de un modo plenamente individual, y no como miembros de un rebaño conducido desde fuera mediante alguna forma de organización que les indique qué camino seguir.

Por eso puedo decir que en aquel entonces —a comienzos de la década de los 90 del siglo XIX— deseaba profundamente que La Filosofía de la libertad sonara como un llamado de clarín en favor de lo exactamente opuesto a lo que vemos suceder hoy en los espantosos y sangrientos acontecimientos que tienen lugar en Europa oriental y que, desde allí, se extienden contaminando otras regiones, incluyendo gran parte de Asia.

Los acontecimientos recientes han generado condiciones sociales en las que el instinto humano, desviado y pervertido, ha seguido una dirección totalmente contraria a la que exige la comprensión del verdadero y más profundo objetivo de la humanidad actual. Esa es la trágica calamidad de los tiempos modernos. Y esto hace absolutamente necesario que, en nuestros esfuerzos por el porvenir, reconozcamos que el orden social debe construirse de una manera que solo puede hacerse posible por medio del pensar libre, de la confianza, y de aquello que Goethe tenía en mente cuando, al buscar una definición de la palabra “deber”, dijo: “Deber es amar lo que uno se impone a sí mismo como tarea.”

Al presentar La Filosofía de la libertad y la ciencia espiritual orientada antroposóficamente que se basa en ella, nunca oculté el hecho de que no me interesaban esta o aquella afirmación particular, ni tal o cual detalle específico. Siempre he hablado con cierta ironía de aquellas personas que se interesan principalmente por saber de cuántas partes está compuesto el ser humano, o qué puede descubrirse en tal o cual ámbito del mundo espiritual. Siempre he hablado con ironía de esa actitud. Lo que realmente me interesaba era responder a la pregunta: ¿qué ocurre con el ser humano total —con su configuración humana, en cuerpo, alma y espíritu— cuando se esfuerza no por pensar según los dictados de la ciencia natural actual, ni por guiar su voluntad según el adiestramiento que le imponen diversas organizaciones, sino por pensar y actuar volitivamente en el sentido de La Filosofía de la libertad y de la ciencia espiritual orientada antroposóficamente? Siempre he señalado que el pensar que surge de la sola recepción de esta ciencia espiritual se vuelve vivo y móvil, que genera un amplio interés por las cuestiones actuales y desarrolla un sentido libre y abierto para reconocer qué es lo que realmente nos impide avanzar en nuestra evolución humana”.

No hay, con seguridad, ningún otro pasaje que ponga de manifiesto de manera tan inequívoca cuán grande y universalmente humano era el objetivo al que La Filosofía de la libertad se proponía servir. El libro no representa una mera rama lateral de la filosofía. Más bien constituye el fundamento de una nueva rama de la ciencia: la ciencia de la libertad —y esto no solo en el sentido de ofrecer un conocimiento sobre qué es la libertad, sino de establecer una ciencia de la libertad equivalente en dignidad a las ciencias naturales y espirituales. Sus métodos son filosóficos, basados en la observación psicológica. Su estilo corresponde al lenguaje en que se expresaba la teoría del conocimiento en la época de su aparición. Si esta ciencia de la libertad no recibe un cultivo tan intenso como el que se dedica a otras ramas del saber, la libertad se perderá irremediablemente, tanto para la sociedad en su conjunto como para el individuo. Las advertencias que nos llegan en este sentido desde ciertas condiciones predominantes en el mundo son lo bastante claras, y el libro no solo muestra cómo puede superarse el materialismo (véase c. Introducción); también indica el camino para superar las consecuencias sociales del materialismo.  

Notas al texto

[1] Conferencia “Preguntas del alma y preguntas de vida” dada en Stuttgart, el 15 de Junio de 1920. Incluida en el  GA 335 “La crisis del presente y el camino hacia un pensamiento sano”.  No traducido al español. [2]Laura Summers. Para conocer más sobre la obra de la artista, sus proyectos y cursos, puedes visitar la página web:  http://www.laurasummer.com

Traducido de la versión en Inglés

Rudolf Steiner on his book The Philosophy of Freedom

Traducción:  Carlos Andrés Guío

Acerca del autor

Otto Palmer

Médico de profesión, fue uno de los pioneros de la medicina antroposófica en Alemania.  Siendo prisionero de guerra en Francia en 1919, en Albertville (Saboya), recibió su primer ejemplar de La Filosofía de la Libertad. En el campo de oficiales junto a otros soldados estudiaba las obras de Rudolf Steiner.  Es Palmer quién introduce a Hermann Poppelbaum a la antroposofía, quién también fue hecho prisionero por los franceses.

Durante su estancia en la cárcel, comenzó su viaje de cuarenta y cinco años de estudio de las obras de Rudolf Steiner y la Antroposofía. Cuando publicó su libro Rudolf Steiner sobre su libro La filosofía de la libertad, había pasado muchos años estudiando y recopilando todas las referencias a La Filosofía de la Libertad que pudo encontrar en las obras y conferencias de Rudolf Steiner.

Autor de varios libros entre los que se encuentran:  Rudolf Steiner über seine Philosophie der Freiheit; Rudolf Steiner und das Evangelium;  Hat das Christentum noch eine Bedeutung für unsere Zeit ? Ein Wort an die, die glauben, diese Frage verneinen zu müssen, y Friedrich Rittelmeyer Versuch einer Würdigung

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